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Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

Este Sitio es un proyecto personal y no recibe ni ha recibido financiamiento público o privado.

 

 
 
 
 


1913  Habla el senador Calero. Manuel Calero y Sierra.

“El País”. Miércoles 26 de Marzo de 1913.

 

“EL PAIS” estima como un deber aportar a la obra de reconstrucción a que se ha entregado la República, después del cataclismo político que la ha sacudidoras opiniones de quienes, por su experiencia y la reputación que han conquistado, se hallan en aptitud de dar un buen consejo, o formular una sana crítica. Este diario, fiel a su lema “Pro Aris et Focis Certare,” ha procurado siempre orientar a la opinión pública por buenos senderos, como debe hacerlo la prensa independiente y que tiene conciencia de su misión en la sociedad. Consecuentes con este criterio, hemos dado cabida en nuestras columnas a editoriales subscritos por personas que, aunque ajenas a nuestra redacción, poseen competencia técnica para tratar asuntos de general interés; y por eso, igualmente, publicamos hoy una interesante entrevista que nuestro Director celebró recientemente con el Senador don Manuel Calero, a quien le pedimos su autorizado parecer sobre los problemas actuales de la República.

“Me impone usted una tarea ardua y delicada,”—nos dijo el señor Calero— “pero tengo para con usted y su periódico una deuda de gratitud, y no puedo rehusarme a atenderlos. Cuando el Gobierno del señor Madero dominaba la mayor parte de los diarios de gran circulación, “EL PAIS” me brindó la hospitalidad de sus columnas para defenderme de mis altos enemigos, y para explicar al público los motivos de mi rompimiento con el Gobierno, los peligros de nuestra situación política y las causas principales de esa situación.”

Nuestros lectores recordarán, sin duda, las entrevistas celebradas con el señor Calero y que publicamos a principio del año en curso. La impresión que causaron contribuyó a preparar la opinión pública en contra de un Gobierno que, como dijo entonces el señor Calero, empujaba al país a un abismo de miserias y humillaciones. Cuando se organizó el gobierno del señor Madero, todos cifraban sus esperanzas en la labor de los poquísimos hombres útiles que llamó a su servicio; pues que nada podía esperarse de los insignificantes que ocupaban la mayoría de los altos puestos; menos de la camarilla de hombres voraces que los rodeaban; mucho menos aún de la mentalidad desequilibrada del Presidente. En aquel régimen, sin embargo, no cabían los hombres de carácter y de ideales, y pronto vimos caer estrepitosamente al Ministro Flores Magón; después al Embajador Calero. Ambos fueron vencidos en su lucha contra el desbarajuste de la Administración y la mala fe de los paniaguados de ésta. Así el Gobierno se entregó sin tropiezos a realizar su programa de suicidio, o, como dijo entonces el señor Calero, a hacer todo lo posible por consumar su propia destrucción.

“Después de luchar dentro, era nuestro deber seguir luchando fuera, porque los destinos de la República iban de por medio,” agregaba el señor Calero al terminar una reminiscencia sobre su penosa labor en el Gobierno. “Yo me empeñaba, a fuer de legalista, en salvar el principio de que los gobiernos constitucionales deben ser renovados por medios constitucionales; pero presintiendo el desastre, traté de conjurarlo, aconsejando un cambio completo de decoración. Es bien sabido que un gobierno que no logra buen éxito, pierde su prestigio ante la opinión; y por eso, pugné, aunque en vano, por convencer  al Presidente y a algunos de sus Ministros, de la necesidad de formar un nuevo Gabinete con hombres reputados, capaces de dar al Gobierno la orientación de que carecía y de inspirar confianza a la Nación Llegué hasta sugerir un gabinete en el que figuraban hombres como don Emilio Rabasa, don Víctor Manuel Castillo, don Francisco S. Carbajal y don Victoriano Huerta. ¡Claro! antiguos porfiristas; pero ¿acaso el maderismo había producido hombres de valer? Después de ese cambio de decoración, completado con la renuncia del señor Pino Suárez a la Vicepresidencia, proponía yo una amnistía general, a la que probablemente se habrían acogido numerosos revolucionarios, dejando disponibles mayores elementos militares para aniquilar a los rebeldes contumaces.”

“Pero como todo hombre que carece de penetración política, el señor Madero era juguete de algunos de los que lo rodeaban, a quienes movía sólo una desapoderada ambición. El Presidente no veía ni oía. Me pareció, entonces, debido usar del ataque político como medio de coacción, y aproveché para ello la oportunidad que me brindaba la disparatada ley de los Cien Millones, pendiente de discusión ante el Senado. Si el Gobierno resultaba derrotado, el Presidente tendría que realizar un cambio de Gabinete, cambio que, por otra parte, aconsejaban algunos de los mismos Ministros, con quienes frecuentemente departía yo sobre la situación. En esto estábamos cuando estalló el movimiento de la Ciudadela, que acabó con un gobierno que creía que la legalidad era justificación bastante para desdeñar la opinión pública. Terrible paradoja que llevó a la tumba a millares de mejicanos y que acabó con nuestro crédito económico y moral.”

¿Debemos perder toda esperanza de redención?, preguntamos nosotros. Confiemos en que la República se salvará a pesar de nuestros errores… “Se salvará a pesar de todo,” interrumpió nuestro entrevistado—a pesar de que no damos señales de entender cuál es el principio esencial de un gobierno republicano—democrático. Cuando un hombre es electo Presidente, debe ser respetado en atención al voto público que lo elevó al poder, y sólo puede deponérsele por medios constitucionales. No lo entendieron así los partidarios del señor Madero, que fueron los primeros en rebelarse contra él a los pocos meses de haber sido elevado a la Presidencia, como si fuera lícito, en un país democráticamente constituido, que un grupo de hombre se alce en armas para derrocar al ungido por voluntad de ellos mismos y, además, por voluntad de la mayoría de los ciudadanos. Los que así proceden, sin acudir antes a los medios constitucionales para hacer valer sus quejas, fundadas o no, no conocen el a. b. c. de nuestras instituciones y hacen imposible un régimen de libertad. Nótese, que no son nuestros analfabetas, contra cuya ineptitud tanto hemos predicado, los autores de estos desacatos: son hombres que en cualquier país culto gozarían de la plena ciudadanía; pero por una fatalidad étnica, así proceden los ciudadanos en estos países de aquende el Bravo; lo que da lugar a que la anarquía sea el estado político permanente, interrumpido sólo cuando surge un dictador que tritura, dentro de su puño acerado, las ambiciones y las impaciencias. De esta suerte, en nuestro caso actual, ha surgido por ley histórica, en la persona del General Huerta, el hombre sin miedo que impone la paz y acaba con la anarquía POR LA RAZON O POR LA FUERZA.”

“Esto lo sabía bien nuestro Gran Dictador. En su manifiesto de 7 de Mayo de 1911, nos decía:

“Hacer depender la Presidencia de la República, es decir, la autoridad soberana de la Nación, de la voluntad o del deseo de un grupo más o menos numeroso de hombres armados, no es, por cierto, restablecer la paz, QUE SIEMPRE DEBE TENER POR BASE EL RESPETO A LA LEY; sino, por el contrario, abrir en nuestra historia otro siniestro período de anarquía, cuyas consecuencias nadie puede proveer.”

“Por desgracia para el país, el general Díaz de 1911 no era el mismo de algunos años atrás. Juguete de un hombre admirable por muchos conceptos, pero increíblemente torpe y falto de sinceridad como político, dejó crecer primero y dio pábulo después, al movimiento maderista, raquítico, desorganizado y sin prestigio en sus comienzos. Recuérdese la condición social e intelectual de los LEADERS del maderismo, y se comprenderá que el movimiento armado carecía de fuerza inicial. La historia de la Revolución de 1910 podría escribirse al margen del libro de Gustavo Le Bon sobre la psicología de las revoluciones.”

“El movimiento de Madero tuvo éxito, porque facilitó la manifestación de hondas necesidades de justicia social, que no podía ya satisfacer la dictadura benévola del General Díaz, mucho menos las dictaduras brutales de la mayor parte de los Gobernadores y Jefes Políticos. Pero los anhelos legítimos del país, una vez extinguido el régimen del Porfirismo, habrían podido realizarse por medios constitucionales, y a ello quizá habríamos llegado los legalistas, salvo que las facultades mentales del Presidente Madero estuvieran irremisiblemente perturbadas, como muchos lo aseguran.”

“Ahora debemos esperar que la experiencia adquirida a costa de tantos quebrantos materiales y morales, hará que los ciudadanos seamos más vigilantes para impedir que el poder vuelva a caer en manos de demagogos, y también para impedir el surgimiento de nuevos despotismos; que cualquiera de los dos resultados nos haría entrar de nuevo definitivamente, al ciclo de la política Hispano-Americana, que pasa de la dictadura a la anarquía, y de ésta a la dictadura.”

Difícil nos sería seguir al Senador Calero en la exposición que nos hizo sobre estos interesantes temas. Al referirse a la necesidad de que los ciudadanos no prescindan de uno solo de sus derechos, para no dejar perecer lo poco que hemos conquistado en materia de libertades públicas, aludió a la parvidad de todas las clases sociales durante la dictadura porfiriana, tesis que en uno de los discursos que el señor Calero pronunció en el Senado, a principios de febrero, fue motivo de este intenso pasaje:

“Estamos purgando un gran pecado nacional. Durante muchos años no nos ocupamos en la política. La gran mayoría, la inmensa mayoría de los mejicanos estaba conforme con una situación que se manifestaba fundamentalmente por este fenómeno: el Presidente de la República, por sus merecimientos, por sus servicios, por sus pasadas glorias, por las grandes aptitudes que había demostrado como gobernante, por un conjunto de circunstancias que todos conocemos y que sería inútil pormenorizar, era el árbitro de los destinos de la Nación. La República parecía segura en sus manos: el hombre que, en parte muy principal, contribuyó a salvarla en la lucha por su segunda independencia, estaba calificado para proveer a las necesidades nacionales, y para sacar a flote al país de en medio de sus dificultades. Y los mejicanos, ofuscados ante ese fenómeno, cuya expresión verbal era el célebre apotegma “poca política y mucha administración,” dejamos los destinos de la República en manos de aquel hombre, que por grande que fuera, y lo fue mucho, no pudo, sin embargo, evitar el desastre que en estos momentos presenciamos. La responsabilidad de este desastre no es solo suya, es de todos nosotros; de quienes por afecto, o por admiración, o por malentendido patriotismo, o por indiferencia o por miedo, abandonamos al general Díaz el porvenir de la República.”

—¿Cuál es el primer paso, interrogamos, para impedir el resurgimiento de la dictadura?; A lo que nuestro entrevistado contestó sin vacilar:
—“Sostener el principio de la no-reelección. El error universal de creer indispensable al general Díaz, produjo a Madero, un soñador, un improvisado, un hombre dé quien algunos esperamos poder hacer, si no un estadista, por lo menos un tolerable presidente, aprovechando las notorias virtudes que tenía. No abdiquemos de las conquistas que debemos a la labor de Madero, y fracasará todo intento de restauración, tanto en el actual momento como en lo porvenir. Usted, señor Elguero, que es joven y yo que soy algunos años mayor que usted, y otros que ya peinan canas, todos debemos a Madero el haber podido ejercer. POR PRIMERA VEZ EN NUESTRA VIDA, la suprema función de la ciudadanía: la de votar en las elecciones. Si dejamos que este derecho se nos arrebate, seremos indignos de la libertad.”
—De modo, dijimos, que usted considera improbable una restauración porfirista?
—“No creo—repuso—que se pretenda por nadie alcanzar este resultado. Ni se podría tampoco. El general Díaz pudo llegar a lo que llegó por un conjunto de circunstancias externas, que no veremos repetirse. Méjico de 1913 es distinto política, moral e intelectualmente hablando, que Méjico del último cuarto del siglo XIX. Además, una dictadura como la porfirista, suponía un dictador con excepcionales condiciones de grandeza y una brillante aureola de gloría. No hemos vuelto a tener un 2 de Abril, ni los hombres verdaderamente grandes aparecen todos los días.”
—Entendemos que usted ha dicho alguna vez, recordando una frase de Macauley, que a los pueblos no se les puede gobernar con fórmulas. ¿No es acaso la legalidad una mera fórmula?
—“Al decir que soy legalista, quiero decir que soy partidario del gobierno por medios constitucionales; y que si la Constitución nos da recursos para corregir los malos actos de la administración, a ellos debemos acudir, nunca a los recursos anticonstitucionales. Valerse de recursos violentos, equivale a admitir que los medios legales son ineficaces, o que nosotros no podemos vivir bajo un régimen constitucional, por razón de temperamento o de educación. Esto último, que hasta hoy parece ser lo cierto, nos coloca, en la vida política, en la misma condición en que estaríamos en la vida civil, si en lugar de acudir a los tribunales a demandar el pago de lo que se nos debe, consideráramos como más recomendable, el medio de arrojarnos sobre la persona de nuestro deudor, y por la violencia física despojarlo de lo que llevara consigo para pagar con ello nuestro crédito. Los legalistas condenamos los medios de violencia, y pretendemos substituirlos por procedimientos legales; pero mientras los mejicanos sigamos creyendo que es lícito en el orden político lo que condenamos en el orden civil, no llegaremos al gobierno constitucional y seremos vistos con desconfianza por las naciones más civilizadas.”

“A menudo desmentimos con nuestros hechos lo que sostenemos con nuestras palabras. Recuerde usted que el señor Madero fue elevado a la Presidencia en nombre de la libertad del sufragio; y sin embargo, cuando invocando esta misma libertad, el general Reyes se presentó como candidato, fue lapidado por los partidarios del señor Madero, por los amigos de la libertad!! ”

“Nuestra historia está llena de ejemplos que demuestran cuán distintas son nuestras prácticas de los principios que proclamamos. Desde que rige la Constitución de 1857, para no remontarnos a épocas más lejanas, la puerta de entrada para los Presidentes ha sido o la revolución o la vicepresidencia. El voto público, más o menos imperfectamente emitido, ha venido después a sancionar el acto; pero de todos modos, no se ha dado hasta hoy el caso de que un ciudadano pueda llegar a la presidencia, si no ha acaudillado antes una revolución victoriosa o ha desempeñado la Vicepresidencia. Esto último debe decirse de los señores Juárez y Lerdo, que como presidentes de la Corte Suprema, ocuparon la Presidencia de la República, por falta del Presidente. Hago punto omiso del general González, que obtuvo el poder a título de hombre de confianza del general Díaz y en calidad de devolución: su presidencia fue prestada. Los demás presidentes han surgido, en su origen, de un acto de violencia, que no es precisamente el que la Constitución supone: la fuerza de las armas substituyendo a la fuerza del voto. Al general Comonfort lo llevó al poder la revolución de Ayutla, al general Díaz, la de Tuxtepec; a don Francisco I. Madero, la de 1910; a don Félix Díaz lo llevará a la Presidencia la revolución de la Ciudadela. Observe usted esto por vía de contraste: en los CIENTO VEINTICINCO AÑOS que lleva de vida la República de los Estados Unidos, JAMAS se ha dado el caso de que un presidente sea derrocado, ni de que un ciudadano haya hecho una revolución para poder llegar a la presidencia. ¿Es acaso que en ese país los presidentes son unos santos, o los ciudadanos un rebaño de abyectos? Lo que pasa es que en los Estados Unidos la Constitución es una INSTITUCION, mientras que entre nosotros es sólo hasta hoy. un ideal irrealizado. No somos los únicos; que nosotros con todos los pueblos de nuestra raza, confirmamos en la historia el apotegma de un escritor francés: “Un pueblo no puede escoger sus instituciones, antes de haber transformado su alma.”

“Empero, los legalistas nos sentimos llenos de esperanza ante un fenómeno revelador: las dos últimas revoluciones triunfantes han buscado la manera de cohonestar sus actos violentos y han procurado acomodarse a la Constitución. respetando a los poderes Legislativo y Judicial y CONSTITUCIONALIZÁNDO al Ejecutivo. Esto es un inmenso progreso respecto de la Revolución de Tuxtepec, que barrió, sin escrúpulos, con todo el régimen existente . El Presidente definitivo que ha de traernos el nuevo orden de cosas, deberá ser ungido por el voto público; y ojalá que pueda tener la alta satisfacción de entregar el gobierno, directa y personalmente, a su sucesor electo por el pueblo. Esto es lo que anhelamos los legalistas; y por eso dije en las declaraciones que publicó EL PAIS el 13 de enero, que el régimen democrático comenzaría entre nosotros el día en que el señor Madero fuera substituido, al fin de su período constitucional, por un Presidente electo por el pueblo. ¿Puede darse espectáculo más noble que el que acaba de presenciar el mundo, cuando el Presidente Taft entregó el poder a su sucesor, trocando las funciones presidenciales por las muy modestas de profesor de Derecho en una universidad americana? ”

“Además de los síntomas indicados, que prueban la tendencia a acomodarnos a la Constitución; debemos tener en cuenta ciertas conquistas realizadas por el pueblo, y que nadie podrá arrebatarle. Tenemos, en primer lugar, el voto directo, que hace difícil la manipulación electoral por las autoridades. La libertad de hablar y escribir es también efectiva. La necesidad de democratizar las candidaturas es reconocida por todos, máxime después de la labor del señor Madero, cuando fue candidato, que despertó en las clases medias la conciencia de sus derechos y de su fuerza. Las clases medias surgidas al amparo de la paz y que no habían sido llamadas a la vida cívica durante el gobierno del general Díaz, son ahora, por su poder, un factor importante en la política nacional. Es de esperarse que los directores del movimiento político a cuyo frente se halla el general Félix Díaz, tengan el buen sentido de buscar el apoyo de esas clases, pues sólo así podrá asegurarse el triunfo sincero e indisputable de la candidatura del señor Díaz, y el buen suceso de su gobierno, que todos vivamente deseamos. Desgraciadamente, esa candidatura y ese futuro gobierno no podrán apoyarse en la acción de un verdadero partido político, porque no existe en Méjico más partido que el Católico, y la candidatura del señor Díaz, es esencialmente liberal, usando este término en contraposición al otro.”

—¿Podría usted, dijimos, darnos su opinión sobre este tan discutido asunto de los partidos políticos?

—“Considero que el partido Católico es un verdadero partido, porque en él los principios son más importantes que los hombres. Los otros grupos políticos, inclusive el que se empeña en llamarse, por antonomasia, Partido Liberal, son banderías caracterizadas por los hombres que las dirigen. Los liberales estamos absolutamente desorganizados, y, o nos fragmentamos en banderías, u obramos individual e independientemente. Una bandería organizada por don Gustavo Madero, fue el Partido Constitucional Progresista; otra de meras circunstancias es el Partido Felixista. ¿Qué representan estas banderías de permanente; cuál es su tendencia bien definida en el campo de los principios? En cambio el Partido Católico sí profesa principios, estando, además, perfectamente organizado. Su fuerza es incuestionable. Los liberales deberíamos sentir estímulo ante esto, y recibir humildemente lecciones de civismo, como la que los católicos michoacanos nos dieron al reconocer su derrota en las elecciones generales de su Estado y al declarar sin reservas que aceptaban como gobernador legítimo al que triunfó con el apoyo del Partido Constitucional Progresista. Así se hace política sana; así se trabaja por la consolidación de las instituciones. El deber supremo de los libéralos en estos momentos es organizar nuestro partido, acabando con las divisiones de Progresista, Republicano, Evolucionista, Rojo, Radical, etc. Si no lo logramos, demostraremos una ineptitud fundamental para la política.”

“Ahora, señor director, pongamos punto final a esta ya desmesurada entrevista. He hablado mucho, demasiado quizá, y si la hora no fuera tan avanzada, le leería a usted, por vía de descanso, unas páginas de este precioso libro que quisiera yo traducir, para que fuera ampliamente leído entre nosotros.” Y diciendo esto, el señor Calero puso en nuestras manos el último volumen salido de la pluma del Presidente de la vecina República y que se intitula “El Gobierno Constitucional en los Estados Unidos.” “Como todas las obras del señor Wilson, —agregó nuestro entrevistado—ésta es erudita y llena de interés. Un hombre de tamaña cultura, tiene que ser, en el gobierno, amigo de la justicia y, por lo mismo, respetuoso de nuestra independencia.” La conversación continuó interesante sobre un tema que, por fuerza, surgió de nuestro diálogo: la Intervención!! El público lector de EL PAIS conoce ya las autorizadas opiniones del señor Calero, fundadas en su conocimiento de la condición política y social de nuestros vecinos y de las relaciones entre ambos países. Al despedirnos de nuestro entrevistado, recogimos sus últimas palabras: “Méjico no sólo rechazará siempre la intervención extranjera, sino que no necesita de ella para la solución de sus problemas interiores. Apliquémonos la famosa frase del rey Carlos Alberto: “Italia faráda sé.”

 

 

CARTA POLITICA DIRIGIDA AL SR. LIC. MANUEL CALERO CON MOTIVO DE SUS DECLARACIONES PUBLICADAS EN “EL PAIS”. Norberto Domínguez Salazar.
Zamora, Mich.

Se publica a continuación, en calidad de apéndice, el artículo que motivó la anterior carta. Deliberadamente he guardado silencio en lo tocante a las apreciaciones que el Sr. Senador Calero hace del Sr. Gral. Díaz y de uno de sus principales colaboradores, cuyo nombre no menciona, pero da a entender quién es el aludido. Mi silencio no indica mi conformidad con tales apreciaciones, sino únicamente que no he querido tocar ese punto. Me limito a decir que con esos dos grandes e ilustres patriotas, lo mismo que con algunos otros de los colaboradores del Sr. Gral. Díaz, me ligan antiguos e indestructibles lazos de afecto y gratitud.
N. D.

 

DOS PALABRAS.
El estar escrito este opúsculo con letras de molde no quiere decir por eso que esté destinado a la gran publicidad. Mi afición a los estudios políticos, que con razón preocupan en la actualidad a nuestro país, y el placer que experimento al departir con mis amigos, verbalmente cuando estoy a su lado y por escrito cuando estoy ausente de ellos, acerca de ciertos tópicos, son las causas que motivan la presente carta.

Va dirigida a la persona que la motivó con sus declaraciones políticas, (1) que es una de las figuras más salientes en el país por su alta intelectualidad, y con quien me liga una estrecha amistad, nacida en los primeros años de nuestra juventud y desarrollada y fortificada en el transcurso del tiempo. Pero como además, tendría yo especial placer en que este trabajo fuera leído por algunos otros amigos a quienes altamente aprecio, y por ciertas personas que se ocupan con empello del estudio de los problemas nacionales, lo he hecho imprimir limitando la edición a un corto número de ejemplares. Sírvanse pues, recibirlo como una manifestación de aprecio y como el modesto contingente que aporto para el estudio de las cuestiones que tan hondamente nos preocupan.
El Autor.

(1) Se publicaron en "El País,” número del 26 de Marzo de 1913.

 

 

Zamora, abril de 1918.
Sr. Lic. D. Manuel Calero.
México.

Mi muy querido amigo:
Después de las horas de conversación, para mí tan agradable, que tuvimos las dos veces que comimos juntos, en los días de mi último viaje a esa capital y durante las cuales le leí algunos de los ensayos políticos que he escrito; esperaba con ilusión las declaraciones que, según me dijo Ud., pensaba publicar muy pronto, relativas a la política del país. Así es que cuando las ví publicadas las leí con el mayor placer, el cual subió de punto al recibir bajo cubierta el artículo de referencia que tuvo Ud. la amabilidad de enviarme y cuyo envío mucho le agradezco.

Interesantísimo tenía que ser para mí dicho artículo por reunirse en su autor tres modalidades que me lo hacen altamente apreciable: Un verdadero hombre de Estado; una inteligencia brillante como pocas; un amigo noble y generoso experimentado en uno de esos cambios de situación política, en que puede uno darse cuenta exacta de la enorme desproporción que hay entre los amigos de la persona y los que usurpan tal nombre ante el funcionario. Y, ¿qué mejor manera de manifestarle a Ud. mi interés por su artículo y de probarle mi gratitud por su envío, que comentándolo y glosándolo? Voy pues a ello; no a título de intelecto privilegiado ni de político sagaz y penetrante como Ud., sino con el más modesto de persona que pretende tener un mediano conocimiento del país y de sus condiciones políticas, aun cuando no sea más que por haber cultivado el trato de muchas gentes pertenecientes a diversas clases sociales y por haber pasado tantos años en el servicio del gobierno de mi país: en el que, debido circunstancias especiales, llegué a ocupar un puesto tan en desproporción con mis ambiciones, que sin vacilación lo hubiera rehusado si no se me hubiera en momentos tales, que su aceptación no significaba para mí la dulce sensación de la vanidad satisfecha: sino el cumplimiento de un ineludible deber de gratitud, patriotismo y lealtad.

Desde luego la diversidad de nuestros temperamentos nos conduce a ver los fenómenos sociales desde puntos de vista muy diferentes y a sacar de nuestras observaciones conclusiones también diversas. Ud., como muchos de los políticos no solo de nuestra patria, sino de toda nuestra raza; es un optimista. Su temperamento fogoso; su entusiasmo por el ideal; su inquebrantable salud: su carrera, que ha sido una serie no interrumpida de triunfos; su poco contacto con las clases humildes de nuestra patria; sus lecturas. especialmente las de los políticos ingleses y norteamericanos; sus viajes a los Estados Unidos, donde ha podido observar el funcionamiento normal de esa gran democracia, con todas sus cualidades y defectos; y algunas otras causas más: lo han conducido a un consolador optimismo Hará Ud. muy bien en conservarlo; solo así se puede ser político. ¡Desgraciado del sacerdote que no tenga fe en el dogma! ¡Desgraciado del sabio que no acepte las hipótesis! ¡Desgraciado del médico que dude del diagnóstico y desconfíe del tratamiento! Yo, por el contrario; sin llegar a la negación pirroniana, soy cuando menos, pesimista y escéptico, especialmente al tratarse de la política de nuestra patria y de nuestra raza. Desgraciadamente los acontecimientos de nuestro país en los últimos dos años y mis lecturas, que he emprendido con verdadero empeño, acerca de la política de la América Española; lejos de extinguir mi pesimismo, no han hecho más que confirmarlo.

Paso pues, a glosar su artículo, señalando concordancias y diferencias en la manera de. apreciar los fenómenos políticos que tanto nos preocupan; como que de su solución depende la salud de nuestra querida cuanto infortunada patria.

 

1. Los Gobiernos constitucionales deben ser renovados por medios constitucionales
Esta es la primera de las frases que he subrayado en su artículo. Expresa un principio de Derecho Público que nadie se atrevería a negar; es una afirmación axiomática universalmente aceptada. Pero ocurre preguntar:

1° El gobierno de Madero; aunque de un origen indiscutiblemente constitucional en la forma, ¿representó sin embargo la opinión desapasionada y serena de la nación, que es lo que, aparte de formulismos legales y entusiasmos momentáneos, se requiere en el fondo para que un gobierno democrático pueda alegar su origen constitucional?

2° ¿Como derribar por medios constitucionales a un gobierno en un país como el nuestro, que no está regido por el sistema parlamentario; en donde el Presidente de la República tiene facultades más amplias que las que las constituciones europeas conceden a los reyes constitucionales, y en donde las cámaras, que son las que pudieran derrocar al gobierno, están casi siempre formadas por elementos amigos de este?

La elección de Madero ha sido considerada como la más libre y espontánea designación de la voluntad nacional. Si se juzga por las manifestaciones de esa voluntad, nada más cierto; si se juzga por el origen de ella, nada más falso. En efecto, las acciones humanas solo pueden considerarse nacidas del libre albedrío cuando somos dueños completos de nuestras facultades, cuando no hay causas que las conturben, cuando no se ejerce sobre nosotros una coacción que nos prive de la libertad de nuestros movimientos- ¿Era ese el caso en la elección de Madero? No y mil veces no. La elección de Madero, presentada como el tipo de las elecciones libres, es tal vez una de las que menos lo ha sido. Como estamos acostumbrados a considerar la fuerza o el interés personal como los principales elementos corruptores para la emisión del voto, hemos acabado por creer que son los únicos y olvidamos lamentablemente que existen otros, que no por ser de un orden moral más elevado dejan de ejercer una influencia no menos funesta. A esta clase pertenece el entusiasmo provocado en las multitudes por los caudillos victoriosos. Ud., que con frecuencia cita a Gustavo le Bon y muy merecidamente por ser uno de los más grandes psicólogos contemporáneos, habrá leído indudablemente su famosa obra “Psicología de las Multitudes,” y, en uno de sus admirables capítulos, a propósito de las formas religiosas que revisten las convicciones de las multitudes, encontrará retratado el caso de Madero y de la locura nacional llamada “Maderismo; ” caso no único en la Historia, pues tales casos de Patología Social se presentan aun en los países más cultos; sobre todo entre los pueblos de imaginación muy viva, que son los menos aptos para la democracia. El ejemplo lo tiene Ud. en Francia con el “Boulangismo.”

Madero se presentó como un Mesías, como un Redentor; presentando a las multitudes paraísos encantados, ofreciendo reivindicaciones imposibles; prometiendo el reinado de la felicidad y la paz; con esa fe, con esa confianza de los iluminados, de los locos; que, corno dice Le Bon, a quien vuelvo a citar, en su primorosa obra sobre “La Civilización de los Árabes,” son los que más influencia ejercen sobre las multitudes, a las que levantan al influjo poderoso de su palabra. Su designación fue unánime. ¿Quién se hubiera opuesto a ella si en varias partes se dieron casos como el que yo presencié en Chihuahua, de un desgraciado, a quien por poco le cuesta la vida el haber lanzado un viva al Gral. Reyes? La elección de Madero fue libre; sí, tanto como lo sería la que una asamblea de niños hiciera en favor del amable caballero que les prometiera abundante colección de dulces y juguetes Por el mismo estilo, aunque no siempre con igual grado de entusiasmo, son todas las elecciones hechas a raíz de una revolución victoriosa. El gobierno maderista tuvo pues un origen constitucional; pero ni nuestra Constitución ni ninguna otra pueden prever esos casos de locura nacional, capaces de orillar a un pueblo al suicidio colectivo. Y como las necesidades de la propia conservación están por encima de todas las leyes y de todos los constitucionalismos, el gobierno de Madero tenía forzosa e inevitablemente que caer y por eso cayó.

Que, como Ud. lo dice, hubiera sido de desearse que el cambio de Gobierno se hubiera hecho por un procedimiento constitucional y no por un acto de violencia, es indiscutible. Más, ¿cuál hubiera sido ese procedimiento constitucional? ¿Esperar la conclusión del período presidencial? Hubiera equivalido a tanto como que el médico esperara tranquilamente a que el enfermo pereciera. Hostilizar al gobierno en las Cámaras es un procedimiento seguro para derribar gabinetes en los países regidos por el sistema parlamentario; pero no usado en México para derrocar presidentes y menos aun cuando estos la primera precaución que toman es integrar las Cámaras con elementos amigos, cuando no incondicionales.

No queda pues más que la revolución, que es un procedimiento como cualquiera otro para la transmisión del poder y seguramente el preferido en la América Española, o a lo menos en buena parte de ella. En la primera etapa de la vida de los pueblos la transmisión del poder se hace arrebatándolo; en la segunda heredándolo; en la tercera por libre elección en favor del mandatario. No nos escandalicemos pues, nosotros nos encontramos en la primera.

No es este un fenómeno exclusivamente político, pues se le encuentra también en la sociedad civil y tiene analogías con la adquisición de la mujer para formar la familia y con la de la riqueza para constituir el capital. Voy a sacar de su estudio tres casos para probar tales analogías:

Dice Ud.: “En ciento veinticinco años que lleva de vida la República de los Estados Unidos, jamás se ha dado el caso de que un presidente sea derrocado, ni de que un ciudadano hoya hecho una revolución para poder llegar a la presidencia.” Y en mayor número de años que tiene de existencia la alta sociedad de México tampoco se ha dado el caso de que llegue un galán a un baile, arrebate a la señorita que le agrada y se la lleve en la grupa del caballo. Baja Ud. un poco y dice: Las dos últimas revoluciones triunfantes han buscado la manera de cohonestar sus actos violentos.” Y yo bajo también un poco en mi ejemplo y le refiero que entre nuestras gentes del campo es algo frecuente el caso de que el novio se rapte a la novia, y, después de hacer vida conyugal con ella, regularice su situación con la bendición del cura y el acta del Registro Civil, sucediendo a veces que uniones iniciadas por la violencia sean sin embargo felices. Baja Ud. más todavía y cita la revolución de Tuxtepec que barrió sin escrúpulos con todo el régimen existente. Y yo también sigo bajando en el mismo ejemplo y le cito el hecho de que entre los salvajes no hay otro procedimiento para formar la familia que el rapto de la mujer sin sanción posterior civil o religiosa de ningún género.

Confesemos pues, con el alma llena de dolor, que estamos totalmente atrasados en nuestra evolución política, pues no hemos encontrado otro procedimiente para la transmisión del poder que la lucha armada. Y si algún símbolo artístico buscáramos para pintar nuestra situación, no lo encontraríamos en la alegórica transmisión de las antorchas; sino en esa bellísima escultura que decora la maravillosa Logia de las Lanzas, de la encantadora Florencia, en que el genio de Juan de Bolonia inmortalizó el legendario episodio de “El Rapto de las Sabinas”.

 

2. Llegué a sugerir un gabinete... ¡Claro! Antiguos porfiristas.
En este punto estoy enteramente de acuerdo con Ud. La preocupación de Madero contra el porfirismo, que llegó a ser en él una verdadera obsesión, fue un fecundo manantial de males para él y para el país. Esta clase de preocupaciones, son temibles en los gobernantes y por desgracia están muy generalizadas; la tendencia desde el Presidente de la República hasta el Portero del Ministerio suele ser encontrar malo todo lo hecho por los antecesores. Naturalmente, en un país como el nuestro en donde los hombres de Estado son tan escasos, que solo porque no me tache Ud. de hiperbólico no le digo que se cuentan con los dedos de las manos sin utilizarlos todos, no había mucho donde escoger. Sean cuales fueren los defectos de los hombres del Porfirismo, que en la mayoría de los casos no provenían de circunstancias personales de estos, sino que eran defectos colectivos, propios del medio y de la época en que la actual generación se ha formado: esos hombres de Estado era lo único que había en el país al triunfo de la revolución de 1910. Y no porque fuera del círculo oficial no hubiera hombres de talento, honradez e ilustración; sino sencillamente porque no habían hecho carrera política o administrativa, las cuales, como cualquiera, otra, no se improvisan. La antipatía, mejor dicho el odio de Madero a todo lo que trascendiera a porfirismo, le hizo privarse de muchos elementos que pudieron haberle sido muy útiles, pues no todos los porfiristas eran intransigentes y algunos de ellos le hubieran servido a Madero.

El resultado de la antipatía del presidente por los hombres del régimen caído fue que, careciendo de hombres de Estado, improvisó con tal carácter a algunos de sus correligionarios de la revolución; personas, dicho sea sin pretender denigrarlas y aun reconociéndoles aptitudes de otro género, sin antecedentes ningunos en la vida pública, sin el menor conocimiento de los problemas nacionales ni del manejo de las oficinas e ignorantes del medio donde iban a ejercitar su actividad. Aun admitiendo que todos hubieran tenido gran talento estaban destinados al fracaso, pues hasta los más elementa les principios de la tramitación de los negocios solían ignorar, y nadie mejor que Ud. que formó parte del gabinete en esa época conoce ciertos detalles que confirman mi dicho. Esos hombres del maderismo tal vez en otras circunstancias hubieran pasado Su desgracia no consistió en no haber sido hombres superiores, también en el porfirismo raros lo fueron, sino en la desproporción tan enorme entre lo que fueron y lo que de ellos esperaba la nación y por eso se les estimó en menos de lo que valieron, llegando la fantasía popular hasta el grado de formar alrededor de uno de ellos una leyenda de estulticia que carece de fundamento. En todos los tonos se había dicho que D. Porfirio hacía de la sumisión incondicional la primera cualidad para la elección de sus consejeros; se había declamado mucho contra los ministros momias y los ministros peleles; se decía que los hombres de talento superior y carácter independiente yacían postergados por la dictadura y que el día que esta cayera los veríamos surgir, así es que al triunfo de Madero la nación esperaba con ansia esos ministros extraordinarios. Como no lo fueron la nación se llamó a engaño. Puede perdonársele a un jefe de Estado, o cuando menos disculpársele, una mala elección de sus consejeros, cuando se basa en haber dado estos la medida para los puestos que han desempeñado, aun cuando se vea después que no la dan para los supremos; pero es imperdonable la designación de desconocidos cuando estos no justifican después su carencia de antecedentes con la manifestación de méritos superiores.

Para cerrar esta sección de mi estudio, relativa a los males que al gobierno maderista le hizo su preocupación antiporfirista, mejor dicho, no del gobierno sino de Madero mismo; voy a citarle un hecho:

En el mes de mayo del año pasado, cuando la revolución orozquista parecía omnipotente y el triunfo del primer Rellano, hacía pensar en la próxima caída del gobierno, hice un viaje a México, casi inmediatamente después de mi salida de Chihuahua. Aunque no tenía yo lazos ningunos ni con la revolución ni con el gobierno; preocupado por las desgracias de mi patria y de mi estado natal, Chihuahua; y teniendo algún conocimiento de los sucesos de aquella revolución y de los hombres que en ella intervinieron; hice oficiosamente un proyecto conteniendo doce o trece cláusulas, con el cumplimiento de las cuales creía yo que podría llegarse a la pacificación. Uno de los ministros de Madero, con quien hace muchos años cultivo estrecha amistad, acogió mi proyecto con entusiasmo y me hizo hablar con otro de los miembros del gabinete, que también lo encontró muy razonable. No volví a saber nada sobre el particular hasta hace muy pocos días, en mi último viaje a México, pues habiendo encontrado por casualidad al primero de Jos ministros referidos, y habiéndonos puesto a conversar acerca de política; salió a colación mi proyecto de pacificación y entonces me dijo que todos los ministros lo habían encontrado muy razonable y factible y se propusieron discutirlo con el presidente en Consejo de Ministros; pero que le bastó a Madero saber que era mío, es decir de un porfirista, para no querer ni siquiera discutirlo.

 

3. Si el gobierno resultaba derrotado, el Presidente tendría que realizar un cambio de gabinete.
En México el cambio de gabinete en los gobiernos que se bambolean, es el remedio preconizado por excelencia y que ha resultado tan eficaz como en la generalidad de los casos las bolsas de oxígeno para los agonizantes. La confianza que uno y otro remedio me inspiran me priva del gusto de estar de acuerdo con Ud. en esta parte de su estudio; pues creo que, a pesar de la derrota del gobierno, el presidente no hubiera cambiado de gabinete y dudo mucho que, aun en el caso de haberlo hecho, tal medida hubiera dado el buen resultado que, según parece, Ud. esperaba de ella. Lo primero lo aseguro por el carácter del ya difunto presidente. Lo segundo lo creo porque esos cambios tardíos, cuando ya la situación está perdida, no hacen otra cosa que patentizar la debilidad del gobierno y precipitar la catástrofe final.

En México estamos acostumbrados a ver reconcentradas todas las facultades en el Presidente de la República, no hay más poder que el “Presidencial.” El General Díaz, hombre superior en toda la extensión de la palabra, fue durante su largo gobierno, el único director de la política nacional; nos tenía acostumbrados a ver en sus ministros simples jefes de oficina; no solo no era una recomendación para llegar a ministro el ser político, sino que era hasta un inconveniente. El público pedía con insistencia un cambio en el gabinete; pero no porque esperara gran cosa en el terreno “político” de los nuevos ministros; sino porque ya estaba cansado de ver siempre a los mismos hombres en el poder. Sin embargo; si el cambio se hubiera hecho seis meses antes de cuando se hizo, o siquiera al tomar posesión del nuevo período presidencial, algún buen resultado se hubiera obtenido; pero a fines de marzo de 1911 tenía que ser ineficaz, aun en el caso de que el gabinete se hubiera integrado con políticos de primera fuerza si acaso los hay en México.

En los países parlamentarios un cambio de gabinete sí es eficaz porque allí significa un cambio de orientación en la política nacional por dos razones: la primera, las reducidas facultades del ejecutivo; la segunda, la amplísima preparación política a que ese régimen da lugar. En efecto, para que un gabinete ejerza una verdadera acción política se necesita que haya uniformidad en las ideas de sus miembros, que haya coherencia, unidad de aspiraciones, espíritu de disciplina. Esto sucede cuando, como en tales países, los ministros son escogidos de entre los miembros de un grupo parlamentario perfectamente definido y muy bien disciplinado y cuando además dichos ministros son responsables. Pero en México, donde los gabinetes han sido siempre tan heterogéneos, donde no han salido de un partido organizado, donde no son responsables, donde están tan completamente subordinados al presidente mismo o a un ministro de mucha influencia, como a Ud. mismo le consta: el cambio de gabinete no es el remedio supremo. Por algo en México la gente está siempre decepcionada de los ministros y solo espera su salvación de los presidentes enérgicos.

Por eso no creo con Ud. que a Madero lo hubiera salvado un nuevo gabinete. Los hombres superiores que Ud. señala, que lo son en efecto, hubieran hecho lo que Ud. y Flores Magón, presentar su renuncia al darse cuenta de la imposibilidad de salvar la situación por no estar en sus manos el modificar la mentalidad del presidente, de quien, según nuestras leyes, hubieran sido “secretarios” y no “ministros responsables.”

Tal vez esta ineficacia de los gabinetes entre nosotros, esté siendo ya la causa de que los puestos en el gabinete se estén convirtiendo en las tumbas de las reputaciones políticas.

 

4. No son nuestros analfabetas, contra cuya ineptitud tanto hemos predicado, los autores de estos desacatos.
En esta afirmación estoy absolutamente de acuerdo con Ud. Efectivamente, a todas horas y en todas partes y en todos los tonos se dice que el principal obstáculo entre nosotros para el gobierno democrático está en la ignorancia de nuestro pueblo, y el tono dogmático con que esta afirmación se hace ha acabado por hacerla aceptar como una verdad axiomática. Para mí el problema de nuestro atraso político es demasiado complexo, y en un discurso que Ud. conoce, sostuve que nuestro pueblo, aun antes que de luces para su inteligencia necesita de nutrición para su organismo; pero se ha creído que lo único que se necesita para regenerarnos es ilustrar al pueblo, y sin negar las grandes ventajas de la ilustración cosa a la que nadie se atrevería, sí sostengo que la ilustración popular sin el concurso de otros factores no resuelve por sí sola el problema.

La prueba de ello está en que nuestras clases cultas distan mucho de ser los elementos que necesitaríamos para un gobierno institucional. Entre nuestros intelectuales, salidos de escuelas con que nos enorgullecemos y que dizque preparan para la lucha por la vida, abunda de una manera alarmante el tipo del “déclassé”, que, incapaz para la lucha, no tiene otro porvenir ni otra preocupación que la burocracia o, lo que es peor, la política. A todas horas se habla de la inmoralidad de nuestro pueblo bajo, a causa de su escasa cultura. Triste es decirlo; pero la inmoralidad de nuestras clases cultas que debieran dirigirlo bien, es peor todavía. Durante las últimas revoluciones nos hemos quedado escandalizados por los horrores cometidos por nuestro pueblo bajo, por su regresión a la barbarie ancestral; pero, ¿quiénes fueron los que lo inquietaron y lo siguen inquietando? ¿quiénes los que lo quitaron del taller y del campo, donde vivía resignado en medio de su pobreza? ¿quiénes los que hicieron las últimas revoluciones y seguirán haciendo otras más si los dejan, sino: “esos hombres que en cualquier país culto gozarían de la plena ciudadanía? ”

Gustavo le Bon, a quien tantas veces hemos citado Ud. y yo, al hablar de la educación universitaria en Francia, la acusa de ser la causa de todos los males que pesan sobre aquel país. Algo de eso debe pasar en México. La falta de moralidad y la ambición de nuestras clases directivas, que, tal parece, solo pueden vivir en paz bajo el yugo de una dictadura enérgica, tienen que ser una amenaza para la paz pública. ¿Por qué le extraña a Ud. que “un grupo de hombres se alce en armas para derrocar al ungido por la voluntad de ellos mismos”, cuando estamos acostumbrados a ver tantas veces que el principal factor de descontento político es el no ver cumplidas las ilusiones acariciadas?

 

5. Estamos purgando un gran pecado nacional. Durante muchos años no nos ocupamos en la política.
Hasta 1877 no nos ocupamos en otra cosa, y durante el gobierno porfirista se creyó que esa fue la causa principal de nuestras desgracias pasadas por lo cual llegó a vérsela con verdadera aversión, lo que dio lugar al célebre apotegma que Ud. cita: “poca política y mucha administración ” Durante los tres últimos años no nos hemos ocupado más que en política y han sido tan fecundos en desgracias, que ya comenzamos a sentir deseos de alejarnos de ella.

Ud. es entusiasta por la política porque la ve a través de su propio temperamento. Sus aptitudes y sus antecedentes le llevan a ese género de actividad. Es Ud. hombre inteligente, de fácil palabra y de muchas lecturas; sueña en una política ideal, con partidos organizados, parlamentos libremente designados por el pueblo, ministros competentes y presidentes sumisos a la ley; en una palabra, la noble vida política de los pueblos altamente civilizados. Pero la mayoría de los pueblos de la América Española dista mucho de llegar a esas alturas y ya sería mucho que nuestros nietos alcanzaran la realización de tales sueños. Nuestra evolución política apenas nos ha llevado a la altura de las repúblicas italianas de la Edad Media y por eso nuestros maestros no son ni Gladstone, ni Canalejas, ni Clemenceau, ni Bryce, ni Woodrow Wilson; sino el autor de “El Príncipe”, el que más que por el atrevimiento de sus máximas, se hizo notable por la ruda franqueza con que las expuso, el inmortal Nicolás Maquiavelo.

Se comprende pues, que en un país como el nuestro la política sea poco atractiva y que la desdeñen las personas de posición independiente, que son las que pudieran prestigiarla, pues las que de ella hacen su ganapán difícilmente podrán presentarse ante el público con el desinterés que los defensores de una causa necesitan manifestar para darle prestigio y conquistarle prosélitos.

Por otra parte, nuestra abstención política no obedece nada más a nuestra censurable apatía, como parece desprenderse del estudio de Ud.; sino que obedece en el fondo a factores económicos que dependen de circunstancias étnicas, fisiográficas y sociales y que no es fácil modificar. Por más doloroso que sea confesarlo, y a pesar de la riqueza natural del territorio, somos un pueblo muy pobre. Una insignificante fracción de los habitantes de la República vive con comodidad, casi toda la clase media en la escasez y el resto de nuestro pueblo en la indigencia. Estamos más pobres que los franceses en la época en que el “Rey Verde” deseaba que todo francés pudiera comer gallina los domingos. Las riquezas y las fuentes de producción del país apenas comienzan a ser explotadas en escala todavía muy pequeña y en su mayor parte por extranjeros. Con un territorio casi tan grande como cuatro veces el de Francia tenemos una población que no llega ni a la mitad de la de esa nación, y sin embargo, la mayoría de los habitantes del país vive en tal estado de pobreza y abandono que los europeos apenas podrán formarse idea de él por los campesinos rusos. Tenemos una población que supera al doble de la de la República Argentina, y sin embargo, es tan insignificante nuestra capacidad para la producción, que cada mexicano apenas contribuye para los gastos públicos de nuestra patria con la sexta parte de lo que en su país le corresponde a cada argentino para igual objeto, y en esto solo están abajo de nosotros Honduras, Paraguay y Bolivia. Somos un pueblo con hambre, y no nada más de la metafórica de justicia e ilustración, de que tanto se ha hablado, sino de la que con tan vivos colores pintó el Dante en el trágico episodio de Ugolino encerrado por el arzobispo Ruggiero.

No hay que hacerse ilusiones; las sociedades modernas más que por ideales, están dirigidas por intereses y estos son los móviles de nuestras acciones. Así se explica la activa vida política, de los pueblos ricos y la anarquía y el servilismo de los pueblos indigentes.

Compare Ud. las condiciones económicas de los Estados Unidos con las nuestras, y en Jas diferencias radicales que hay entre las de ambos países verá Ud. la causa de la actividad política de aquel y la apatía del nuestro. Los Estados Unidos son el país por excelencia del individualismo; allí el individuo es todo, el Estado es muy poco; sus funciones muy reducidas y no porque no quisiera ensancharlas, sino porque la riqueza privada se lo impide.

Allí el Estado no es una especie de Providencia, el dispensador de bienes y castigos. El campo de acción del individuo fuera de la burocracia y la política es inmenso. Allí para ser sabio no se necesita hacer antesala en los ministerios, y los rectores de las grandes universidades, como las de Harvard y Yale son figuras de reputación mundial, Para ganarse la vida como empleado no se necesita buscar la proctectora sombra del Presupuesto Nacional, porque cada uno de los de las numerosas empresas particulares suele tener también muchas partidas y a veces con dotaciones mucho mejores que las del gobierno. ¿Qué significan en efecto los sueldos de los ministros al lado de los de los gerentes de las grandes empresas como “La Mútua,” “La Western Union,” “La Standard Oil” etc., verdaderos Estados dentro del Estado? Naturalmente en un país así, las luchas políticas no son otra cosa que la lucha de grandes intereses colectivos y no de mezquinos personalismos. Corporaciones tan formidables luchan entre sí y contra el Estado de potencia a potencia. Pueden hacer política sin temor de que una derrota los hunda en el aniquilamiento completo; ni el vencedor podrá repetir la historia frase de Breno, ni el vencido desaparece en la nada. Allí se puede ser sabio sin tener patente oficial; se puede ser rico sin recibir protección del gobierno y aun es posible tener amigos siendo enemigo del círculo que ocupa el poder. Naturalmente, en un país así, se puede hacer política y por eso se hace; porque los que en ella se ocupan la hacen a su debido tiempo, y como pueden hacerla sin necesitar de ella para comer, no la desprestigian.

¡Cuan diferentes las condiciones de México! Un país pobre; un Estado omnipotente en comparación de los ciudadanos; una falta absoluta de intereses colectivos; una carencia completa de espíritu de asociación; una ausencia de ideales que entristece y una inmoralidad en política que desconsuela.

¿Como hacer política en un país en donde las derrotas salen tan caras? Si en los Estados Unidos los hombres de negocios, los representantes de grandes intereses, son los que más se preocupan por la política, porque en el triunfo de su partido ven la prosperidad de los intereses que representan, ¿cómo ha de ser lo mismo en México, donde los particulares nada pueden contra el Estado y, por lo mismo, su única política consiste en marchar en armonía con él para que no los perjudique? ¿Como se han de tener deseos de hacer política cuando los hombres de negocios, que son los que pudieran hacerla sin desprestigiarla le tienen tanto horror que no quieren ni oír hablar de ella? Resultado de todo esto es que la política en México solo la hagan el gobierno, los soñadores y los “déclassés”. Nuestro pecado, según Ud., fue no haber hecho política en muchos años; en cambio, durante los tres últimos nos hemos desquitado con creces de nuestra larga abstinencia. Lo primero nos costó que el espíritu público casi se extinguiera; lo segundo que desaparecieran cerca de cincuenta mil compatriotas, dejando el correspondiente séquito de viudas y huérfanos, que se dilapidaran algo más de cien millones de pesos y que nuestra reputación internacional descendiera al nivel de la del Congo.

Queda pues, planteado el problema y los acontecimientos futuros dirán si nuestro pecado consistió en no hacer política o en hacerla en demasía.

 

6. Sostener el principio de la no-reelección.
No creo en las panaceas; ni en las que recetan los médicos ni en las que recetan los políticos, y la no-reelección es la panacea con que se pretende curar nuestras dolencias. Si, como Ud. dice, el error de creer indispensable al Gral. Díaz, produjo a Madero; la reacción contra ese error puede conducirnos a otro escollo; la sustitución de la tiranía de un hombre por la de una camarilla, que, encariñada con el poder se limitara a cambiar de presidente para seguir ella gobernando. Recuérdese la importancia que en los últimos días del maderismo había adquirido uno de sus prohombres, en quien el grupo que le rodeaba parecía ya entrever al sucesor de Madero en la Presidencia, con demasiada anticipación por cierto, y que, una vez en el poder hubiera gobernado con el referido grupo, con lo que la política nacional no hubiera experimentado variación ninguna con el cambio de presidente. Casi me atrevo a asegurar que en su mismo artículo encuentro una prueba aislada de la ineficacia de la no-reelección en la cita que Ud. hace del Gral. González, que, “obtuvo el poder a título de hombre de confianza del Gral. Díaz, y en calidad de devolución”. Si tal préstamo lo pudo hacer un hombre, no es imposible que lo haga también un corto grupo de hombres adueñados del poder; mejor dicho, no es un préstamo hecho por la compañía, sino el traspaso de la gerencia del negocio a los diversos socios que lo integran.

Difícilmente gobierna la voluntad de un hombre, salvo el caso de ciertos genios extraordinarios como el Gral. Díaz, y aun en los regímenes más autocráticos, quienes de hecho gobiernan son ciertas minorías que logran adueñarse del poder, ya sea por su talento, por sus intrigas o por circunstancias fortuitas de las que aquellas se aprovechan. Si contra los grandes dictadores la no-reelección es un buen recurso; no lo es contra los grupos oligárquicos que se adueñan del poder.

La verdadera salvación no está pues únicamente en la no-reelección, como muchas gentes parecen creerlo; sino en la existencia de grandes partidos políticos bien organizados, que tengan antecedentes, que luchen por ideales bien definidos, que defiendan intereses colectivos y cuyas fuerzas se equilibren mutuamente para que los azares de la lucha permitan su alternabilidad en el poder. Pero tales partidos no se improvisan; no son la obra de una generación y tanto Ud. como yo, y tal vez aun los más jóvenes que nosotros no alcanzaremos a verlos.

En los Estados Unidos, donde tales partidos existen nadie piensa en decretar la no-reelección y el período de cuatro años y la costumbre de reelegir por un período más al presidente que satisface, han dado excelentes resultados sin que nadie haya visto en la reelección una amenaza para las instituciones.

 

7. La responsabilidad de este desastre no es solo suya, es de todos nosotros.
Al leer estas palabras que escribe Ud. refiriéndose al Gral. Díaz, no puedo menos de exclamar ¡Magnífico! y enviarle un fuerte apretón de manos por este hermoso rasgo de sinceridad y de honradez, sin detenerme para ello el escrúpulo de alabarme a mí mismo, porque he sostenido siempre y estoy dispuesto a seguir sosteniendo igual tesis. Si algún hombre hay que tenga derecho para no creer en la gratitud es el Gral. Díaz; pues pocos hay que hayan hecho tanto como él por su patria y pocos también a quienes su patria les haya pagado tan mal. Muchos de sus deturpadores debieran callarse aunque no fuera más que por su propio pudor. Mientras el Gral. Díaz estuvo en el poder y se le creía inamovible, fue reverenciado casi como un dios; se le llamó el insustituible, el creador de la nacionalidad; sus menores órdenes no solo eran obedecidas, sino hasta adivinadas. Se decía que sus procedimientos de gobierno eran los únicos aplicables en nuestro país; se decía que la razón de Estado debería colocarse por encima de todas las leyes y que si la tranquilidad del país exigía la violación de todas ellas no debiera vacilarse en violarlas. Se preconizaba la dictadura como sistema por excelencia de gobierno y se tachaba de candorosos a los rarísimos que abogaban por la Constitución. Pero cuando el ilustre presidente, el hombre excelso a quien la Historia glorificará, cerró su vida pública con un soberbio rasgo de patriotismo, renunciando al poder cuando creyó no ser ya grato a sus conciudadanos, rehusándose a emplear el dinero y las armas de la nación para sostenerse en un puesto que solo quería deber a la voluntad popular; lejos de aplaudirse ese acto con que se coronaba una vida ilustre surgió la hora de las recriminaciones. Y surgieron los diputados de reelecciones perpetuas durante la dictadura, convertidos en apóstoles del Sufragio Efectivo, tronando contra la falsificación del voto público; y surgieron los conculcadores de la justicia como celosos defensores de ella; y surgieron los enriquecidos a la sombra del gobierno declamando contra la inmoralidad de la administración caída.

¿Cómo acusamos al Gral. Díaz de querer perpetuarse en el poder si de rodillas y con lágrimas en los ojos le pedíamos que continuara en él? ¿Como censuramos su absolutismo si a todas horas y en todos los tonos lo aplaudíamos? ¿Qué acaso nuestra memoria es tan frágil que ya olvidamos aquel suntuoso banquete en Julio de 1910, en que un grupo de cerca de dos o tres mil hombres, venidos muchos de ellos desde los más remotos confines de la República para representar a las diversas entidades que la forman, grupo formado en su mayor parte por la flor y nata de la intelectualidad y del dinero, grupo de hombres a quienes su posición independiente daba el derecho de estimar como desinteresados y sinceros en la expresión de sus opiniones, pidió al Gral. Díaz en medio de un entusiasmo que llegó hasta el delirio, que aceptara su reelección y le tributó una ovación de la que apenas podríamos formarnos idea, si no la hubiéramos presenciado y aun tomado parte en ella, representándonos en la imaginación los coros que en las tragedias griegas proclamaban la gloria de los dioses inmortales?

No. Seamos honrados y justos, ya que no podemos ufanarnos de ser inmaculados. Si el gobierno del Gral. Díaz, fue una dictadura fue porque así lo quisimos; si durante él no se respetó la ley, reclamemos la parte del castigo, aunque no sea más que en la forma de la censura de la posteridad, que por ello nos corresponde. No olvidemos la parábola del Nazareno, “tire la primera piedra el que no haya pecado.” Y en vez de imitar al mojigato, que pretende ocultar sus vicios con la máscara de la hipocresía, que a nadie engaña; imitemos al varón fuerte, que, cogido en las redes del pecado, lujos de mancharse más acudiendo a la cobardía, la delación y la deslealtad; acepta valientemente las responsabilidades que le corresponden, hace confesión pública de sus faltas para escarmiento de los demás, y se empeña en borrarlas con el arrepentimiento y la expiación.

 

8. Debernos a Madero el haber podido ejercer, por primera vez en nuestra vida, la suprema función de la ciudadanía: la de votar en las elecciones.
Después de escribir Ud., estas palabras, que he transcripto textualmente, dice Ud., unos cuantos párrafos más abajo, también textualmente:

“La puerta de entrada para los Presidentes ha sido la revolución o la vice presidencia. El voto público, mas o menos imperfectamente emitido, ha venido después a sancionar el acto; pero de todos modos, no se ha dado hasta hoy el caso de que un ciudadano pueda llegar a la presidencia, si no ha acaudillado antes una revolución victoriosa o ha desempeñado la Vice presidencia”. A mi modo de ver, hay una contradicción entre ambas afirmaciones, pues si Madero, como sus antecesores, a quienes Ud. se refiere, fue el caudillo de una revolución triunfante y el voto público no hizo más que sancionar el acto, no veo porque le debamos el haber podido ejercer por primera vez en nuestra vida la función suprema de la ciudadanía: la de votar en las elecciones. Su caso está comprendido en la afirmación que con carácter general Ud., hace, de que su elección fuera una simple fórmula. De hecho estaba en posesión del poder desde el día en que renunció D. Porfirio, y si no fue así, ¿cómo pudo nombrar los ministros que integraron el gabinete del Presidente Interino? ¿Cómo pudo conminar desde Yucatán a las Cámaras para que no aplazaran las elecciones? ¿Como pudo impedir que el Gobierno Federal desarmara a los revolucionarios, cuyo desarme, hecho a raíz del triunfo de Ciudad Juárez, hubiera contrariado a los revolucionarios convertidos en gobierno; pero nos hubiera evitado los horrores de una nueva revolución.

Sí creo que hubiera habido motivo para enorgullecemos de ejercer por primera vez la función suprema de la ciudadanía, si hubiera habido lucha; si se hubieran presentado varios candidatos; si los soldados de la revolución, carabina al hombro, no se hubieran encontrado a todas horas en calles y paseos haciendo alarde a grito abierto de su exaltado maderismo. Dígame si hubiera sido posible votar en esos momentos por otro que no hubiera sido Madero. Se lucha cuando se tiene una esperanza de triunfo por remota que sea; pero ni el pundonor militar exige luchar contra un enemigo inmensa mente superior. Por lo mismo, los que no fuimos partidarios de Madero, preferimos evitarnos la inútil molestia de llevar a las casillas una boleta electoral cuya absoluta ineficacia conocíamos de antemano.

Las últimas elecciones presidenciales se distinguieron de las anteriores cuantitativamente, más no cualitativamente. Fueron como todas. La unanimidad, prácticamente, con que fue electo Madero es buena prueba de ello, pues como, con sobrada razón, dice el talentoso indiscutible D. Pancho Bulnes: unanimidad en el sufragio, falsedad en el sufragio. Y la abrumadora mayoría con que fue electo Vicepresidente D. José María Pino Suárez, candidato de última hora, a quien nadie conocía, revela una vez más la admirable disciplina política que caracteriza a los mexicanos.

“Si dejamos que ese derecho se nos arrebate, seremos indignos de la libertad”, dice Ud., más adelante. Contra los que nos quieren arrebatar las cosas, tenemos el derecho de defenderlas: pero cuando somos nosotros mismos quienes las abandonamos no hay recurso que evite su pérdida. Este, más que el primero, es el peligro en que estamos de una regresión a nuestra antigua apatía política. Son tantas las lágrimas que le ha costado a la nación una elección desacertada llevada a cabo en un momento de locura colectiva; son tan enormes las desgracias a donde nuestra iniciación en la vida política nos ha conducido, que ya el desencanto y la desilusión reinan por todas partes; han corrido tantas lágrimas, tanta sangre y tanto dinero a causa de nuestros ensayos de democracia que ya el país está decepcionado de la política y de los políticos y lo único que desea es un gobierno fuerte que nos dé paz y justicia; que garantice nuestras vidas, nuestros hogares, nuestra libertad y nuestros intereses, cosas todas tan amenazadas y tan ultrajadas durante estos últimos tres años.

Si quiere Ud. convencerse de la veracidad de mi afirmación, compare aquel entusiasmo loco que había por los asuntos políticos a raíz de la caída de Ciudad Juárez, con la apatía que ahora reina por todas partes. Salga Ud. de ese reducido círculo de políticos entre los que Ud. vive; venga a la provincia; hable con los representantes de esas clases medias, en quienes Ud. ve con razón una gran fuerza social y política y para quienes la paralización de los negocios significa la ruina; hable con los ricos que defienden sus propiedades; hable con los simples braceros para quienes la elevación de unos cuantos centavos en las contribuciones, inevitable en las épocas difíciles, significa la reducción del puñado de frijoles que tienen casi por todo alimento; hable con las viudas que lloran a los maridos muertos en los campos de batalla; hable con las madres que en el silencio de la noche piensan en el hijo ausente, que quizás en esos mismos momentos perece en oscura encrucijada. Ha ble con todos, en fin, y verá que la aspiración unánime se condensa en este grito de dolor que la mística Edad Media, en uno de los períodos más tristes y sombríos de su historia, lanzaba al Cielo con todo el fervor del creyente:

¡Paz! ¡Paz!

Si el gobierno del Gral. González fue prestado, como Ud. dice, e hizo posible la reelección del Gral. Díaz; el fracaso del gobierno maderista va a restablecer la primacía de los gobiernos fuertes sobre los gobiernos legalistas. Si de la revolución de la Ciudadela surge un gobierno fuerte, capaz de dar garantías para la propiedad y la vida y de encaminar al país por el sendero del orden, aun cuando sea a expensas de la libertad política, no será imposible que los temores de Ud. se realicen; más no porque el gobierno nos arrebate el derecho a que Ud. se refiere, sino mediante una sencilla operación de trueque: la entrega del “derecho de votar” en cambio del “derecho de vivir”.

 

9. El voto directo hace difícil la manipulación electoral por las autoridades.
Tampoco al tratarse de esta afirmación comparto su optimismo, pues creo que la eficacia del voto no depende tanto de la manera de emitirlo, cuanto de las condiciones del votante y del medio en que lo emite. La misma variedad tan grande que hay en los procedimientos electorales es la mejor prueba de que el problema no está resuelto aún y de que no ha llegado a encontrarse el procedimiento digno de ser admitido como definitivo. Sufragio Universal; sufragio restringido a los electores que saben leer y escribir; sufragio censitarios; sufragio acumulativo; elección de los altos funcionarios por voto directo, por colegios electorales, por las legislaturas de los Estados; elección del Presidente por la Cámara, y no sé cuantas más combinaciones se han inventado; las cuales funcionan satisfactoriamente en unos países, medianamente en otros y son un completo fracaso en un tercer grupo; lo que prueba que no se ha llegado a encontrar la fórmula salvadora y que los resultados obtenidos dependen del medio político y no de las leyes electorales.

Tanto la elección directa como la indirecta tienen ventajas e inconvenientes; adversarios y defensores. La elección por medio de colegios electorales, tiene, como Ud. dice el inconveniente de la injerencia de las autoridades; pero en cambio ejerce la función un grupo de hombres colocados ya a un nivel algo superior a la generalidad de los electores y de quienes por lo mismo se puede esperar más acierto, cosa muy importante en un país en donde el ochenta por ciento de los ciudadanos es de analfabetos y una proporción también muy fuerte lo es de indigentes. El voto directo tiene la gran ventaja de estimular más a votar; pero además de que también puede ser manipulado por las autoridades, tiene el inconveniente gravísimo de hacer depender el resultado de las elecciones no del verdadero pueblo, sino de los agitadores de oficio, de los “meneurs” que lo manejan a su antojo. Nuestras clases humildes, además de carecer de ilustración, son muy fácilmente sugestionables y como los hombres de mentalidad superior y de posición social elevada no son los que se toman el trabajo de ir a dirigirlas e ilustrarlas, ni aun cuando lo hicieran serían capaces de hablarles en un lenguaje al alcance de su escasa cultura, resulta que quienes se apoderan de ellas son los agitadores de oficio.

Las cosas que yo vi en Chihuahua en los últimos años me llenaron de desconsuelo; no digo de decepción porque nunca me he hecho ilusiones en este respecto. Los mismos “meneurs” que en agosto de 1911 habían llevado al pueblo al delirio maderista, lo llevaron a igual grado de locura antimaderista seis o siete meses después. Si Ud. hubiera oído sus discursos creo que no tendría tanto entusiasmo por el voto directo.

El sufragio censitario es antipático entre nosotros a causa de un erróneo concepto de la igualdad, pues se ve en él una distinción odiosa en favor de ciertas clases privilegiadas, y las personas más ignorantes llegan a equipararlo con las antiguas distinciones de la aristocracia hereditaria; pero es un sistema que, según se asegura, en Inglaterra, ha dado excelentes resultados. Limitar las condiciones para ser elector a saber leer y escribir y tener además un capital, empleo o cualquier otro modo de vivir tan pequeños como se quiera, pero que justificaran que no se es un paria: es un sistema que puedo dar buen resultado y que sería un estímulo poderoso para que todos aquellos individuos que no llenaran esas condiciones hicieran por alcanzarlas. En Inglaterra el sufragio censitario dio por resultado aumentar año por año en una proporción halagadora el número de electores.

El sufragio acumulativo parece ser la conciliación del universal y el censitario, pero la complicación de su mecanismo me hace considerarlo inaplicable en la generalidad de los países y con mayor razón en México.

Nuestro problema electoral es pues muy difícil y yo no me atrevería a proponer solución ninguna; pero estamos en una época en que todos dan remedios. La situación actual de nuestra patria es la misma que la que se presenta a veces en las familias cuando hay un enfermo muy grave: que después del fracaso de las eminencias médicas de la localidad, todas las visitas se consideran autorizadas para dar remedios, y los deudos, ya desesperados, acaban por poner en práctica hasta los recetados por la cocinera o el portero.

Haciendo pues uso de ese derecho, me atrevo a opinar sin gran fe por cierto, por el sufragio universal directo, sin restricción ninguna, para la elección de las autoridades municipales y aun tal vez las del Estado, y por una elección más restringida para los funcionarios federales; ya sea por alguna combinación del sufragio indirecto o bien por elección directa pero con sufragio censitario. Nada digo de la supresión de las elecciones para la designación de los miembros del Poder Judicial, porque todo el mundo la recomienda con sobrada razón, y querer agregar una sola palabra más en defensa de tal tesis es dar motivo para ser clasificado entre aquellas personas a quienes, según Alejandro Dumas, no podría negárseles el derecho de descubrir el Mediterráneo en el siglo diez y nueve.

 

10. La libertad de hablar y escribir es también efectiva.
Antes de entrar en materia, voy a copiar a guisa de epígrafe, este primoroso fragmento de mi siempre admirado Anatole France:

“No niego que la libertad sea para una nación el primero de los bienes. Pero mientras más vivo más me persuado de que solo un gobierno fuerte puede asegurarla a los ciudadanos. He ejercido durante cuarenta añas los cargos más altos del Estado y mi larga experiencia me ha enseñado que el pueblo es oprimido cuando el poder es débil. Por eso aquellos que, como la mayor parte de los retóricos, se esfuerzan en debilitar el poder, cometan un crimen detestable. Si la voluntad de uno solo se ejerce algunas veces de una manera funesta, el consentimiento popular hace toda resolución imposible. Antes que la majestad de la paz romana cubriese al mundo, los pueblos no fueron felices más que bajo déspotas inteligentes”. (Palabras del prefecto Cotta en el banquete de los filósofos de la novela Thaïs. )

¡Si Ud. se hubiera visto en ciertos dolorosos trances acaecidos en todo el país comprendería mi entusiasmo por el párrafo citado!

Pero no divaguemos. Efectivamente, la afirmación de Ud. es fundada y no puede negarse que se ha avanzado mucho en ese sentido; aunque no nada más después del triunfo del maderismo, sino aun antes, pues que en los últimos años del gobierno del General Díaz, y salvo casos excepcionales, la prensa disponía ya de una dosis de libertad tan grande que sin ella no le hubiera sido posible colaborar de una manera tan eficaz como lo hizo, para la caída del gobierno porfirista y el triunfo de Madero.

Pero si la libertad de hablar y escribir es una valiosa conquista de los pueblos  modernos; si es una de las más nobles manifestaciones de la vida democrática; si es una aspiración suprema de las sociedades que aun no la poseen, y si en principio solo un espíritu completamente retrógrado se atrevería a combatirla: por contra, es igualmente cierto que un pueblo, cualquiera que sea, no puede disponer de una dosis de libertad superior a la que su moralidad, su grado de ilustración y todas las demás circunstancias que le rodean le permiten ejercer sin peligro de sus instituciones y de su existencia misma. Si la tribuna y la prensa, como manifestaciones de la opinión pública son los frenos más poderosos para evitar la irresistible tendencia al abuso de los hombres en el poder; en cambio esos mismos poderosos factores de la civilización moderna suelen convertirse en Jos pueblos atrasados y de imaginación muy impresionable en un elemento de discordia y anarquía capaz de derribar hasta los gobiernos bien constituidos y dignos de ayuda. Tal vez por eso se ha dado el caso, y no una, sino varias veces, de que los mismos hombres que han luchado en defensa de la libertad de la prensa y han hecho de ella uno de los números de su programa de gobierno, se hayan visto obligados, ya en el poder, a restringirla en vista de los malos resultados que ha dado.

En los países muy cultos, en donde el individualismo está muy desarrollado, donde cada ciudadano tiene su criterio propio; donde el talento, la riqueza, la ilustración están tan repartidos, que la parte de estos preciosos dones que a cada hombre le tocan viene, a servir de contrapeso a la de los demás, es más difícil que la multitud sea arrastrada por un periódico influyente, y en cambio allí la prensa ejerce una acción muy benéfica porque suele ser el reflejo de la opinión pública. Por contra, en los países atrasados e ignorantes como el nuestro, la influencia de la prensa suele ser decisiva en el público; en vez de ser el reflejo de la opinión es la creadora de ella; los ciudadanos, en vez de tomarse el trabajo de formarse una opinión, la toman ya hecha como los trajes, aceptando sin discusión la del periódico que leen. Como por otra parte, las épocas de agitación política constituyen una bonanza para las empresas periodísticas, se comprende que no han de ser estas las que traten de evitarlas.

Para la caída del gobierno del General Díaz contribuyeron más ciertos periódicos de la capital que los revolucionarios del Norte. Igualmente, el movimiento que derrocó a Madero tuvo un auxiliar poderosísimo en la prensa. Por lo demás, estas conflagraciones provocadas por la prensa, ya sea al tratarse de la política interior o de la internacional, no son exclusivas de nuestro país. La nociva influencia de los periódicos franceses durante la guerra franco-prusiana, motivó estas célebres palabras dirigidas no sé si por el canciller Bismark o por el Mariscal de Moltke, a uno de los grandes hombres de Estado de Francia: “vuestros periódicos nos han sido más útiles para la campaña que un gran cuerpo de ejército.”

Creo pues, con Ud. que debemos felicitarnos por las conquistas de la libertad de palabra, mientras esta se ejerza en un terreno enteramente legal y mientras no constituya una amenaza para el orden establecido; pero si el resultado de dicha libertad ha de ser la provocación de nuevas revoluciones y la continuación del horrible estado de anarquía y desesperación en que estamos desde hace más de dos años, el nuevo gobierno no debe vacilar un momento en restringirla, lo que le será aplaudido por las inmensa mayoría de la nación, para quien la tranquilidad de su hogares, la conservación de sus intereses y la seguridad de su vida, vale más que la realización de las más bellas utopías políticas.

 

11. El Partido Católico.
Toca Ud. un punto interesantísimo y en el cual mis opiniones van tan de a- cuerdo con las de Ud., que se las puedo mostrar escritas en un ensayo sobre el particular que tengo empezado y que ya no terminaré porque después de las declaraciones de Ud., mi modesto estudio parecería un vulgar plagio. Sin embargo, como Ud. no trató el punto con demasiada extensión, todavía me dejó algo que decir y que extracto de mi referido ensayo.

Efectivamente, el partido católico es un partido de principios, como Ud. dice. Y de tradiciones y de intereses, agrego yo; pues creo que los partidos políticos tienen siempre tradiciones en que apoyarse, intereses colectivos que defender e ideales bien definidos que perseguir. No se forman en un momento, sino que son el resultado de una lenta evolución, no provienen de la voluntad de un hombre ni aun de un grupo, sino que son la manifestación de hondas necesidades sociales; lo que explica el fracaso de los partidos improvisados, como los grupos que Ud. cita y los que Ud. y algunos otros políticos quisieron formar a raíz de la entrevista Creelman. La lucha es el mejor tónico para los partidos políticos; la alternabilidad de ellos en el poder la condición indispensable para su subsistencia; la posesión indefinida de este su ruina. La desaparición del partido liberal, a lo menos como partido organizado, que Ud. cita, no es el resultado del acaso, sino la consecuencia forzosa e inevitable de la posesión ininterrumpida del poder durante casi medio siglo; tiempo más que suficiente para desorganizar al partido  mejor organizado. Las ideas, como los hombres, vanamente pretenderían la posesión indefinida de la dirección de las sociedades. La humanidad parece tener por máxima las históricas palabras “adora lo que quemaste, quema lo que adoraste.” Las ideas que rigen a los pueblos y los hombres que los gobiernan acaban con los años por perder el prestigio y por consiguiente la fuerza que los sostiene, y la Humanidad, víctima de agudas e incurables dolencias, se levanta airada contra los que, encargados de curarla son incapaces de encontrar el remedio salvador, y busca su salvación por otro lado.

Esto es lo que está pasando con el partido católico. Esto explica el éxito que está adquiriendo. Alejados sus hombres del poder, no han tenido oportunidad para desacreditarse, y si su elevación moral no es mayor que la de los del partido liberal, el público no lo sabe. Conservan hasta ahora la perfección del que no ha tenido oportunidad de hacer obras que revelen la falta de ella. No habiendo tenido oportunidad para mancharse, están en su derecho para exigir que se les tenga por inmaculados.

Eso es en cuanto a los hombres; que en cuanto a los principios hay mucho más que decir todavía. Los enemigos del partido católico acuden para desacreditarlo al recurso de pintarlo como el partido clerical o ultramontano del siglo pasado, el que luchó en la guerra de Reforma y que más tarde trajo la intervención extranjera y el Imperio, el que reclama los bienes raíces, el que pide la injerencia en la enseñanza oficial y que aboga por la unión de la Iglesia y del Estado. Nada más falso. Para el partido conservador o clerical el triunfo de la reforma fue un golpe muy duro; pero la vitalidad del catolicismo, que lleva tantos siglos de luchar, le permitió rehacerse de él. El grupo católico, invariable en el terreno religioso, como debe ser, pues el dogma debe ser inmutable, porque no siendo así perecería; no está obligado a igual invariabilidad en el terreno político y ha encontrado su fuerza en la adaptación a las nuevas condiciones de la época; loque le está constituyendo en un factor político de suma importancia. En el terreno político se somete a la ley esperando de ella la protección que ofrece para la libertad religiosa; en el terreno económico no es de creerse que tenga deseos de inmovilizar sus capitales en la propiedad raíz, pudiendo hacerlos más productivos en los valores muebles; en materia de instrucción pública, en la imposibilidad de ejercer la tutela sobre el estado, se conformaría con enfrentársele en igualdad de condiciones, por lo que su desiderátum sería la escuela libre o sea la validez de los títulos expedidos por los establecimientos particulares; en cuanto a la unión de la Iglesia y el Estado, creo que es cosa que no ha de pretender ni el más exaltado católico; mucho menos aún en una época como la presente.

Creo pues, como Ud., que el partido católico es un verdadero partido, y tanto por la firmeza de sus principios, como por la moralidad de las personas que en la actualidad lo manejan, como por su ausencia de tendencias personalistas, se está manifestando como una fuerza social y política de importancia.

 

12. La República se salvará a pesar de todo.
Aunque en el orden en que he venido comentando su artículo, no es este el lugar que le corresponde a esta afirmación porque no es la que cierra su estudio; yo sí la pongo deliberadamente como final del mío para hacer resaltar la importancia que encierra.

Sí. La nación se salvará a pesar de todo; como se salvan ciertos enfermos en la lucha que sus organismos emprenden contra la formidable alianza de las enfermedades graves con los malos médicos.

Sí. La nación se salvará. ¡Desgraciados de nosotros si no pensáramos así! ¡Qué mancha para la generación a que pertenecemos! ¡Qué herencia de ignominia para nuestros hijos si la dejáramos perecer! ¡Qué vergüenza al ver extinguirse en nuestras manos la antorcha que no supimos transmitir!

Pero para que la nación se salve necesitamos un supremo esfuerzo de valor y abnegación porque nuestros enemigos son formidables. Al Norte tenemos un coloso que nos acecha, sin que el optimismo de Ud. aleje mis temo res. Y si es verdad que al frente de esa poderosa nación se encuentra ahora un hombre de altísimas cualidades morales e intelectuales, justamente elogiado por Ud. en su artículo, no olvidemos que allí sobre la voluntad de un presidente excelso está la de un pueblo omnipotente.

En nuestro país la anarquía lleva ya mucho tiempo de estar enseñoreada del territorio y no parece próxima a extinguirse, entre otras causas porque la revolución está resultando para muchas gentes la más productiva de las industrias.

Nuestros problemas son difíciles. Mientras nuestras clases humildes estén aguijoneadas por la miseria constituirán un fermento revolucionario. Mientras nuestros altos intelectuales lo estén por la vanidad y la ambición, constituirán otro más peligroso aún. En el caso citado por Ud. del Presidente Taft retirándose de la vida pública para aceptar el modesto cargo de profesor de Derecho en una universidad, está el secreto de la democracia norteamericana. En cambio en México el que llegó aun puesto público elevado, aun cuando fuera por casualidad, quiere pasar en él el resto de sus días. Ni el médico quiere volver al consultorio, ni el abogado al bufete, ni el ingeniero al teodolito, sino llegar hasta la tumba en medio de los honores oficiales. Las clases medias, llamadas como Ud. dice, a la vida política, lo han sido también a las ambiciones; los éxitos obtenidos en las revoluciones por personas totalmente desconocidas hasta antes de ellas, harán soñar a muchos jóvenes humildes con bandas de brigadier, les harán en ver en la guerra civil el más lucrativo de los oficios y les alejarán de las artes de la paz de que tanto necesitamos.

En resumen: el débil desarrollo de nuestra riqueza pública y privada, nuestra escasa cultura, nuestro bajo nivel moral, nuestra falta de ideales, la separación tan marcada que existe entre nuestras diversas clases sociales y no sé cuantos factores más, se presentan como formidables obstáculos para el régimen constitucional. Todos los que amamos a nuestra querida patria, como la amo yo, que pasé veinte años en el servicio de su gobierno, sirviéndole con igual lealtad en los puestos más humildes que en los más altos; la mentamos amargamente la existencia de tales obstáculos; pero como mexicanos, como patriotas, como hombres de corazón que no esquivan la lucha, unámonos para arrollarlos.

Más si a pesar de todo, nuestros esfuerzos resultan estériles y el régimen institucional está muy distante aún, resignémonos a aplazar la realización de nuestros ideales para más tarde y conformémonos con atender a la salvación de la patria, por los medios de que se pueda disponer. La historia nos revela que la anarquía no puede ser el estado permanente de ningún pueblo, y que cuando se prolonga dicho estado mucho tiempo surgen forzosa e inevitablemente “las tiranías necesarias”. Si la nación cometió un crimen, que muy severamente ha expiado, derribando al gobierno del General Díaz, que, sean cuales fueren los defectos que se le señalen, había hecho grandes bienes al país y era mil veces preferible a la espantosa anarquía que le sucedió y que era de preverse, no cometamos otro mayor aún suicidándonos como  nación. Conformémonos con un gobierno fuerte que restablezca la paz, a cuya sombra nos prepararemos para el advenimiento de la futura democracia. Agrupémonos al rededor del gobierno surgido de la Ciudadela y en vez de hostilizarlo con las declamaciones de los retóricos, con las argucias de los legistas y con las balas de los revolucionarios; ayudémosle a hacer la paz como se pueda, por los procedimientos que las circunstancias exijan, en una palabra, y como dice Ud. muy bien, refiriéndose al General Huerta: POR LA RAZON O POR LA FUERZA.

Termino mi larguísima carta y me repito su invariable amigo de juventud que le admira y le quiere.
Norberto Domínguez.