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Tomlinson's Hall, Indianapolis, septiembre 16 de 1898
Noble es la tierra que Dios nos ha dado; tierra que puede alimentar y vestir al mundo; tierra cuyas costas envolverían a la mitad de los países de Europa; tierra que se yergue, como centinela entre los dos océanos imperiales del planeta, una Inglaterra mas vasta con un destino más noble.
Poderoso es el pueblo que Él ha plantado en esta tierra; pueblo que ha brotado de la sangre más egregia de la historia; pueblo que vuelve de continuo a la vida gracias a su gente, la más viril, trabajadora y productora de hombres de todo el planeta; pueblo imperial por virtud de su poder, por derecho de sus instituciones, por autoridad de sus propósitos, que se dirigen al cielo: los propagandistas de la libertad y no los avaros.
Gloriosa es la historia que nuestro Dios ha dado a Su pueblo elegido; heroica historia con fe en nuestra misión y nuestro futuro; historia de estadistas que ensancharon las fronteras de la República hasta alcanzar la tierra inexplorada y la vastedad salvaje; historia de soldados que llevaron la bandera a través de desiertos candentes y por entre las montañas hostiles, alcanzando aun las puertas del ocaso; historia de pueblos que se multiplican hasta ocupar un continente en medio siglo; historia de profetas que vieron las consecuencias de los males heredados del pasado y de los mártires que murieron para salvarnos de aquéllos; historia divinamente lógica, en el proceso de cuyo ingente razonamiento nos encontramos ahora.
Por tanto, en esta campaña, el tema va más allá de un asunto de partido. Se trata de un asunto norteamericano. De un asunto mundial. ¿Continuará acaso el pueblo norteamericano su marcha hacia la supremacía comercial del mundo? ¿Deben las instituciones libres ampliar su reino sagrado, mientras los hijos de la libertad crecen en fortaleza, hasta que el imperio de nuestros principios se establezca sobre las almas de toda la humanidad?
¿No tenemos acaso una misión que llevar a cabo, un deber que cumplir para con nuestros hermanos? ¿Nos ha otorgado Dios ciertos dones más allá de nuestros desiertos, señalándonos como el pueblo de Su favor, sólo para pudrirnos en nuestro propio egoísmo, en tanto hombres y naciones que deben tomar a la cobardía por compañera y al ego como su deidad: como lo han hecho China, India o Egipto?
¿Seremos tal vez como el hombre que tenía un talento y lo escondió, o bien como aquel que contaba diez talentos y los usó hasta que se convirtieron en riquezas? ¿Debemos segar la recompensa que espera el cumplimiento de nuestro caro deber? ¿Ocuparemos nuevos mercados para lo que nuestros labriegos siegan? ¿Nuevos mercados para lo que nuestras fábricas producen? ¿Nuevos mercados para lo que nuestros comerciantes venden? Ay, ¿nuevos mercados, quiera Dios, para lo que nuestros barcos han de transportar?
Hawai es nuestro, Puerto Rico es nuestro; con la anuencia de su pueblo, Cuba, a la postre, será nuestra; en las islas del Oriente, aun a las puertas de Asia, los yacimientos de carbón habrán de ser nuestros; la bandera de un gobierno liberal ondeará sobre las Filipinas, y puede ser el mismo estandarte que Taylor desplegó en Texas y Fremont llevó hasta la costa.
La oposición nos dice que no hemos de gobernar a un pueblo sin su consentimiento. Respondo: la regla de libertad según la cual todo gobierno justo deriva su autoridad del consentimiento de los gobernados, sólo se aplica a quienes son capaces de gobernarse a sí mismos. Gobernamos a los indios sin su consentimiento, gobernamos nuestros territorios sin su consentimiento, gobernamos a nuestros hijos sin su consentimiento. ¿Cómo saben que el nuestro será un gobierno sin su consentimiento? ¿El pueblo de las Filipinas no preferiría acaso el gobierno justo, humano y civilizador de esta República, a la regla salvaje y sanguinaria de saqueos y extorsión de la cual los hemos rescatado?
Y a pesar de estas palabras compuestas sólo para el ilustre pueblo que se gobierna a sí mismo, ¿no tenemos deber alguno para con el mundo? ¿Enviaremos de nuevo a estos pueblos a las manos malolientes de las que los hemos tomado? ¿Los abandonaremos sabiendo que Alemania, Inglaterra y Japón están hambrientos de ellos? ¿Los salvaremos de esas naciones para darles un gobierno autónomo de tragedia?
Nos preguntan cómo hemos de gobernar estas nuevas posesiones. Respondo: todos los métodos de gobierno surgirán de las condiciones locales y de las necesidades del caso. Si Inglaterra puede gobernar tierras extranjeras, también podrán hacerlo los Estados Unidos. Si Alemania puede gobernar tierras extranjeras, también podrán hacerlo los Estados Unidos. Si pueden supervisar protectorados, también podrán hacerlo los Estados Unidos. ¿Por qué es mas difícil administrar Hawai que Nuevo México o California? Ambos cuentan con una población salvaje y extranjera; ambos estaban más lejos de la sede del gobierno cuando pasaron a nuestro dominio de lo que en la actualidad están las Filipinas.
¿Diréis con vuestro voto que la capacidad estadunidense para gobernar ha decaído, que un siglo de experiencia en el gobierno de nosotros mismos no ha dado resultado alguno? ¿Afirmaréis con vuestro voto que sois desleales al poder y al sentido práctico estadunidenses? ¿O bien afirmaréis en cambio que nuestra es la sangre del gobierno, nuestra el alma del dominio, nuestros el cerebro y el genio de la administración? ¿Recordaréis que no hacemos sino lo que nuestros padres hicieron —sólo abrimos los pabellones de la libertad más hacia el Oeste, más hacia el Sur—, que sólo continuamos la marcha de la bandera?
¡La marcha de la bandera! En 1789 la bandera de la República ondeó sobre cuatro millones de almas en trece Estados y sobre un indómito territorio que se extendía hasta el Mississippi, Canadá o las Floridas. Los espíritus tímidos sostenían que no era menester ningún territorio nuevo y, por el momento, tenían razón. Pero Jefferson, por cuyo intelecto pasaron los siglos; Jefferson, quien soñó a Cuba como un estado estadunidense; Jefferson, el primer imperialista de la República: adquirió ese territorio imperial que iba desde el Mississippi hasta las montañas, desde Texas hasta las posesiones británicas, ¡y la marcha de la bandera comenzó!
Los desleales al evangelio de la libertad montaron en cólera, ¡pero la bandera se movió majestuosa! El lema de esa noble tierra de la cual surgieron Oregón, Washington, Idaho y Montana permanecía incierto; Jefferson, aunque estricto intérprete del poder constitucional, obedeció a un impulso anglosajón que llevaba dentro de sí, cuya consigna entonces era —y actualmente en el mundo entero es—: “¡Adelante!” ¡Otro imperio se añadía a la República, y la marcha de la bandera siguió su curso!
Los que niegan el poder de las instituciones libres para la expansión apresuran cualquier argumento, y aún mas, son los que conocemos en la actualidad; pero el juicio del pueblo aprobó el imperativo de su sangre, ¡y la marcha de la bandera siguió su curso!
Una alambrada de tierra que iba desde Nueva Orleans hasta la Florida nos impedía llegar al Golfo, y sobre ella y la península del Everglade ondeaba la bandera azafranada de España; Andrew Jackson se apropió de ambas, el pueblo norteamericano lo apoyó, y durante el gobierno de Monroe las Floridas llegaron a estar bajo el dominio de la República, ¡y la marcha de la bandera siguió su curso! Las casandras profetizaron todos los infortunios que en la actualidad oímos; sin embargo, ¡la marcha de la bandera siguió su curso!
Entonces, Texas respondió al toque de corneta de la libertad, ¡y la marcha de la bandera prosiguió! Y ala postre, libramos una guerra con México y la bandera ondeó en la región sudoriental, sobre la sin par California, traspasó la Puerta de Oro hacia Oregón en el Norte, y de océano a océano resplandecieron los pliegues de su gloria.
Y en la actualidad, obedeciendo a la misma voz que oyeron y obedecieron Jefferson, Jackson, Monroe, Seward, Grant y Harrison, nuestro presidente planta la bandera sobre las islas de los mares, puestos de avanzada del comercio, ciudadelas de la seguridad nacional, y así ¡la marcha de la bandera sigue su curso!
La distancia y los océanos no son argumentos. El que todo el territorio que nuestros padres adquirieron y tomaron sea contiguo no es argumento. En 1819 la Florida se hallaba más lejos de Nueva York de lo que Puerto Rico está de Chicago; Texas estaba más lejos de Washington en 1845 de lo que Hawai está de Boston en 1898; California era más inaccesible en 1847 de lo que las Filipinas lo son en la actualidad. Gibraltar se halla más lejos de Londres de lo que La Habana está de Washington; Melbourne esta más lejos de Liverpool de lo que Manila está de San Francisco.
El océano no nos separa de las tierras que son nuestro deber y nuestro deseo: los océanos nos unen, los ríos nunca serán dragados, los canales nunca serán reparados. El vapor nos une, la electricidad nos une: los elementos mismos están ligados a nuestro destino. ¡Cuba no es contigua! ¡Puerto Rico no es contiguo! ¡Hawai y las Filipinas no son contiguos! Los océanos los hacen contiguos. ¡Y nuestra marina los hará contiguos!
Pero la oposición tiene razón: hay una diferencia. No necesitábamos el valle occidental del Mississippi cuando lo adquirimos, tampoco Florida, ni Texas, ni California, ni las provincias reales del extremo noroccidental. No contábamos con emigrantes para poblar estas inmensidades imperiales, ni dinero para hacerlas crecer, ni siquiera caminos para cubrirlas. No nos esperaba comercio alguno en ese territorio salvaje. Nuestros productos no eran más que nuestro comercio. No había razón alguna para la codicia de tierra por parte de nuestros estadistas, desde Jefferson hasta Grant, salvo por el profeta y el sajón que en ellos existían. Pero en la actualidad segamos más de lo que podemos consumir, fabricamos más de lo que podemos usar. Por tanto, debemos encontrar nuevos mercados para nuestros productos.
Y así, si bien no necesitábamos el territorio tomado durante el siglo pasado, en la época en que fue adquirido, sí necesitamos, en efecto, lo que tomamos en 1898, y lo necesitamos ahora. Los recursos y el comercio de estos dominios inmensamente ricos habrán de aumentar en la medida en que el vigor estadunidense sea mayor que la indolencia española. En Cuba, sola, existen más de quince millones de acres de bosques que no han conocido el hacha, inagotables minas de hierro, invaluables depósitos de manganeso con valor de millones de dólares que en la actualidad debemos comprar de las regiones del Mar Negro. Existen millones de acres aún inexplorados.
Los recursos de Puerto Rico sólo han sido tratados con ligereza. Las riquezas de las Filipinas apenas han sido tocadas por los métodos modernos. Producen lo que consumimos y consumen lo que producimos: la misma predestinación de la reciprocidad, una reciprocidad que “no se hace con las manos, sino que es eterna en los cielos”. Venden cáñamo, azúcar, cocos, frutas tropicales, maderas preciosas como la caoba; compran harina, ropa, herramientas, implementos, maquinaria y todo lo que podamos cultivar y producir. Su comercio será nuestro en el futuro. ¿Apoyaríais esa política con vuestro voto?
Cuba es tan grande como Pensilvania, y es la región más rica del planeta. Hawai es tan grande como Nueva Jersey; Puerto Rico es la mitad de grande que Hawai; las Filipinas son más grandes que Nueva Inglaterra, Nueva York, Nueva Jersey y Delaware juntos. En su conjunto, estas regiones son más grandes que las Islas Británicas, más grandes que Francia, que Alemania y que Japón.
Si alguien os dice que el comercio depende de la baratura y no de la influencia del gobierno, preguntadle por qué Inglaterra no abandona Sudáfrica, Egipto, la India. ¿Por qué Francia tomó el Sur de China, y Alemania la vasta región cuyo puerto es Kaouchou?
Nuestro comercio con Puerto Rico, Hawai y las Filipinas debe ser tan libre como lo es el comercio entre los Estados de la Unión ya que se trata de territorios estadunidenses, mientras que toda otra nación del planeta ha de pagar nuestra tarifa antes de que pueda competir con nosotros. Hasta que Cuba pida su anexión, nuestro comercio con la isla ha de ser, por lo menos, semejante al comercio preferencial de Canadá e Inglaterra. Ello, unido a la excelencia de nuestros bienes y productos, a la conveniencia de la transportación, al parentesco de intereses y destinos, dará el monopolio de esos mercados al pueblo estadunidense.
La supremacía comercial de la República significa que esta nación habrá de ser un factor soberano en la paz del mundo. Y los conflictos del futuro serán los conflictos del comercio: la lucha por los mercados, la guerra comercial por la existencia. Y la regla de oro de la paz es la inexpugnabilidad de posición y la invencibilidad de preparación. De este modo, vemos a Inglaterra, la mayor estratega de la historia, plantar su bandera y sus cañones en Gibraltar, en Quebec, en las Bermudas, en Vancouver, en todas partes.
Así, Hawai nos proporcionó una base naval en el corazón del Pacífico; las Islas de los Ladrones otra, en una región aún más distante; Manila otra, en las puertas de Asia: Asia, a cuyo mercado tienen tanto derecho los cientos de millones de estadunidenses —comerciantes, fabricantes, granjeros— como los de Alemania, Francia, Rusia o Inglaterra; Asia, cuyo comercio con el Reino Unido asciende a cientos de millones de dólares cada año; Asia, donde Alemania pretende colocar sus excedentes; Asia, cuyas puertas no han de cerrarse para el mercado norteamericano. Dentro de cinco años, el enorme volumen del comercio oriental será nuestro.
No es de sorprender que en las sombras de los grandes acontecimientos por venir, la acuñación sin límite de plata ya sea un recuerdo. El paso de la historia ha hecho olvidar ese episodio. En la actualidad, los hombres saben que el comercio más importante del mundo debe ser guiado por la norma de valor más provechosa y por el medio de intercambio más conveniente que el ingenio humano pueda crear. El tiempo, razonador infalible, ha resuelto el asunto de la plata. El pueblo estadunidense está cansado de hablar de dinero: desean hacer dinero. ¿Por qué habría un granjero de obtener medio dólar en dinero a cambio de media medida de grano?
¿Por qué la proposición de acuñar libremente la plata no ha de ser negada del mismo modo que la idea de la inconvertibilidad del papel moneda? Se trata de la misma idea asumiendo una forma distinta. Si los timbres del gobierno pueden hacer que una pieza de plata, que podéis comprar en 45 centavos, circule en 100 centavos, entonces, los timbres del gobierno pueden hacer que una pieza de estaño, que vale un centavo, se tome por 100 centavos, y una pieza de papel, que vale una fracción de centavo, circule en 100 centavos. La libre acuñación de plata es el principio del dinero sin respaldo aplicado al metal. Si apoyáis esa clase de plata, apoyaréis necesariamente la emisión de papel moneda sin respaldo de reservas en metal.
Si el gobierno puede hacer dinero gracias a un timbre fiscal, ¿por qué el gobierno ha de tomar dinero a préstamo? Si el gobierno puede crear el valor a partir de la nada, ¿por qué no abolir todo impuesto?
Y si no es el timbre del gobierno el que promueve el valor, sino la demanda que la libre acuñación crea, ¿por qué el valor de la plata ha descendido en una época en que el gobierno compró y acuñó más plata que nunca? Una vez más, si el pueblo desea más plata, ¿por qué esconder algo que ya tenemos? Y si la libre acuñación de plata hace al dinero más abundante ¿cómo habréis de conseguir más metal? ¿Acaso los propietarios de las minas de plata os lo darán? ¿Acaso os lo prestarán? ¿Acaso el gobierno os lo dará o prestará? ¿Dónde entraréis vosotros —o entraré yo— en este asunto de la libre acuñación de plata?
El pueblo estadunidense desea resolver este asunto del dinero de una vez por todas. Desea un valor uniforme, un valor conveniente, un valor que crezca como los negocios, un valor basado en la ciencia y no en el azar.
Y ahora, en el umbral de nuestra nueva e ingente carrera, es tiempo de hacer ajustes permanentes a nuestro sistema financiero. El pueblo estadunidense debe dirigir el comercio más poderoso del mundo. No puede detenerse y perturbar su sistema monetario cada vez que una imaginación exaltada tenga una visión o goce un sueño. ¡Pensad en la Gran Bretaña como la monarca comercial del mundo con un sistema financiero al que se perturba periódicamente! Pensad en Holanda, en Alemania, en Francia, agobiados por sus problemas y, aun así, enviando su bandera a alta mar y teniendo su moneda a merced de los políticos incompetentes. Dejad que todo el sistema financiero descanse en principios tan sólidos que ninguna agitación pueda perturbarlo. Y entonces, como hombres y no como niños, dejad que acometamos nuestra tarea, nuestra misión y nuestro destino.
Hay tantas cosas verdaderas por hacer: canales por excavar, ferrocarriles por tender, bosques por talar, ciudades por construir, campos por cultivar, mercados por ganar, barcos por echar al agua, pueblos por salvar, civilizaciones por proclamar, mientras la bandera de la libertad ondea en el ansioso viento de todos los mares. ¿Es ésta la hora de perderse en fruslerías de las leyes de la naturaleza? ¿Es ésta la época de entregar nuestro destino a los fanfarrones y demoledores de la prosperidad? ¡No! Es hora de recordar nuestro deber para con nuestros hogares. Es momento de darse cuenta de las oportunidades que el destino nos ha abierto. Es hora, también, de que apoyemos al gobierno.
Prodigiosamente, Dios nos ha guiado. Allá, en Bunker Hill y en Yorktown, Su Providencia estaba con nosotros. En Nueva Orleans y en los mares ensangrentados, Su mano nos ha ayudado. Abraham Lincoln fue Su ministro, y suyo fue el altar de libertad que los soldados de la nación levantaron en cientos de campos de batalla. Su poder dirigió a Dewey en el Oriente y dejó a la flota española en nuestras manos, como dejó a la antigua Armada en manos de nuestros padres ingleses hace dos siglos. El pueblo norteamericano no puede emplear un medio deshonesto de intercambio; es nuestra la ocasión de dar al mundo un ejemplo de honor y de derecho. No podemos huir de nuestros deberes para con el mundo; es nuestra la ocasión de llevar a cabo el propósito de un destino que nos ha llevado a ser mayores que nuestras pequeñas intenciones. No podemos retirarnos de tierra alguna en donde la Providencia haya desplegado nuestra bandera; es nuestra la ocasión de salvar esta tierra para la libertad y la civilización
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