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Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1918 Discurso de los Catorce Puntos. Woodrow Wilson.

Enero 8 de 1918

 

Una vez más, como ha venido sucediendo, los voceros de los Imperios Centrales han expresado su deseo de conversar sobre los propósitos de la guerra y las posibles bases de una paz general. En Brest-Litovsk se han llevado a cabo pláticas entre los representantes de las Potencias Centrales, a las que han sido invitados todos los países beligerantes con el fin de saber si es posible extenderlas a una conferencia general en lo que respecta a las condiciones de la paz y el arreglo. Los representantes rusos no sólo hicieron una declaración de principios definitiva, según la cual estarían dispuestos a firmar la paz, sino también un programa igualmente definitivo respecto de la aplicación concreta de estos principios. Los representantes de las Potencias Centrales, por su parte, presentaron un esbozo del arreglo que, si bien mucho menos definitivo, parece susceptible de una interpretación más libre hasta que se añada un programa específico de consideraciones prácticas. Ese programa negaba cualquier clase de concesión en lo concerniente a la soberanía de Rusia o a la determinación de los pueblos cuyos destinos manejaban, con lo cual querían decir, en suma, que los Imperios Centrales conservarían cada metro del territorio que ocuparon por la fuerza —cada provincia, cada ciudad, cada punto estratégico—, como anexión permanente a su territorio y su poder. Es razonable conjeturar que los principios generales del arreglo que ellos en un comienzo sugirieron se originaron en los estadistas más liberales de Alemania y Austria, en hombres que han empezado a sentir la fuerza del pensamiento y la determinación de su propio pueblo, en tanto que las condiciones concretas del arreglo actual salieron de jefes militares que sólo piensan en conservar lo que obtuvieron. Las negociaciones se suspendieron. Los representantes rusos fueron del todo sinceros. No pueden pasar por alto esas propuestas de conquista y dominación.

Todo el hecho está lleno de significado. También nos llena de perplejidad. ¿Con quién están tratando los representantes rusos? ¿En nombre de quién hablan los representantes de los Imperios Centrales? ¿Hablan acaso por las mayorías de sus respectivos parlamentos, o bien por los partidos de minoría, esa minoría militar e imperialista que hasta ahora ha dominado toda su política, así como los asuntos de Turquía y de los Balcanes, obligados ahora a ser sus aliados en esta guerra? Los representantes rusos han insistido, justa y sabiamente, y de conformidad con el auténtico espíritu de la democracia moderna, en que las conferencias que han celebrado con los estadistas teutones y turcos se llevaran a cabo a puertas abiertas, y en que su auditorio fuera, como es de desear, el mundo entero. ¿A quién hemos escuchado, entonces? ¿A los que expresan el espíritu y el propósito de las resoluciones del Reichstag alemán del 9 de julio pasado, el espíritu y el propósito de los dirigentes liberales y de los partidos de Alemania, o bien a los que se resisten y desafían ese espíritu y esa intención, e insisten en la conquista y la sumisión? ¿O bien hemos escuchado a ambos, quienes, sin reconciliación alguna, muestran una abierta e irremediable contradicción? He ahí algunas preguntas serias y fecundas. De su respuesta depende la paz del mundo.

Pero prescindiendo de los resultados de las pláticas en Brest-Litovsk, de las confusiones de opinión y de finalidad en las declaraciones de los voceros de los Imperios Centrales, de nuevo se han propuesto informar al mundo de los fines de la guerra, y de nuevo han desafiado a sus adversarios al expresar cuáles son sus fines y qué clase de arreglo considerarían justo y satisfactorio. No hay razón para no responder a este desafío, y para que no lo hagamos con el mayor candor. No esperamos para ello. No una, sino repetidas veces, hemos mostrado nuestro pensamiento y determinación ante el mundo, tanto en términos generales como con precisión suficiente para dejar claro la clase de términos definitivos de arreglo que deben surgir necesariamente de ellos. Durante la última semana, Lloyd George ha hablado en nombre del pueblo y del gobierno de la Gran Bretaña, con admirables candor y espíritu. No hay confusión de opiniones entre los adversarios de las Potencias Centrales, ninguna incertidumbre de principios, ni ambigüedad en los detalles. El único encubrimiento de opiniones, la única falta de sinceridad, la única ausencia de declaraciones definitivas acerca de los propósitos de la guerra descansa en Alemania y sus aliados. Asuntos de vida y muerte penden de estas definiciones. Ningún estadista que tenga una idea mínima de su responsabilidad debe permitirse, ni por un momento, seguir este trágico y pasmoso derramamiento de sangre y de recursos, a menos que esté seguro, más allá de toda incertidumbre, de que los propósitos del sacrificio de vidas son parte de la vida de la sociedad y de que el pueblo por el que habla los considera, como él, justos y necesarios.

Asimismo, hay una voz que exige estas definiciones de principio y de propósito, que es —me parece— más estremecedora y apremiante que cualquiera de las muchas voces conmovedoras de las que está lleno el atribulado aire de este mundo. Es la voz del pueblo ruso. Ese pueblo, al parecer, se halla postrado y del todo indefenso, ante el siniestro poder de Alemania, que hasta ahora se ha mostrado inexorable y sin piedad. Parece que el poder ruso ha sido aniquilado. Y aun así, su alma no se ha mostrado servil. Ese pueblo no renunciará a sus principios ni a su acción. Su idea de lo que es justo, de lo que humana y honradamente deben aceptar, ha sido declarada con tal sinceridad, vastedad de miras, generosidad de espíritu y universal simpatía por lo humano que, sin duda, debe despertar la admiración de todo amigo de la humanidad, y se ha negado a encubrir sus ideales o a abandonar otros a fin de lograr la seguridad. Se acercan a nosotros para decirnos lo que hemos de desear, y en qué aspecto —si alguno existe— nuestro propósito y nuestro espíritu se distinguen del suyo; y pienso que el pueblo de los Estados Unidos desearía que yo respondiera con entera sencillez y franqueza. Lo crean o no los líderes actuales, es nuestro caro deber y esperanza que se abra alguna senda para que tengamos el privilegio de ayudar al pueblo de Rusia a alcanzar su máxima esperanza de libertad y ordenada paz.

Nuestro deseo y nuestro propósito serán que los procesos de paz, cuando hayan comenzado, sean absolutamente abiertos y que no involucren o permitan entendimientos secretos de ninguna clase. Los días de conquista y engrandecimiento ya han terminado, al igual que los de convenios secretos celebrados en beneficio de gobiernos particulares y capaces de perturbar, en un momento inesperado, la paz del mundo. Es esta afortunada condición, clara para todo hombre público cuyos pensamientos no se queden en una época ya muerta y pasada, la que posibilita a toda nación cuyos propósitos sean congruentes con la justicia y con la paz del mundo, manifestar ahora o en cualquier otro momento los fines que tiene en consideración.

Entramos en esta guerra porque se cometieron violaciones al derecho que nos conmovieron e hicieron imposible la vida de nuestro pueblo, si no se resarcían y el mundo quedaba a salvo, de una vez y para siempre, de su repetición. Por tanto, lo que pedimos de esta guerra no nos atañe sólo a nosotros. Se trata de que el mundo se vuelva un lugar digno y seguro para vivir; y en especial, de que se vuelva un lugar seguro para toda nación amante de la paz que, como la nuestra, desee vivir su propia vida, forjar sus propias instituciones y asegurarse de que será tratada con justicia y honradez por los demás pueblos del mundo, y de que no será víctima de la fuerza y la agresión egoísta. Todos los pueblos del mundo participan, en efecto, de este interés, y en lo que a nosotros respecta, consideramos muy claramente que de no hacer justicia a los demás, no se nos hará justicia a nosotros. El programa de la paz mundial es, entonces, nuestro programa; y éste, el único programa posible, como lo vemos, es el siguiente:

I.             Convenios abiertos de paz, celebrados abiertamente, después de los cuales no habrá entendimientos internacionales privados de ninguna clase, sino que la diplomacia se ejercerá francamente y a la vista pública.
II.            Absoluta libertad de navegación en los mares, fuera de las aguas territoriales, lo mismo en tiempos de guerra que de paz, salvo que los mares se cierren completamente o en parte por acción internacional siguiendo convenios internacionales.
III.          Eliminación, hasta donde sea posible, de todas las barreras económicas, y establecimiento de condiciones de igualdad en el comercio entre todas las naciones que hayan convenido en la paz y se hayan asociado para mantenerla.
IV.           Otorgar y aceptar garantías adecuadas de que los armamentos nacionales se reducirán al mínimo de conformidad con la seguridad interna.
V.            Ajuste libre, razonable y absolutamente imparcial de todos los reclamos coloniales, basado en la estricta observancia del principio de que, en la determinación de todos esos asuntos de soberanía, los intereses de las poblaciones respectivas deben tener el mismo peso que los reclamos justos del gobierno cuyo título tendrá que determinarse.
VI.          Evacuación de todo el territorio ruso y el arreglo de todos los asuntos que afectan a Rusia, de modo que se asegure la mayor y más libre cooperación de las demás naciones del mundo con el fin de proporcionarle una oportunidad libre de trabas e impedimentos para determinar de manera independiente su propio desarrollo político y su política nacional, y asegurarle una sincera bienvenida en la sociedad de naciones libres, según las instituciones de su propia elección; y más que una bienvenida, ayuda de toda clase que pueda necesitar o desear. El trato que reciba Rusia de parte de sus naciones hermanas en los meses futuros será la prueba decisiva de la buena voluntad de éstas, de la comprensión que tengan de los problemas de Rusia, separándolos de sus propios intereses, así como de su simpatía inteligente y desinteresada.
VII.         Todo el mundo estará de acuerdo en que Bélgica debe ser evacuada y reconstruida, sin ningún intento de limitar la soberanía que disfruta en común con las demás naciones libres. Ningún acto podrá servir tanto como éste para restablecer la confianza de las naciones en las leyes que ellas mismas han establecido y determinado para el gobierno de sus relaciones con las naciones restantes. Sin este remedio, toda la estructura y toda la validez del derecho internacional se habrá dañado para siempre.
VIII. Todo el territorio francés debería liberarse, restituirse las porciones invadidas, y resarcirse el agravio cometido a Francia por Prusia en 1871 en el asunto de Alsacia y Lorena, que ha perturbado la paz del mundo por casi cincuenta años, con el fin de asegurar una vez más la paz en beneficio de todos.
IX.          Debería llevarse a cabo un reajuste de las fronteras de Italia, según líneas de nacionalidad claramente reconocibles.
X.            Se debería otorgar a los pueblos de Austria-Hungría, cuyo lugar entre las naciones deseamos ver salvaguardado y seguro, una oportunidad de desarrollo autónomo.
XI.          Se debería evacuar Rumania, Serbia y Montenegro; restituir los territorios ocupados; conceder a Serbia acceso libre y seguro al mar; y determinar las relaciones de los numerosos Estados balcánicos de acuerdo con el consejo amistoso, de conformidad con las líneas de lealtad y nacionalidad que históricamente se han establecido; asimismo, proceder a determinar las garantías internacionales de independencia política y económica y de integridad territorial de los diversos Estados balcánicos.
XII.         Debería garantizarse la segura soberanía a las regiones turcas del actual Imperio Otomano, pero en cuanto a las demás nacionalidades que se hallan ahora bajo mandato turco, debería proporcionárseles una seguridad de vida a toda prueba, así como oportunidad absolutamente libre de trabas para su desarrollo autónomo, y los Dardanelos deberían mantenerse permanentemente abiertos como paso libre para los barcos y el comercio de todas las naciones, de conformidad con las garantías internacionales.
XIII.        Debería surgir un Estado polaco independiente, que incluyera los territorios habitados por poblaciones indiscutiblemente polacas, al cual debería garantizarse el acceso libre y seguro al mar, y cuya independencia política y económica e integridad territorial deberían garantizarse por convenio internacional.
XIV. Debe formarse una asociación de naciones, según convenios concretos, con el propósito de establecer garantías mutuas de independencia política e integridad territorial para los estados grandes y pequeños por igual.

En cuanto a estas rectificaciones esenciales de agravios y afirmaciones de derecho, nos consideramos íntimamente vinculados a todos los gobiernos y pueblos que se unen contra los imperialistas. No podemos estar separados en el interés ni divididos en el propósito. Permaneceremos juntos hasta el final.

Estamos en disposición de luchar y seguir luchando hasta que se logren esos acuerdos y convenios; pero sólo porque deseamos que prevalezca el derecho y porque anhelamos una paz justa y estable que sólo puede asegurarse eliminando las principales provocaciones de guerra, que este programa, en efecto, elimina. No estamos celosos de la grandeza alemana, y nada hay en este programa que la dañe. No escatimamos sus logros ni la distinción de su saber o de sus empresas pacíficas, que han dado a su historia tanta brillantez y la han hecho tan envidiable. No deseamos causarle daño ni perjudicar en modo alguno su legítima influencia o poder. No deseamos combatirla por las armas ni con hostiles arreglos comerciales, si ella está dispuesta a asociarse con nosotros y con las demás naciones amantes de la paz, en convenios de equidad y derecho y trato justo. Sólo deseamos que Alemania acepte un lugar de igualdad entre los pueblos del mundo —el nuevo mundo en que ahora vivimos—, en vez de un lugar de superioridad.

Tampoco tratamos de sugerirle ningún cambio ni modificación de sus instituciones. Pero es menester, debemos decirlo con sinceridad, es menester como paso preliminar a todo trato inteligente con Alemania por nuestra parte, que sepamos en nombre de quién hablan sus voceros cuando se dirigen a nosotros, si en nombre de la mayoría del Reichstag o si en el de la mayoría del partido militar y los hombres cuyo credo es la dominación imperial.

Hemos hablado en términos demasiado concretos para que surjan dudas o preguntas. Es claro que un principio conduce todo el programa que acabo de esbozar. El principio de justicia para todos los pueblos y nacionalidades, y de su derecho a vivir en condiciones iguales de libertad y seguridad entre sí, sean fuertes o débiles. A menos que semejante principio sea su cimiento, ninguna parte de la estructura de la justicia internacional podrá sostenerse. El pueblo de los Estados Unidos no podría actuar de conformidad con otro principio, y está dispuesto a dedicar su vida, su honor y cuanto posee a la vindicación de este principio. Ha llegado el clímax moral de esta guerra culminante y final por la libertad humana, y el pueblo está decidido a poner a prueba su propia fuerza, sus propios y más caros propósitos, su propia integridad y devoción.