Home Page Image
 

Edición-2020.png

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

Este Sitio es un proyecto personal y no recibe ni ha recibido financiamiento público o privado.

 

 
 
 
 


1937 Discurso de la Cuarentena. Franklin D. Roosevelt.

Chicago, octubre 5 de 1937

 

Me place estar una vez más en Chicago y, especialmente, tener oportunidad de participar en la inauguración de este importante proyecto de mejoramiento civil.

En mi viaje por el continente me han sido mostrados muchos testimonios del resultado del sentido de cooperación comunitaria entre los municipios y el gobierno federal, y he saludado a decenas de miles de estadunidenses que me han hecho saber con miradas y palabras que su bienestar material y espiritual ha progresado a grandes pasos durante estos años.

Y sin embargo, cuando vi con mis propios ojos las granjas florecientes, las fábricas prósperas y los ferrocarriles activos, cuando vi la felicidad y la seguridad y la paz que cubren nuestra vasta tierra, casi de modo inevitable me vi obligado a comparar nuestra paz con las muchas y variadas escenas que se representan en otras partes del mundo.

Porque en las condiciones modernas, y por el bien de su propio futuro, el pueblo de los Estados Unidos debe pensar en el resto del mundo, yo mismo, responsable del ejecutivo de esta nación, he elegido esta gran ciudad del país y esta ocasión de gala para hablaros de un tema de importancia definitiva y nacional.

La situación política del mundo, que en los últimos tiempos ha empeorado progresivamente, ha sido causa de preocupaciones y ansiedades en todos los pueblos y naciones que desean vivir en paz y concordia con sus vecinos.

Hace unos quince años, las esperanzas de la humanidad acerca de la continuidad de una era de paz internacional alcanzaron un punto culminante, cuando sesenta naciones juraron solemnemente no recurrir a las armas en favor de sus propósitos nacionales y sus políticas. Las altas aspiraciones expresadas en el Pacto de Paz Briand-Kellogg y las esperanzas de paz que así surgieron, han cedido el paso en los últimos tiempos al temor obsesivo de un desastre. El actual reino de terror y de ilegalidad internacional comenzó hace algunos años.

Comenzó con la interferencia injustificada en los asuntos internos de otras naciones o la invasión de un territorio extranjero, en violación de tratados; y hoy ha alcanzado un nivel en que los fundamentos mismos de la civilización están seriamente amenazados. Los hitos y tradiciones que habían señalado el progreso de la humanidad hacia una condición de legalidad, orden y justicia están siendo eliminados.

Sin declaración de guerra ni advertencia o justificación alguna, los civiles, incluyendo un vasto número de mujeres y de niños, son asesinados sin compasión con bombas lanzadas desde el aire. En tiempos de lo que llamamos paz, los barcos son atacados y hundidos por submarinos sin que exista causa ni aviso de ello. Las naciones colaboran y toman partido en contiendas armadas que afectan a civiles en naciones que nunca les han hecho daño alguno. Las naciones que claman libertad niegan la libertad de otras.

Pueblos inocentes, naciones inocentes son sacrificadas cruelmente por un ansia de poder y de supremacía carente de todo sentido de justicia y de consideración humanas.

Parafraseando a un autor reciente [James Hilton en Lost Horizon]: “Acaso prevemos un tiempo en que los hombres, expertos en la técnica del homicidio, dejaran sentir su furia de un modo tan violento que toda cosa de valor en el mundo esté en peligro, todo libro y lienzo y armonía, todo tesoro acumulado a lo largo de dos milenios, lo pequeño, lo delicado, lo indefenso: todo se perderá o se arruinará o será completamente destruido”.

Si estas cosas llegan a suceder en otras regiones del mundo, no pensemos que los Estados Unidos escaparán, que puedan esperar clemencia, que este hemisferio occidental no será atacado y que seguirá la tranquilidad y el sosiego para continuar con la ética y las artes de la civilización.

Si llegan esos días “no habrá seguridad en las armas, ni ayuda de la autoridad, ni respuesta en la ciencia. La tempestad se desencadenará hasta que cada flor de la cultura sea pisoteada y todos los seres humanos sean derribados en un caos que todo lo abarque”.

Para que no lleguemos a esos días que están a punto de suceder —si hemos de tener un mundo en que podamos respirar libremente y vivir en concordia sin sufrir temor alguno—, las naciones amantes de la paz deben emprender esfuerzos conjuntos a fin de defender las leyes y los principios sobre los que la paz puede mantenerse a salvo.

Las naciones que aman la paz deben emprender un esfuerzo conjunto oponiéndose a las violaciones de los tratados y a las formas de desconocimiento de la naturaleza humana que en la actualidad crean un estado de anarquía internacional y de inestabilidad de la que no es posible escapar con el mero aislamiento y la neutralidad.

Los que estiman su libertad y reconocen y respetan la igualdad de derechos de sus vecinos a ser libres y vivir en paz deben trabajar por el triunfo de la ley y de los principios morales para que la paz, la justicia y la confianza puedan prevalecer en el mundo. Debemos creer de nuevo en los juramentos, en el valor de celebrar un tratado. Debemos reconocer el hecho de que la moralidad nacional es tan importante como la moralidad privada.

Un obispo [el reverendo Frank W. Sterett] me escribía hace unos días: “Me parece que es necesario que se diga algo importante en favor de la benevolencia humana y contra la actual práctica de llevar los horrores de la guerra a los civiles indefensos, en especial a las mujeres y los niños. Puede ser que semejante protesta sea considerada fútil por muchos que pretenden ser realistas, pero esperemos que el corazón de la humanidad esté tan lleno de horror por estos sufrimientos innecesarios para que esa fuerza pueda movilizarse de modo suficiente a fin de que disminuya la crueldad en los días próximos. Aun cuando puedan pasar veinte años, Dios no lo quiera, antes de que la civilización deje sentir su protesta contra esta barbarie, no es de dudar que otras voces de trueno puedan acelerar la llegada de ese día”.

En el mundo moderno hay solidaridad e interdependencia, tanto técnica como moralmente, que hace imposible que cualquier nación se aísle por completo de las revueltas económicas y políticas del resto del mundo, especialmente cuando esas revueltas parecen extenderse y no disminuir. No puede haber estabilidad ni paz, sea dentro de las naciones o entre ellas, a no ser cuando todos respeten las leyes y las normas morales. La anarquía internacional destruye todo fundamento de la paz. Pone en peligro, inmediata o mediatamente, la segundad de toda nación, grande o pequeña. Se trata, pues, de un asunto de vital interés y de preocupación para el pueblo de los Estados Unidos el que se restaure la inviolabilidad de los tratados internacionales y se conserve la moralidad internacional.

En la actualidad, la abrumadora mayoría de los pueblos y naciones del mundo desean vivir en paz. Desean eliminar las barreras comerciales. Desean crecer en la industria, en la agricultura y en los negocios, para que pueda aumentar su riqueza gracias a la producción de bienes productores de riqueza, en lugar de esforzarse en producir aviones militares, bombas, ametralladoras y cañones para la destrucción de vidas humanas y de propiedades.

Las naciones del mundo que parecen acumular cada vez más armamento con propósitos de agresión, y las que temen actos de agresión contra su territorio y su seguridad, destinan una enorme proporción del producto nacional, directamente, a sus armamentos. Desde 30 hasta 50%. Nosotros tenemos suerte. La proporción que los Estados Unidos gastan es mucho menor: 11 ó 12%.

Cuán satisfechos estamos de que las circunstancias del momento nos permitan invertir nuestro dinero en puentes y bulevares, presas y medidas de reforestación, la conservación de nuestra tierra y muchas otras obras de beneficio y no en enormes ejércitos y vastos suministros para la guerra.

Sin embargo, yo estoy obligado y vosotros estáis obligados a mirar hacia adelante. La paz, la libertad y la seguridad de 90% de la población mundial está amenazada por el otro 10%, el que trata de quebrantar todo el orden y la legislación internacional. No es de dudar que el 90% que desea vivir en paz según la ley y las normas morales que casi han alcanzado aceptación universal a lo largo de los siglos, puede y debe encontrar una forma de hacer prevalecer su voluntad.

La situación es, definitivamente, de preocupación universal. Los asuntos implicados se refieren no meramente a violaciones de cláusulas específicas de tratados particulares; se trata de asuntos de guerra y de paz, de legislación internacional, y especialmente, de principios de benevolencia. Es verdad que estos asuntos se refieren a violaciones flagrantes de algunos acuerdos, y especialmente del Tratado de la Sociedad de Naciones, del Pacto Briand-Kellog y del Tratado de las Nueve Potencias. Pero también se refieren a dificultades de la economía mundial, de la seguridad mundial y de la benevolencia mundial.

Es verdad que la conciencia moral del mundo debe reconocer la importancia de eliminar las injusticias y los inveterados agravios, pero al mismo tiempo debe llegar a reconocer la urgencia de honrar la inviolabilidad de los convenios, de respetar los derechos y las libertades de otros y de poner fin a actos de agresión internacional.

Por desgracia, parece verdad que la epidemia de ilegalidad mundial se extiende.

Cuando una epidemia de una enfermedad física comienza a extenderse, la comunidad da su aprobación y se reúne en una cuarentena a los pacientes, con el propósito de proteger la salud de la comunidad contra la expansión de la enfermedad.

Estoy decidido a seguir una política de paz. Estoy decidido a adoptar toda medida posible para evitar que nos involucremos en una guerra. Debe considerarse que en esta época moderna, y ante esta experiencia, ninguna nación sea tan torpe y cruel que corra el riesgo de precipitar al mundo entero en una guerra al invadir y violar, contraviniendo tratados solemnes, el territorio de otras naciones que no les han hecho daño alguno y que son demasiado débiles para protegerse eficazmente. Pero la paz del mundo y el bienestar y la seguridad de toda nación, incluyendo la nuestra, están ahora amenazadas por esta misma situación.

Ninguna nación que se niegue a ejercer el dominio de sí misma y a respetar la libertad y los derechos ajenos puede permanecer fuerte por mucho tiempo y conservar la confianza y el respeto de otras naciones. Ninguna nación pierde, de ninguna manera, su dignidad o importancia al conciliar sus diferencias y al mostrar enorme paciencia y consideración para con los derechos de otras naciones.

La guerra es un contagio, sea declarada o no. Puede alcanzar a Estados y pueblos distantes de la escena de las hostilidades. Estamos resueltos a mantenernos fuera del conflicto, aunque no podamos estar seguros de no ser tocados por los efectos desastrosos de la guerra o por los peligros de participar en ella. Adoptamos medidas que disminuyen nuestro riesgo de participación, pero no podemos gozar de completa protección en un mundo de desorden donde la confianza y la seguridad han fracasado.

Si la civilización ha de sobrevivir, los principios del Príncipe de la Paz deben restaurarse. La confianza entre las naciones debe revivir.

Mas importante aún: la voluntad de paz por parte de las naciones que la aman debe expresarse para que las naciones que se vean tentadas de violar sus tratados y los derechos de otras naciones desistan de esos propósitos. Deben llevarse a cabo esfuerzos decisivos a fin de mantener la paz.

Los Estados Unidos odian la guerra. Los Estados Unidos esperan la paz. Entonces, los Estados Unidos se comprometen activamente en la búsqueda de la paz.