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México
PRESENTACIÓN
Este libro pretende recuperar la memoria para entender el presente. Muchos libros de historia se han fijado un objetivo similar. En este caso, sin embargo, recuperar la memoria de los acontecimientos que, desde nuestro punto de vista, han sido decisivos para los trabajadores mexicanos, adquiere una importancia especial, debido a que en las últimas décadas perdieron importancia en el debate nacional. El interés se desplazó a otros asuntos: el cambio político, el protagonismo de otros sujetos sociales o las mudanzas que ha sufrido la sociedad, enfocadas desde otros ángulos.
En cambio, problemas como la evolución del sindicalismo, las políticas laborales, el salario y el empleo, las distintas y novedosas formas de contratación, y la legislación del trabajo, recibieron una atención cada vez menor. Ello se explica por varias razones: de un lado, las tendencias dominantes que han conducido la globalización impusieron un pensamiento basado en la competencia, la productividad y la superioridad del mercado. La calidad de vida y el mejoramiento material de los trabajadores se consideraron residuales, es decir que se obtendrían como resultado de una mayor integración de las sociedades al mercado mundial. De esta manera, no tenía caso reflexionar o analizar los problemas laborales, pues éstos se solucionarían a largo plazo como producto del avance de la globalización.
Por otro lado, las sociedades conocieron nuevos problemas o se agudizaron otros más antiguos. En el caso de México, la violencia, la falta de soluciones reales a la pobreza y al estancamiento económico, el saqueo de los recursos naturales y las afectaciones a las comunidades dieron lugar a una reflexión que dejó a un lado los temas del trabajo. A ello se sumó la falta de vigor del protagonismo de los sindicatos, la mayoría de los cuales se convirtieron en membretes cuya actuación es desconocida por los trabajadores. Hay incluso la percepción de que más bien actúan en contra de sus intereses. Así, desde la resistencia al capitalismo global y sus efectos adversos, parecía no tener mucho sentido recurrir a la organización sindical o plantearse demandas como aumentos salariales, nuevas políticas o leyes protectoras de los trabajadores.
De esta manera, los contados sindicatos independientes y representativos, los núcleos de activistas sindicales y los estudiosos del tema en la academia fueron cada vez menos escuchados. Los temas laborales simplemente dejaron de importar.
Las cosas, sin embargo, empezaron a cambiar desde hace unos años, a causa de la crisis mundial de 2008, la llamada Gran Recesión, que afectó a los países capitalistas desarrollados y a buena parte del resto de las sociedades del mundo. Al tratarse de explicar las fallas del sistema, temas como la desigualdad y la pobreza se relacionaron con los salarios, la desocupación y los empleos precarios. De la misma manera, se empezó a discutir si la situación de los sindicatos estaría relacionada con un deterioro del equilibrio en las relaciones obrero-patronales y, por lo tanto, con los problemas del desarrollo económico.
Poner los ojos otra vez en la problemática laboral ha traído un renovado interés en el debate sobre la globalización y el futuro del capitalismo.
Este regreso a los problemas del trabajo no sólo surgió de la preocupación intelectual de quienes trataron de explicarse la crisis mundial y sus efectos. Provino también del malestar social que se produjo como resultado de esa crisis y que se ha manifestado en un conjunto de acontecimientos políticos inéditos y, para muchos, extraños y novedosos.
Las elecciones presidenciales en los Estados Unidos, el surgimiento y la fuerza relativa que han adquirido movimientos ultranacionalistas en Europa (Inglaterra, Francia, Polonia y Hungría) y en otras partes del mundo (como Filipinas), el protagonismo de nuevas tendencias de izquierda (en España) y otros cambios políticos difíciles de clasificar (como el nacionalismo catalán o los chalecos amarillos en Francia) son una muestra del descontento con la globalización y la falta de alternativas intelectuales y políticas.
Todos estos fenómenos tienen en común su excepcionalidad, su origen ideológico diverso, sus formas de manifestación variadas, sus objetivos políticos mezclados y difíciles de formular de acuerdo con los parámetros clásicos. Aunque hay similitudes, parecen más bien una suma de actores y fenómenos singulares que sólo tienen en común su descontento con la globalización capitalista y su repudio al sistema político dominante.
De esta manera, la incertidumbre se ha apropiado de la situación mundial. Muchos aseguran que estamos ante el fin de una etapa y el principio de otra, pero las opiniones sobre qué termina y qué puede comenzar no están en absoluto claras.
Así pues, para tratar de entender cómo llegamos hasta aquí, cómo comprender este momento de transición y qué soluciones o propuestas pueden resultar viables para un futuro mejor para la humanidad, el tema del trabajo es de gran utilidad.
Discutir el papel de los sindicatos, las políticas salariales, la situación del empleo y, en general, la calidad de vida de los trabajadores y sus condiciones laborales en las empresas y en los mercados de trabajo es indispensable, de nueva cuenta, para pensar el presente e imaginar el futuro.
La historia que vamos a contar en este libro pretende, como parte de otras expresiones a nivel mundial, recuperar la memoria de las luchas, organizaciones, hechos, personajes, tendencias y problemas relacionados con el trabajo en México durante poco más de 100 años, con el objetivo de entender mejor las disyuntivas del presente.
Una aclaración conceptual: el término trabajadores se refiere, en su significado más elemental, a las personas que tienen que realizar una tarea para obtener una remuneración para el mantenimiento de ellos mismos y sus familias. Bajo esta definición se incluye todo tipo de trabajadores: formales e informales, asalariados y por cuenta propia, de la ciudad y del campo. Sin embargo, en este libro, cuando hablamos de trabajadores nos referimos casi siempre a trabajadores asalariados subordinados a un patrón. En algunos casos, hablaremos de obreros o clase obrera con el mismo significado, aunque normalmente se entiende a estos últimos como los trabajadores industriales.
Dichos conceptos, trabajadores asalariados y, en particular, obreros fabriles, deben ser entendidos como integrantes de un sistema capitalista que hoy impera en todo el mundo. Por lo tanto, cuando hablemos del movimiento obrero, nos referiremos a las expresiones de descontento y rebeldía contra el sistema capitalista en sus diversas formas. Como veremos, éstas fueron desde la insurrección armada hasta la gestión sindical pacífica; desde ideologías que buscaron derrumbar el sistema hasta aquellas que se propusieron lograr mejoras relativamente sin transformaciones radicales. Desde luego, los movimientos sociales no se agotan en la lucha sindical. Los trabajadores tampoco se han limitado a expresar su descontento por medio de los sindicatos. Sin embargo, por lo menos en el caso de México, las organizaciones sindicales han sido el principal vehículo de expresión del descontento de los trabajadores frente a su patrón o empleador. Éstas son las historias que deseamos contar.
INTRODUCCIÓN
Una visión global
La historia de los movimientos de los trabajadores abarca varios siglos. Hay quienes han intentado rastrear estas expresiones de descontento de los trabajadores aun antes del surgimiento del capitalismo. Sin embargo, es sobre todo desde mediados del siglo XIX, particularmente en Europa, cuando el movimiento obrero mundial adquiere un perfil más definido: los sindicatos se distinguen claramente de otras formas de organización previas; sus causas y demandas se enfocan hacia sus condiciones de trabajo, la jornada laboral y los salarios; sus formas de expresión revelan una mayor autonomía frente a los patrones y otros segmentos de la sociedad.
De esta manera, durante la segunda parte de esa centuria el movimiento obrero logrará niveles de organización superiores y un pensamiento original bajo la influencia de intelectuales y corrientes diversas, principalmente el anarquismo y el socialismo marxista.
El arribo del siglo XX conocerá la existencia de un movimiento obrero plenamente identificado por sus formas de organización, sus demandas y sus perfiles ideológicos.
Su irrupción en la historia, a partir de entonces, fue tan vigorosa que podemos afirmar que el siglo XX fue el siglo de los trabajadores.
Lo fue porque en la mayor parte de esta centuria la clase obrera adquirió un protagonismo central en la vida política y social de muchos países, sobre todo en los más avanzados. Pero también porque la configuración de los Estados nacionales fue modelándose en relación con los temas laborales.
Por ello, la historia mundial, y aun la historia nacional de muchos países, no podrían entenderse sin tomar en cuenta al movimiento obrero y su influencia decisiva en las transformaciones políticas, económicas y culturales de los últimos 100 años.
Recordemos que el siglo conoce muy tempranamente un acontecimiento fundamental: en 1917, una insurrección obrera ocurre en Rusia e inaugura un régimen que, a nombre de los trabajadores y, más particularmente, de la clase obrera, se propondrá construir una sociedad y un Estado nuevos.
La Revolución rusa definirá en buena medida el curso del siglo XX por varias razones: en principio por el surgimiento de una nueva potencia económica y militar que cambiará el equilibrio entre las naciones de Europa y con ello el resultado de la Gran Guerra; luego, durante la conflagración contra el Eje, será una fuerza fundamental para derrotar al nazifascismo. Un nuevo orden mundial surgió desde entonces y estuvo vigente hasta 1991, cuando se derrumbó la Unión Soviética, es decir, más de 45 años.
Pero, en segundo lugar, la Revolución rusa cambiará el perfil político e ideológico del mundo. Su influencia se manifestará en el impulso que adquirieron el comunismo y la socialdemocracia como doctrinas que, con todas sus diferencias, habían surgido de un cuerpo teórico y doctrinario común: el marxismo y la lucha por el socialismo. Ello implicaba, entre otras cosas pero de manera central, el papel de la clase trabajadora en la transformación del capitalismo y en la construcción de una nueva sociedad. La influencia ideológica de la Revolución rusa acicateó el sindicalismo, la creación de organizaciones políticas y el surgimiento de diversos movimientos sociales que de una manera u otra se reclamaban de los trabajadores o del proletariado. Conquistó también importantes sectores de las élites políticas e intelectuales en muchas partes del mundo.
La participación decisiva de los trabajadores y, en particular, de los obreros en los acontecimientos de la Revolución de 1917 no ha sido cuestionada. Más complejo, en cambio, ha sido discutir el papel que jugaron en los años posteriores, bajo el poder soviético. Sin embargo, es indudable que la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas realizó un enorme esfuerzo para su industrialización. En este plano, la clase obrera tuvo también, oprimida o no, como clase gobernante o no, un papel fundamental.
En los países capitalistas, los trabajadores, sus organizaciones, partidos políticos y programas también adquieren una fuerza y una influencia fundamental. Pero será, sobre todo, a partir de la crisis de 1929, cuando el capitalismo sufrirá cambios importantes, reconociendo el papel protagónico de los trabajadores y la necesidad de incorporarlos activamente en la reconstrucción de la economía y del Estado. Aunque este proceso es interrumpido en Europa por el fascismo y la segunda Guerra Mundial, al cabo de ella surgirá el llamado Estado de bienestar que, en esencia, se propondrá construir un régimen protector de los trabajadores bajo políticas comerciales, financieras y, sobre todo, sociales. El pleno empleo será el objetivo expreso de las políticas macroeconómicas y se crearán instituciones como la seguridad social. A nivel de Estado, los sindicatos, base social de los partidos laboristas o socialdemócratas, se convertirán en protagonistas centrales en la escena política.
De esta manera, a mediados del siglo XX una parte del mundo reclamaba estar gobernada por Estados obreros, mientras la otra, bajo las condiciones del mercado, se organizó para proteger a los trabajadores. Tanto el socialismo como el capitalismo pusieron los temas del trabajo y de los trabajadores en un lugar central. En ambos casos se propusieron fomentar el empleo industrial, pues la industrialización fue el paradigma económico de buena parte del mundo durante el siglo XX.
Aunque en otras partes del mundo, como en México, el esfuerzo industrializador fue más limitado, a partir de la tercera o cuarta década del siglo el objetivo fue el mismo: la industria como eje o locomotora del desarrollo. Para el logro de este objetivo, un Estado social protector de los trabajadores era la contraparte necesaria. En estas condiciones, los trabajadores, en particular la clase obrera y sus organizaciones sindicales, adquirieron un protagonismo sin parangón con el siglo XIX, y una enorme influencia.
Otro asunto es si los trabajadores en todas estas sociedades lograron niveles de vida dignos y aceptables o si este protagonismo se dio bajo formas de gobierno antidemocráticas o dictatoriales. Tampoco se pretende olvidar la importancia de otras clases y de su papel en la historia del siglo: los campesinos y otros productores rurales, los propietarios y empresarios, y, en fin, las élites políticas y burocráticas.
Sin embargo, casi al final de la centuria otra historia se inicia. El gobierno de Margaret Thatcher en Inglaterra marcará el inicio de una transformación del capitalismo y del mundo. En primer lugar, cambian los paradigmas: el pleno empleo y la política social serán desplazados para dar lugar a otras prioridades que permitan liberar y desregular los mercados. La competencia por atraer los flujos de capital monetario se convierte en el nuevo objetivo, aún más importante que la industrialización. En segundo lugar, se destruyen o “ajustan” las instituciones públicas para acomodarlas a los dictados del mercado, dando lugar a una profunda transformación del Estado. Finalmente, se abre paso a una expansión capitalista que cambiará las estructuras de la sociedad. En los países desarrollados se fomenta la descolocación o reubicación de empresas hacia otras naciones donde la fuerza de trabajo es más barata, mientras que en los países menos desarrollados se imponen fuertes medidas de ajuste que incluyen un control de los salarios. Hacia finales del siglo XX y principios del XXI proliferan diversas formas de contratación precarias en los mercados de trabajo de todo el mundo.
El derrumbe de los regímenes llamados comunistas o del socialismo real, que culmina con la desaparición de la URSS en 1991, abrirá esta zona del mundo a los mercados y provocará otro cambio igualmente profundo: una derrota intelectual e ideológica de la clase obrera que se interpretará como la necesaria e incontestable supremacía del capitalismo sobre la “quimera” socialista, y del libre mercado sobre las políticas sociales del Estado de bienestar, es decir, el fracaso del intervencionismo estatal para proteger a las clases subalternas, particularmente a los trabajadores.
Los cambios ocurridos en el capitalismo en el último tramo del siglo XX y la derrota ideológica del laborismo socialdemócrata y de la dictadura del proletariado inauguran una nueva etapa en la historia mundial.
Podemos entonces arriesgar, de acuerdo con los cambios aquí relatados sucintamente, una periodización general del movimiento obrero en el siglo XX que se prolonga hasta comienzos del XXI. Encontramos una primera etapa de expansión creativa que arranca desde el siglo XIX: tiene uno de sus momentos decisivos en la Revolución de 1917 en Rusia y abarca hasta la víspera de la segunda Guerra Mundial. Es la etapa de las conquistas de los derechos fundamentales de los trabajadores: de organización, de asociación, de huelga, de contratación colectiva. Pero es también el momento más dramático de las luchas de los trabajadores organizados en sindicatos y partidos políticos, y el periodo en que éstos adquieren una mayor radicalidad política e ideológica.
El marxismo y el anarquismo son las corrientes ideológicas más importantes del movimiento obrero en la última mitad del siglo XIX y principios del XX. No proponen solamente un programa político sino toda una filosofía y una concepción nueva del mundo, la sociedad y la cultura.
En las primeras décadas del siglo XX, y en buena medida por los acontecimientos en Rusia, el anarquismo prácticamente pierde la pelea ideológica frente al marxismo que, sin embargo, se divide en dos grandes tendencias: la socialdemócrata o reformista, y la revolucionaria o clasista. Ambas jugarán un papel importante en las historias nacionales del siglo XX. Sin embargo, la revolución sólo triunfará en Rusia, mientras que en Alemania e Italia el movimiento obrero sufre una derrota que abre paso al surgimiento del fascismo. En el resto de los países el reformismo se afianza como la estrategia más adecuada de las organizaciones obreras para lograr algunos beneficios y transformar, así sea gradualmente, al capitalismo.
Durante esta primera etapa, de expansión creativa del movimiento obrero, surge el primer Estado socialista en la historia, paradigma de la utopía de los trabajadores, pero también se conquistan derechos y se expande y consolida el sindicalismo en muchos países del mundo, sobre todo en los más desarrollados. El socialismo será una corriente de pensamiento respetada, temida e indudablemente influyente en todo el mundo.
Después de la Gran Guerra, la reconstrucción de Europa y las experiencias de la gran crisis de 1929, se crearon las condiciones de la segunda etapa, la que podríamos llamar de madurez y cogobierno. Arranca en la posguerra y se prolonga hasta finales de los años setenta. Son los momentos de consolidación del Estado de bienestar de un lado, y de un desarrollo menos traumático y más estable en la Unión Soviética y el llamado bloque socialista. En estos años, los trabajadores conocen sus mejores tiempos, los salarios más altos, los mejores índices de ocupación, los mayores niveles de protección institucional. La Guerra Fría entre las dos superpotencias no se redujo a una competencia armamentista, se convirtió también en una lucha por alcanzar el mayor avance tecnológico, por los índices de crecimiento industrial más elevados e incluso los mejores niveles de bienestar de sus trabajadores. Coincide con la llamada Edad de Oro del siglo XX.
En estas condiciones, los trabajadores, a través de sus organizaciones sindicales y de los partidos socialdemócratas, a veces con el apoyo de los partidos comunistas, ganarán elecciones y gobernarán en diversos países, sobre todo en Europa. Pero aun ahí donde no triunfan en las urnas, la fuerza de sus organizaciones sindicales los convierte en un interlocutor obligado para definir las políticas públicas. En los Estados Unidos, el país más resistente a este proceso, el ideal, el sueño americano, será convertir a los obreros industriales en la clase media que vuelva a esa nación “opulenta” en una sociedad más igualitaria. De una u otra forma, directa o indirectamente, el peso de los trabajadores será decisivo en el gobierno y en el rumbo de las sociedades capitalistas más desarrolladas.
La tercera etapa del movimiento sería finalmente la etapa de la derrota y el repliegue. Se ubica en el último tramo del siglo, particularmente desde el primer gobierno de Margaret Thatcher en Inglaterra, la caída del muro de Berlín y la desaparición de la Unión Soviética. El viraje neoliberal golpeará el nivel de vida y las condiciones de trabajo de la clase obrera en una magnitud desconocida hasta entonces.
Aunque el proceso conocerá distintos grados de intensidad, se puede afirmar que, en las economías capitalistas,
ha tenido lugar una transformación a gran escala (debido al tránsito a los mercados de trabajo flexibles). En estos nuevos mercados de trabajo […] gran parte de la fuerza de trabajo carece en la actualidad incluso de la seguridad económica que daba el trabajo asalariado. Su mundo es el del trabajo a tiempo parcial, los contratos temporales y el empleo por cuenta propia […] La erosión de los niveles de vida de los trabajadores, debido a una inseguridad laboral cada vez mayor, es la respuesta a una organización social del trabajo que está en una situación de flujo casi continuo, con incesantes mutaciones bajo el impacto de la innovación tecnológica y de la competencia de un mercado desregulado […] La empresa ha […] abandonado muchas de las responsabilidades que hacían que el mundo del trabajo resultara humanamente tolerable en el pasado: algunas de ellas no están lejos de ser instituciones virtuales.
Junto con este proceso, las organizaciones sindicales se repliegan, los índices de sindicalización se reducen y, en general, pierden influencia en la definición de las políticas públicas. Los partidos comunistas prácticamente desaparecen mientras que la socialdemocracia se debate en defender lo que se pueda del viejo Estado de bienestar y adaptarse a las nuevas condiciones, haciendo suyo el programa neoliberal.
Lo más grave, sin embargo, fue la derrota ideológica. En las últimas décadas del siglo XX y hasta los primeros años del XXI, los trabajadores y las izquierdas parecían asumir el papel de fuerzas conservadoras mientras la derecha se apropiaba de la idea del cambio. Se confirmaba, así, la hegemonía del pensamiento “único” de la derecha neoliberal, poniendo a la izquierda y al movimiento obrero en una crisis de identidad y de programa. Esta situación, como veremos más adelante, empezó a cambiar después de la Gran Recesión del capitalismo mundial ocurrida en 2008.
Para el caso de México, podemos encontrar una periodización de la historia del movimiento obrero dividida en cuatro fases: 1) anarcosindicalismo y caudillismo revolucionario (1917-1933); 2) nacionalismo revolucionario y caudillismo charro (1934-1957); 3) desarrollo estabilizador y corporativismo charro (1957-1967), y 4) crisis y reestructuración, sindicalismo independiente y sindicalismo oficial (1968-1990). Nuestra propuesta tiene algunas coincidencias con este enfoque, pero la diferencia más importante reside en que en este trabajo nos proponemos explorar el protagonismo de los trabajadores en la transformación de la sociedad y el Estado como una expresión del desarrollo del capitalismo a nivel mundial. Para los autores citados, en cambio, su intención consiste más bien en entender la lógica interna de la evolución del movimiento obrero en “torno a un conflicto ya sea con los empleadores, el Estado o con otros contingentes de trabajadores”.
De acuerdo con lo anterior, la historia del movimiento obrero mexicano estará basada en las tres fases explicadas anteriormente: expansión creativa, madurez y cogobierno, y derrota y repliegue. Ello supone averiguar, en el caso de México, el papel que las organizaciones de los trabajadores han jugado en el cambio social y político del país. Asimismo, buscaremos analizar la evolución de sus propias organizaciones y de sus programas y reivindicaciones. Al final, haremos unas cuantas anotaciones sobre algunos fenómenos nuevos observados en la segunda década del siglo XXI, ligados a las transformaciones del capitalismo y al surgimiento de las nuevas oposiciones sociales y políticas al modelo imperante, subrayando sus repercusiones en el mundo laboral.
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