1. ¿POR QUÉ LA LUCHA POLÍTICA?
El pueblo mexicano tiene en general una noción de la política asociada a la imagen de los viejos caciques que decidían por nosotros, la ilustrada por los diputados que se pasean y levantan la mano en su curul, la del burócrata que no hace nada y aplica tácticas dilatorias en los trámites para darse importancia o sacar mordida, o la del gobernante sinvergüenza que roba del erario público y aprovecha su posición para hacer negocios.
Esta apreciación ha sido permanente desde nuestra independencia, o quizá durante toda la vida anterior de la nación mexicana; y se eleva a rasgo histórico con las reticencias que Villa y Zapata tenían contra los "políticos" en la revolución.
Paradójicamente, esta posición ante la política se corresponde con el paternalismo y la espera de que "las cosas vengan desde arriba" Durante el siglo XIX, las clases poderosas y los gobiernos, en general, consideraban que el pueblo era inmaduro políticamente para gobernarse por sí mismo; en el siglo XX, la tónica fue el abstencionismo electoral; en estos días se dice que el pueblo ha aprendido mucho y que la sociedad civil está en rebelión, pero políticamente ¿qué pasa?
Tal parece que el rechazo de las instancias "de arriba", aparentemente inofensivo o algo que pudiera ser punto de partida para que el pueblo ejerciera su poder por sí mismo, esconde algo más que la impugnación a "los políticos"; y en ello radican las confusiones políticas que predominan entre las clases trabajadoras y los grupos civiles de ahora. El tono antigubernamental o "no-gubernamental" de muchos de ellos, es expresión de que se desconfía de aquello donde se supone reside la política y se confía más en lo "social" o lo "civil"
Pero, más allá de constatar estas visiones y prácticas del pueblo, es importante localizar su verdadera significación. Esta la adquieren refiriendo tales visiones a la situación actual de México, caracterizada por: la terminación del régimen histórico de la revolución mexicana iniciada en 1910; por la entrega de la soberanía nacional al extranjero, llevada a cabo por los gobiernos neoliberales; por la emergencia histórica de una nueva élite económica asociada al capital trasnacional y a la clase financiera supranacional; por la carencia de una plataforma estratégica que coordine, reorganice y oriente a los movimientos desatados por diversos grupos y sectores de la sociedad; y por el avance de los grupos políticos de derecha.
Mientras se contiene la ira con promesas de empleo y estabilidad, se va configurando una organización social elitista y autoritaria que está lejos de la organización democrática que soñaron los revolucionarios de 1910. La monstruosa concentración de la riqueza en una minoría y la pobreza creciente así lo ilustran.
Al desempleo se responde con "becas” de capacitación, reducción del tiempo de trabajo y del salario, la inflación arrasa con los ingresos del trabajador, se habla de que los pobres llegarán a ser 60 millones en el 2000. Sectores importantes de estas clases se envilecen viviendo a costa de los demás, como pordioseros o ingresando al ambulantaje (donde intervienen los partidos y hasta las trasnacionales); esperando los restos de los de arriba y sin convicción para ejercer sus derechos como mexicanos.
A la creciente ola delictiva y al ambiente de inseguridad, el régimen responde con el crecimiento de los cuerpos policíacos e intentos de limitar las garantías constitucionales, en lugar de atacar a las condiciones que originan a la delincuencia. A la debilidad del ejecutivo se reclama el "liderazgo" y los "golpes de timón" autoritarios; a la cartera vencida se responde dando dinero público a los bancos privados para hacer sobrevivir un sistema bancario corrompido; a la deuda exterior se responde con la hipoteca de PEMEX y el desperdicio de recursos que deberían ser dedicados exclusivamente a la solución de problemas nacionales; a la descomposición de la administración de justicia se responde con un procurador panista que somete, más aún, el cumplimiento del derecho a los arreglos interpartidarios. Al derrumbe económico, el gobierno y los empresarios "mexicanos" responden dando "confianza" para que llegue más capital especulativo, más inversión trasnacional, más maquiladoras para explotar la mano de obra barata, más deuda exterior y la "exigencia" de qué el TLC se cumpla, esto es, la exigencia de que continuemos con el programa de desnacionalización.
Es claro, un país que tiene una deuda exterior que rebasa el 50% de su PIB, que ha sido invadido por las Corporaciones Trasnacionales que van copando su espacio económico interior y controlan gran parte de su comercio exterior; un país cuya clase empresarial no tiene interés nacional y se alía al extranjero para proteger su capital y cuyo gobierno, más allá de las cortinas de humo, continúa con el entreguismo salinista; un país donde florece el narcotráfico y la corrupción; un país donde la mayoría de sus habitantes no tiene una vida económica y civil digna, no puede resolver sus problemas nacionales con base en un simple proyecto económico. Pues lo anterior no obedece a "leyes" económicas inexorables sino a un sistema socioeconómico y de poder político que se derrumba y que la clase dominante y sus gobiernos pretenden sustituir por un sistema oligárquico y autoritario Se abre al mismo tiempo, porque tampoco la historia es ineluctable, la perspectiva de una nación soberana sostenida por una organización social que haga posible la vida digna, justa y libre del pueblo.
Frente a esta situación, los partidos políticos se unen para discutir la "reforma del Estado" que, curiosamente, es interpretada como la reforma electoral; en tanto el EZLN lanza un comunicado sobre la lucha política separada de los partidos y del poder.
Mientras tanto, la soberanía se pierde y el pueblo padece en la miseria Por eso aquí afirmamos que la solución a los problemas civiles, económicos y nacionales de México radica en la lucha política. La batalla por México tiene un contenido fundamentalmente político. De ella depende su porvenir y la sobrevivencia de México-nación.
Es necesario entonces revisar el contenido de la acción política para contribuir a esa batalla por la soberanía de la nación y del pueblo.
2. UBICACIÓN DE LA POLÍTICA EN LAS DIMENSIONES DE LO SOCIAL.
Dejando de lado las simplificaciones que lo separan de lo "social” y lo "personal", lo político se ubica como un contenido social, junto con el natural y el civil, pues todo lo que sucede al ser humano le acontece en sociedad. Aún los otros animales tienen formas de sociedad.
La socialidad natural.
El contenido social natural del humano es el referido a la permanencia de la especie, como conjunto gregario, a través de las relaciones cumplidas alrededor de las necesidades de origen biológico, las que, al satisfacerse, dan por resultado la conservación de la especie.
Estos contenidos se dan como dimensión en cada ser humano, junto con la civil y la política, pero también cristalizan en formaciones sociales naturales como la comunidad o la familia que encuadran la vida de la persona, del sujeto que es su producto principal, pues su destino es formar seres independientes, capaces de generar otra unidad familiar.
Asiento de la dignidad, la persona concentra las fuerzas del pensamiento, la moral, el respeto a la integridad física y mental, el ejercicio de la expresión, la manifestación y la asociación, que han sido consignados como garantías "individuales" y los "derechos humanos" en nuestros tiempos.
El sujeto natural es la unidad básica de esta dimensión de la socialidad, no el átomo sin características y vacío, sino el componente social lleno de ese contenido que le da la socialidad comunitaria. Como lo personal, su fundamento es lo interior, el que es volcado en esos derechos que emergen y tienen su suelo natal en el acto del existir natural. De ese sujeto emerge la moral, como la intención cuya fuente radica en el egoísmo, es decir, en el ego que la sostiene; y de allí la importancia de los impulsos, las pasiones, los afectos y sentimientos en la formación de esa intención moral qué impregna a todas las relaciones personales.
La socialidad civil.
Lo civil tiene que ver con la producción y reproducción de los medios generales de vida social. Contenido lo civil en el espacio que configuran los sistemas de propiedad (posesión de medios de producción o riqueza generada por el trabajo social general), por la organización del trabajo y por la satisfacción de las necesidades como formaciones generales, genera fuerzas alrededor de esos tres centros, de sus organismos e instituciones (de producción, educación, salud, comercio, consumo, etc. ).
El sujeto de lo civil, el individuo, levantado sobre la independencia personal, natural, llega a ser la síntesis de relaciones de lo social general (a través de la educación y la participación en los distintos espacios sociales ), reduciéndose a una parte funcional de la civilidad moderna por obra de la división del trabajo. Aparentemente, como "asociado" toma un monto de productos según sea la cuota del esfuerzo que entrega; aunque toda su relación es mediada por el lugar que ocupa en la producción y la distribución del producto social. Es la dimensión del intercambio y el valor.
Por medio de las funciones educativas, culturales, de salud, etc., las posibilidades del sujeto personal son ampliadas, pues en lo civil se construyen las obras y servicios que hacen factibles a los proyectos generados por los individuos; en tanto que, con las facultades, capacidades, la posesión de medios de productivos, etc., se convierten los individuos en centro de propuestas e iniciativa civil alrededor de los intereses particulares que constituyen la fórmula del "interés de todos". La conciencia ética del deber, como obligación ajena a la intención o el querer, corresponde a esta formación ; de allí la importancia de las costumbres, las normas y las vías de relación para hacer destacar los proyectos individuales en la vida civil.
La invasión de todos los ámbitos de lo civil por lo económico ha sido la vía del sometimiento de estas formaciones sociales de gran alcance a las clases económicas, que concentran también el poder tecnológico, científico, e incluso el poder político que, asociado o sometido a tal poder económico, da la rigidez y el carácter artificial que lo civil adquiere frente a lo natural y lo político.
Según el economicismo, su lógica oscila alrededor del equilibrio y la armonía, dada su composición por fuerzas desiguales, como la propiedad y el trabajo; y, supuestamente derivada de las fuerzas del mercado, se ha creído en su funcionamiento autorregulado donde se amortiguan las contradicciones de la producción, la venta de mercancías y los salarios que promueven el consumo, para sostener el círculo del capital que se autorreproduce.
Aunque, esta ingenuidad ha dado paso al reconocimiento de un hecho aceptado por todas las teorías económicas: la tendencia del capital a generar desigualdades sociales. En este hecho se han fundado las concepciones de la amortiguación, la regulación y el control de la administración social global; que supone a la planificación de los componentes y fuerzas de lo civil, con miras a evitar sus crisis recurrentes y, eventualmente, su debacle.
La socialidad política.
Si la dimensión social natural se levanta sobre el sujeto personal y tiene como fin la conservación; y si lo civil se levanta sobre los objetos y se orienta a la reproducción de la condiciones de vida (aunque su centro sea aparentemente la producción económica), la dimensión política se levanta principalmente sobre el sujeto ciudadano y la acción pública, tiene como contenido a la constitución de la organización social general y como fin al perfeccionamiento de sus diferentes formaciones, para potenciar la vida del ser humano.
Correlativamente, si el sujeto de la sociedad natural, la persona, tiene su conciencia interior en la moral, así como el individuo civil la encuentra en el deber ético, al que se sobreponen las leyes, la conciencia política se levanta sobre lo que es racional, lo que tiene validez independiente de la visión personal o de las motivaciones inmediatas de los segmentos sociales, es decir, en los principios volcados en la constitución política. Así mismo, si a la socialidad natural corresponde la organización desigual familiar y el orden jerárquico; si a lo civil corresponden las relaciones de inter-dependencia desigual de la propiedad, el trabajo y los satisfactores; a la razón política le corresponde la organización voluntaria ciudadana, de igualdad de iniciativa y participación, las relaciones fundadas sobre la decisión histórica del pueblo, las fuerzas y formas de organización social constituidas por él. Todo esto se concretiza en los principios y las normas que son convicción y modo de vida de un pueblo en particular. La relación política es vida mediada por los demás, no atomizada ni sometida a la dependencia forzada; orientada hacia lo colectivo, lo público, no la simple agregación de fuerzas por conveniencia, por simple cooperación, por mando o liderazgo. Se funda en la decisión libre de vivir colectivamente, de pertenecer a un pueblo y a una nación, para potenciar la vida a cambio de renunciar a los privilegios y prebendas. En ella se funda la igualdad ciudadana, no en lo natural o lo civil. Porque tal igualdad, no formal, ha de ser generada en la acción, en la organización, la educación política y en el modo de ser público de ésta. El Estado, los partidos y demás organismos de poder, son derivaciones de las fuerzas y contenidos enunciados, aunque, en la antidemocracia se sobrepongan al ciudadano.
En fin, si la sociedad natural se orienta por la actividad de conservación y la civil por las fuerzas de permanencia y reproducción de los medios de vida, la socialidad política toma el carácter de la acción constitutiva, pues se levanta sobre el acto constituyente de un pueblo como sociedad organizada. Por significado histórico, la acción constitutiva del pueblo mexicano sobre sí mismo tiene como contexto general al principio político de la soberanía nacional, que ensambla las relaciones generales de organización autodeterminación con un Estado y gobierno, con su organización social, economía, educación, territorio, cultura y defensa sobre el principio dé la soberanía del pueblo. La política no es, por tanto, superestructura o residuo de la estructura, sino una condición del mundo social.
La política no corresponde a un segmento o clase especial, pues en ella están contenidas en principio, por omisión o por comisión, todos los miembros de la sociedad; no es. tan poco la cinta o formación superior que remonta a lo natural y lo civil; es un plano propio que, junto con el natural y el civil, se intersecta en el espacio social general. Y es, sobre todo, un hilo de acción que se entrelaza con los hilos de la vida natural y civil para configurar el tejido social, que contiene las tres dimensiones que se concentran en cada sujeto. La acción política no depende de la pertenencia a una familia o la realización de tal o cual actividad civil (de profesión, posesión, de economía, etc.), tampoco depende de la pobreza o la riqueza, pues todo ciudadano es igual en su poder a los demás; no es lo más alto, pues políticamente tienen el mismo nivel los obreros, los campesinos, los profesionales, los estudiantes, no es lo natural, pues la diferencia de generaciones o el orden familiar no tiene que ver allí.
3. POTENCIACIÓN DE LA SOCIALIDAD NATURAL Y CIVIL POR LA POLÍTICA.
Nada de lo anterior permite sugerir que el campo de lo político sea ajeno a los problemas de la socialidad natural y civil; o que las luchas de estos campos nada tengan que ver con lo político.
Particularmente, el conservadurismo se inclina tradicionalmente por lo natural, lo moral y el interés personal que aparece generalizado en la noción medieval del "bien común" (como lo sostiene el PAN desde su fundación) y subordina la vida civil y pública al restringido campo de las relaciones privadas fundadas en sujetos personales sin potencia universal.
El civilismo liberal, en cambio, subordina lo natural de la existencia a la norma civil, según la voluntad o el interés general; en tanto que el positivismo economicista desecha lo político para dejar libre el poder de los grupos e instituciones económicas.
Pero esas son maneras de hacer política contrarias a la soberanía popular y a los trabajadores. La reducción de las luchas llamadas "democráticas" o "sociales" a las "demandas" que. giran alrededor del precio del trabajo, las necesidades civiles, la participación en la propiedad, separadas de la acción política, hace girar la actividad y la vida de las personas, individuos y grupos, alrededor del proceso económico que conduce a continuar con la lógica del capital, impuesto tras lo civil; o la pone al servicio del partido y el Estado (como ha sucedido con el PRI y el PCUS de la ex Unión Soviética).
La acción política de la nación y el pueblo soberanos, por su parte, no renuncia a las cuestiones naturales o civiles, puesto que son parte del contenido social general; pero tampoco se somete a éstas. Al contrario, es la acción política y el espacio público desde donde se pueden percibir los alcances de estas otras dos dimensiones sociales, y con ello se puede potenciar el cumplimiento más elevado de los fines de éstas: la dignidad como forma de vida general, la autonomía familiar para generar independencia personal, la vida civil justa con formas de trabajo que potencien las facultades y capacidades de cada uno, la distribución de los medios que satisfagan las necesidades individuales y grupales, así como la promoción de formas de vida orientadas por los valores humanos, culturales, éticos, estéticos y espirituales.
4. EL CONTENIDO DE LA POLÍTICA.
Acción constitutiva de situaciones.
Desde la formación humana general, la acción política es una característica de la sociedad que no sólo continúa a la animal, sino que genera nuevas formaciones por medio de la praxis (o sea, la acción universal), a través de la acción constitutiva de situaciones, ante la labor de alcance personal de la socialidad natural o el trabajo particularizado de la civil.
Se rebasa con ello el marco de las condiciones naturales que fundan la sobrevivencia social natural, dando origen a condiciones sociales que tienen configuración y lógica propias, según las aptitudes del hombre, las que son la condición específica de la vida histórica, agregada a la condición general natural.
Lo público como ámbito propio.
Su campo o ámbito propio es lo público; de allí el alto significado de la re-pública, como formación política. No es lo público la suma de los sujetos privados; tampoco es simplemente el interés general depositado en las obras, servicios y fines de lo que propicia a la
vida civil (tales como la infraestructura, servicios de seguridad y protección a las personas, etc. ); o lo "común", como lo que proviene de la totalidad, pero no puede ser apropiado por nadie, como la riqueza de los grandes medios de producción, que es posible por la riqueza acumulada por el esfuerzo de generaciones del trabajo histórico. Lo público es fundamento o condición universal que hace posible la vida de un pueblo (no sólo en su acepción natural). Siendo así, el espacio público que corresponde a la política más elevada se contiene en el espacio de la soberanía, tanto la nacional como la del pueblo.
El discurso y la conciencia política.
El contenido característico de la acción política, a diferencia de la natural, centrada ésta sobre la vida biológica, la reproducción y la crianza como algo "necesario" y "obligado", es libre y supone la libertad racional para su ejercicio; a diferencia de lo civil, que se centra en las relaciones mediadas por los objetos, el intercambio y las leyes, la política tiene, en cuanto acción, como centro al "discurso", esto es, al "proyecto" o conjunto organizado de principios que fundan, organizan, mueven, coordinan y armonizan la convivencia de toda la sociedad. Son principios generales, válidos para una sociedad determinada como totalidad; las bases de la sociedad natural o civil, siendo particulares a éstas, no son suficientes para entender dicha totalidad. (Como se ha dicho ya, se contienen en las bases constitucionales de una sociedad, sean o no escritas).
Por su parte, lo público no es realidad sin más, requiere ser iluminado por el discurso o por la conciencia política, pues no pre-existe a la acción y ésta requiere al discurso; sin esa conciencia, la acción no adquiere el carácter de acción racional propia del animal político, o queda en lo íntimo y privado, como el placer o la felicidad. Por eso, lo político es lo abierto, lo que puede ponerse a discusión ante todos.
De allí que los principios que fundan a lo político no correspondan sólo a un orden de cosas, sino a un estado de conciencia que acompaña necesariamente a la vida social (vida que. nunca es puramente objetiva). Conciencia que tiene su asiento privilegiado en el lenguaje público donde se expone tal conciencia; para así ser accesible a todos y ser susceptible de valoración impersonal por éstos. Así, en cuanto político, el hombre propone, dice, convoca; y eso supone a los demás, con los que ejerce la acción; tal como implica al espacio público (el organismo, la tribuna, el medio de publicación, la calle, etc.). Supone a los demás, no necesariamente a las cosas, como la técnica.
La perversión del discurso como mentira y cinismo.
Es conocido que este discurso es el de depositario de la conciencia política y los principios constitucionales que fundan a la vida social en general. Cuando deriva en el discurso comunicativo sujeto a los intereses y formas una sociedad, sean o no escritas) de los monopolios que controlan a los medios, es "oferta" que se hace a una clientela que "demanda" mensajes en el mercado de las campañas electorales o en las comparecencias de los gobernantes Pierde entonces su carácter racional para ser manipulación de lo inconsciente.
Se trata aquí del paso de la ideología a la "retórica" (en el mal sentido de los términos): de la conciencia asumida por los ciudadanos frente a lo que sucede en la sociedad, por la frase construida por los industriales de la comunicación Al respecto, en su descomposición, pueden observarse los siguientes momentos.
—La demagogia. El gobernante ofrece, el cliente parece aceptar, la simulación no permite creerán tal discurso (La política de los caciques y los dinosaurios)
—El contramensaje. Después del 68, el gobierno fije poniéndose a la defensiva, la toma de decisiones era antecedida por el sondeo de la "opinión", para desahogar la ira y aplicar luego la medida contraria a la anunciada. ("No subirá la gasolina”)
—El anuncio adaptador. Adelantando y previendo las reacciones contra las medidas (1982-1988)
—El cinismo o mensaje de violencia. Tomar medidas sin considerar su validez racional (nacional) o sin justificaciones, como detones arbitrarias Esta comunicación acompaña a la conversión del "Estado de derecho" en "derecho de Estado", tomado éste como simple instrumento para expresar la voluntad del poder en la privatización de las empresas públicas, la entrega del petróleo al extranjero, la sumisión de México a EU, con el TLC, la subordinación del aparato de procuración de justicia y de la educación al imperio, etc.
En este contexto, la certidumbre y la congruencia entre las palabras y los hechos (reclamada muchas veces por la oposición), sólo expresa el positivismo político que se opone a la transformación. La certidumbre no tiene valor univoco: se puede concentrar en el anuncio de la "certidumbre de pobreza" para los miserables o en la "seguridad de la riqueza" para los opulentas; y se puede ser congruente entre las palabras y los hechos y lentos, como se hizo sentir en las medidas que "ciertamente " han destruido la sociedad de manera "congruentemente" cínica.
El discurso o la conciencia verdadera acompaña a la praxis política como expresión válida de la realidad del mundo social. La verdad es adecuación entre la realidad, el pensamiento y la acción como formaciones colectivas sociales; su demostración depende del movimiento histórico, no del éxito pragmático, su contrario es el error, que compete a la ausencia de acierto en la acción y es la fractura entre los proyectos emprendidos y los resultados sociales encontrados.
Si no hay correspondencia entre el discurso y la acción, de manera premeditada una cosa se dice y otra cosa se hace, entonces se da la mentira, cuyo uso se vuelve costumbre en el fascismo, pero cuando se dice y se hace lo arbitrario frente a la impotencia de los ciudadanos, desaparece todo respeto social y aparece el cinismo. De ahí que el mensaje del PAN, 'por un México sin mentiras", critique al salinismo, pero deje la puerta abierta para ejercer el cinismo como lo hizo Carlos Salinas de Gortari (y como lo han hecho algunos panistas cuando ocupan alcaldías).
Esto no quiere decir que la certidumbre y la congruencia en el discurso no tengan valor, pero éste se condiciona por la fidelidad a los avances de nuestra historia nacional, a los principios de la vida soberana, justa y libre. Certeza y congruencia con México: tal es la base del discurso político nacional y popular.
La política como acción constituyente.
Siendo la política una acción constituyente, no agota, sin embargo, sus alcances al acto de establecer un sistema social por la vía de un congreso o asamblea constituyente, como estamos familiarizados en nuestro país (donde se llega a hablar de la tontería de un "constituyente permanente"; lo cual significaría la existencia de un país que estaría sometido a la "tiranía del legislativo" que supone tener poder constituyente por sí mismo, ignorando que ese proviene de fuerzas históricas y las diputaciones o senadurías son sólo representación del "poder-elector)
Pero, establecidas las condiciones generales de una sociedad, la política genera en su devenir distintas situaciones, que son las diferentes maneras de reconfigurar las fuerzas existentes, de normar institucionalmente la vida social para hacer factible la convivencia propuesta en el discurso; o para abrir modificaciones y reorientaciones al orden social, cuando ésta ha evolucionado y es rebasado por las cosas, por la complejidad de las acciones, por la economía, por la tecnología o por la población misma De allí que el texto constitucional sostenga el derecho del pueblo soberano a cambiar su forma de "gobierno" cuando lo juzgue conveniente (su "forma de sociedad y de Estado", debiera decir). Pero esto no justifica que el legislativo modifique el texto constitucional arbitrariamente cada comienzo de sexenio, para abrir paso al programa gubernamental.
La política como interacción humana.
La política no es actividad que se agote en los sujetos políticos, pues su eje se localiza entre ellos, con existencia propia extrapersonal y extraindividual. (Pues el sujeto se hace ciudadano haciendo política y no preexiste a ésta) Es actividad inter-humana, no restringida a lo depositado en las personas sino ampliada a lo que vive entre ellas, que es la condición que hace posible el modo de vida público de los ciudadanos. Por eso la tiranía o los gobiernos de dictaduras personales la tergiversan , pues con ellos la acción política pierde su carácter universal, de organizadora general, de pacto o contrato.
Su acción es, por tanto, inter-acción, o relación ciudadana que hace confluir los proyectos en lo público, su conciencia es intersubjetividad donde se depositan los principios de una sociedad, con valencias para cada uno de sus miembros, y esta ínter-subjetividad, como discurso, concierta a los ciudadanos en el diálogo, la respuesta, la reflexión, la crítica, la valoración, la decisión, el acuerda Se funda así la fuerza de conciencia contenida en la convicción política; tan eficaz como la realidad misma, cuya validez es compartida en el pensar, en el actuar y en los fines del conjunto.
Por otra parte, el objeto de la política no es el "interés", no en el sentido de lo que corresponde a cada uno en lo civil, sino en el inter-esse, lo que está entre "los que son” en la política, los que actúan. Ese interés es el acto de sentir, asumir y pensar críticamente que allí, en lo público, hay "algo que nos compete” a todos y cada uno (Este es el verdadero significado de "interés", transfigurado en lo económico por el capital).
A este inter-esse se agrega, además, el interés humano: no lo externo, sino los fines y los modos de vivir que cada quien porta y que se validan confrontados con los fines y los modos de vivir de la generalidad social. Modos de vida que no se rigen por lo utilitario civil o por lo necesario natural (pues no se confunden con los "niveles" de vida o las relaciones, conductistas), sino por la validez contenida en la libertad, la justicia, la humanidad y sus valores.
De hecho, frente a la tarea de gobierno o participación familiar natural, o frente a la función cumplida en lo civil, la política no se emprende para "ganarse la vida", como un modus vivendi que recibe la recompensa a cambio del esfuerzo, sino para "arriesgar la vida", puesto que la libertad se mueve más allá de la necesidad natural, en la relación de hombres libres, no de amos o esclavos. Y por eso las relaciones naturales del nepotismo, o las conexiones empresariales o de propiedad, corrompen la política. Es el modo de vida que tiene en lo público el espacio de interacción donde confluyen como formaciones colectivas la acción constituyente organizada en un poder legitimado, la realidad constituida concretizada en un orden institucional y la conciencia constituyente asumida colectivamente.
De la pluralidad a la diferencia y el respeto en la política.
Siendo la política la actividad universal de iguales, cada quien puede representar al mundo social en forma específica, cosa que funda la llamada "pluralidad" de proyectos y propuestas; a la vez que obliga a respetar las diferencias como parte integral de la acción (que es distinta de la acción técnica o administrativa, vertical y unidimensional).
Pero no se trata simplemente de los "varios" o los "muchos", sino de la amplitud de perspectivas proveniente de las diferentes posiciones que cada ciudadano o grupo tiene en la generalidad social. Y, por ello mismo, por ser una diferencia llena de contenido y no una pluralidad vacía o de mercado, funda el respeto y el derecho a estar dentro de la acción. De donde puede afirmarse que, distinta de la "competencia" económica o la acción civil disgregada, la acción política no es excluyente o destructiva, sino incluyente, constructiva e incorporativa, pues compete a todos y no hay derecho a la exclusión.
Política y administración.
Se deprende de lo anterior la distancia entre política y administración. Siendo la primera una acción que constituye y genera realidad social, la administración es la actividad que controla lo que está a disposición, de allí que pueda planearse.
La política implica tomar "iniciativa pública”, frente a la "iniciativa privada" que se orienta hacia el interés particular y el privilegio. Aquella comienza al "sacar a la luz" los asuntos públicos y las soluciones, con las que el ciudadano se compromete. El agente político, por tanto no es sólo el individuo, éste es su iniciador, si no el proyecto que propone, orienta y anticipa los nuevos rasgos de la socialidad. Sobre esa base, se conciertan las acciones de hombres libres.
En la administración, en cambio, es la planeación lo que encausa a las acciones que se ejercen sobre las cosas, los "recursos". Su iniciador es el técnico, que eficienta u optimiza el uso de tales recursos. De allí que la tecnocracia, por su propia formación, sea incapaz de generar realidad social o nacional y sólo pueda programar, controlar o liquidar las fuerzas derivadas de los poderes existentes.
El ciudadano, sujeto político.
El sujeto es el ciudadano u hombre político. quien tiene facultad, voluntad y fines para organizarse, es decir, integrarse orgánicamente, ensamblando su acción libre a un todo con orden, responsabilidades y acciones que encuadran y hacen posible la acción pública colectiva. Las formas de tal acción pueden ser prepositivas, gubernativas, legislativas, organizativas, etc.
Esto, debe aclarar e, tampoco implica la existencia de un sujeto separado que exclusivamente se dedique a la política, como si fuera miembro de una clase o una casta. Pero, es el caso de quienes han de dedicar su tiempo completo a esta acción, o en el caso de los organismos e instituciones donde cristaliza la socialidad política, su conexión con la socialidad natural y civil es necesaria para que conserve su solidez, pues la socialidad política, depositada en todos los ciudadanos, potencia en ellos y en las instituciones a la dignidad e independencia personajes, a las facultades del trabajo y la justicia de lo civil, con el valor y el fin públicos.
Esto no quiere decir que la política sea ajena a los intereses vitales, económicos o personales que predeterminan en las formaciones naturales y civiles. Por el contrario, el interés general y la soberanía nacional no son "abstracciones", aunque en eso los hayan convertido los poderes dominantes. Pero dichos intereses, sin un poder social que los proteja, acaban sirviendo al poder económico del capital. Son intereses que contienen a los de la persona y el individuo; pero en la política con contenido público y nacional pueden ser resueltos de manera general y permanente, como garantías y formas de relación social válidas en lo real y no sólo como beses formales jurídicas.
Los espejismos civilistas.
Pero la racionalidad política no puede pasar por alto el espejismo que sufren los grupos e instituciones civiles cuando se rebelan contra el poder con las armas exclusivas de la sociedad civil.
La obtención de créditos o apoyos para pagar las deudas en los pequeños propietarios y empresarios, el reclamo de mejor precio para el trabajo, los seguros agrícolas, los servicia de salud, dentro de los límites de la lucha civil, no trasciendan al círculo de hierro del poder económico y semejan a la actividad del Sísifo mitológico que el pueblo mexicano representa ahora después de ochenta años, el esfuerzo por mejorar sus condiciones de vida, restringido a las "demandas" económicas o civiles, es convertido en nada por el furor neoliberal que lo ha despojado del nivel adquirido. En su lugar, esos pequeños empresarios deben asociarse para configurar un sector económico “democrático", "asociado", o como se le desee llamar, a fin de defenderse de la amenaza permanente de desaparición por la fuerza del gran capital, los asalariados, en su caso, requieren luchar por cambiar el esquema general de distribución de la riqueza y por la revalidación del trabajo, etc.
Suponer que la lucha restringida sobrepasa las condiciones de vida actual, o que, dentro de éstas, pueda lograrse una mejoría permanente, es un espejismo. Para rebasar esas limitaciones, las acciones de la vida civil requieren adquirir un contenido y alcance políticos, dirigiéndose hacia la transformación de la misma sociedad civil a través de la organización de los trabajadores en un poder político, que modifique las relaciones de propiedad asignándole una función social y nacional, que cambie las relaciones de trabajo, liberándolo de la opresión económica y dotándolo de facultades, capacidades y habilidades que lo eleven en su posición social, y asegurando la satisfacción digna de las necesidades, como condición para potenciar la vida humana. (No debe olvidarse que, el impacto de los grupos civiles en rebelión es poco, comparado con el control corporativo de los sindicatos obreros y los campesinos que, son la parte medular de la sociedad civil).
Igual, la lucha por las demandas civiles parciales debe ser orientada hacia la reconfiguración de una sociedad justa. Así como la lucha ecológica, convertida en "técnica" y psicologista, ha de asumir que el régimen de propiedad privada irrestricta debe dejar su lugar a la propiedad como función social y nacional, para promover una vida digna y justa, en lugar de promover la solución de la contaminación echando la culpa a los mexicanos y transfiriendo los costos ocasionados por la industrialización irresponsable a la sociedad en general, vía gasto público.
A fin de cuentas, hacer caso omiso de que la riqueza es un producto social proveniente de las generaciones de trabajadores anteriores y actuales, y subordinar la vida social a la posesión privada de esa riqueza, es olvidar que esa organización social se levanta sobre una injusticia histórica.
La política como una forma da humanismo.
Al ejercerse la acción política con los contenidos enunciados anteriormente, se potencia a la sociedad para generar las condiciones donde el ser humano, en sus tres dimensiones sociales, configure formas de vida humanizadas ; que se rijan por la voluntad, la razón y la conciencia valorativa del hombre, no por las cosas, la inconsciencia o la fuerza. Se trata entonces de una política humanista; no abstracta si no llena de concreción y particularidad.
Se trata de una política que no se pierde en las intenciones de la moral, que es un querer al que no necesariamente acompaña el saber y el poder, que no se queda en el reclamo de los derechos del interés, la función laboral o los satisfactores, los que han de ser respetados por deber social, y que tampoco permanece en el ciudadano reducido a lo electoral. Pues el correlato real de la ficción de las buenas intenciones ha sido la corrupción social y gubernamental; centro del que no han escapado las burocracias del PRI y del PAN. Se busca, más bien, que el miembro de La sociedad, que ha sido objeto del dominio de las fuerzas sociales, se asuma como sujeto de ellas; y que el gobierno sea de hombres libres, no de cosas.
5. LA POLÍTICA TERGIVERSADA COMO SIMPLE CUESTIÓN DE ESTADO O MONOPOLIO DEL PODER.
La política no es, pues, el uso de los demás, la escalada de puestos, la vida "dentro del presupuesto" o el "liderazgo", esas son formas de conducta que florecen en el atraso social de nuestros países. El alejamiento de la población de los asuntos políticos verdaderos sólo refleja el bajo nivel de nuestras sociedades; y el aprovechamiento de las necesidades o las carencias de las poblaciones con fines partidistas o de control estatal sólo exhibe la debilidad histórica de nuestros organismos políticos. Pues tales usos son correlativos de la desorganización social la baja o nula iniciativa ciudadana y las debilidades de nuestra soberanía.
Liberalismo, anarquismo y corporativismo frente al Estado.
Late en las apreciaciones superficiales sobre este astuto, la reducción errónea de lo político a las cuestiones del Estado (el gobierno, la legislación, la administración de justicia, el poder, la representación). Esto es común al liberalismo, al anarquismo y al corporativismo contemporáneo.
Al primero, porque al pedir la menor intervención estatal en los asuntos civiles y económicos , deja libre al poder del capital, al desacreditar al Estado, buscando realmente desacreditar a la política, privan a la sociedad del espacio público desde donde pueda hacer suya la dirección de su propio destino, o construir un poder que contrarreste al del capital.
Al anarquismo, porque cree que la sociedad mejorará al reducirla a lo civil emprendido por la clase trabajadora, arrebatado a la clase capitalista, pero sin constituir un poder politice de los obreros organizados.
Se hace caso omiso, en el liberalismo, del hecho de que la economía moderna del capital nunca estuvo separada del Estado y que el impulso que tuvo con el colonialismo europeo desde el siglo XV, implantado sobre África, Asia y América, fue logrado por compañías monopólicas protegidas por leyes, decisiones de gobierno y flotas armadas.
Por su parte, cuando las grandes corporaciones contemporáneas, que absorben la energía social apoderándose de franjas que van desde la materia prima, la producción, la comercialización, hasta la publicidad, reclaman, la retirada o el adelgazamiento del Estado, es para quitar a la población el reducir ingreso que recibe y concentrarlo para llevar a cabo la batalla tecnológica o la competencia mundial con sus filiales. Al reducir el papel del Estado en esas condiciones, impone su dominio como poder central (la "corporación de los trescientos" o el Consejo Coordinador de Hombres de Negocios, para el caso de México).
Ha de recordarse que, frente a las ilusiones de la sociedad moderna, las crisis, la concentración de la riqueza, la pobreza creciente, la rivalidad y el dominio de las naciones, la opresión sobre los países débiles, fueron hechos-ostensibles. El movimiento del capital no conduce al bienestar ni a la dignidad. Con ello, la ideología liberal de la libertad en la competencia, el trabajo, la producción y la venta resulta innecesaria. De esta crisis surgiría el socialismo moderno, pero también el pluralismo asociado al régimen de las corporaciones.
El pluralismo, en sentido estricto, no se refiere a todos, no es su principio la voluntad general liberal, sino de "unos cuantos". Así es su poder y así distribuye su riqueza, entre unos cuantos. De allí la relación directa entre los gobiernos plutocráticos y los plutocráticos. Su estructura social: basada en componentes económicos varios, voluntarios, no competitivos, sin monopolio de representación. Su eje predominante: la regulación original de los intereses privados. En la base predominan las relaciones del capital "en lo pequeño", en la franja media las corporaciones, en la cima el poder estamental atiende y promueve los intereses de los sectores.
La organización corporativa de la sociedad no tiene por fundamento a la persona natural, al individuo civil ni al ciudadano político, sino a los intereses organizacionales de unidades económicas no competitivas. No presupone entonces al mercado libre sino a la clientela atada a las corporaciones, en lo civil, los sindicaos de trabajadores y empresarios sustituyen a sus miembros componentes.
En los países grandes, los conflictos dentro del pluralismo serían dirimidos por los arreglos entre las corporaciones, aunque en lo exterior la diplomacia del dólar siempre estuvo acompañada de cañones. En los pobres, como México, el puntal del sistema sería, el corporativismo social que permitiría la paz civil necesaria para reproducir las condiciones, y la intervención estatal en la producción para acumular recursos, construir la infraestructura y canalizar riqueza hacia el capital empresarial El Estado y el partido trabajan para eso, a su pesar o con convicción. Para nadie es desconocido que la empresa estatal funcionó subsidiando a los intereses privados y que los subsidios otorgados a los pobres eran, en realidad, subsidios a los empresarios. Tras la etapa de "sustitución de importaciones" (1939-80’s), que fue también la etapa de "protección a la industria" privada y el ingreso creciente del capital extranjero, la privatización marca el momento que la clase de negocios del capital está madura para controlar el Estado, sin interferencias de las corporaciones civiles o de la burocracia
Junto con estas líneas que rechazan al Estado ha proliferado la noción de que éste es el "monopolio del poder'' o, más aún, el "monopolio de la violencia organizada". Ligada a la aparición de los regímenes con “capitalismo políticamente orientado" hoy “socialmente administrado", total o parcialmente estuvo contenida en el Estado de la revolución mexicana y el PRI.
Surgen entonces dos actitudes con respecto al Estado que repercuten en la vida política Una, la del rechazo a una institución monstruosa que se separa de la sociedad para oprimirla y violentarla, tan monstruos como las fuerzas económicas nacionales y trasnacionales que no trabajan para los intereses nacionales ni las necesidades de la población. Por tanto, la aparente contradicción entre Estado de monopolio y mercado sale disuelta; los igualó la fuerza enajenada que se sobrepone a la vida nacional y social.
Dos, las justificaciones de la "disputa por el poder", como si se tratase de una competencia por un objeto o instrumento "neutral", alrededor del cual se arma el juego de la oposición, buscando la alternancia en el uso de aquel; mientras la verdadera realidad social queda al margen y el verdadero poder económico se apoderadelos espacios sociales. Tal es el juego de la política en los Estados Unidos que ahora se pretende implantar en México.
Su significado en el México actual.
Cuando lo anterior sucede en nuestros países, que llevan casi dos siglos luchando por su soberanía, la construcción nacional se debilita, pues, a falta de una economía fuerte y una sociedad evolucionada en el momento de su independencia, debieron nacer y crecer dirigidos por un Estado que, por esa importancia histórica especial, fue botín y poder ambicionado como si constituyese una instancia separada de la sociedad. De allí el significado Antinacional del salinismo. Es claro, por lo demás, lo siguiente: cuando el pueblo organizado tiene el poder suficiente para defender la soberanía nacional, el contenido y el papel de ese Estado adquieren su dimensión racional y democrática.
Esto no permite ignorar los excesos de los Estados nuestros, la sustitución de las fuerzas sociales por sus decisiones, la imposición, el monopolio de la política, etc., pero es ostensible que nuestras naciones no podrán nunca ser libres y soberanas sin un poder fuerte ante el exterior, de igual manera que un pueblo nunca ejercerá su soberanía si no constituya un poder propio que, con ese nombre o con otro, será un Estado popular.
Todo ello aparte de que las sociedades del siglo XX no pueden, por la complejidad de las relaciones, procesos y tecnologías, marchar de manera improvisada y requieren contar con una dirección consciente que el Estado puede contener si se construye el que exprese los intereses, valores y necesidades de la nación y del pueblo.
De acuerdo con esto, una política basada en los principios de la soberanía nacional y popular no puede ser ajena al asunto del poder, de su toma, retención o uso para los fines de México. Como tampoco se trata de generar un poder para, simplemente, ejercer un "contrapeso" al poder económico y político existente, cosa que se expresa en la tesis de "mandar obedeciendo". Esta puede tener valor en la dimensión natural de la sociedad donde, bajo el signo de la conservación y la estabilidad el "mando" simplemente ejecuta u ordénalo que la comunidad determina, o podría valer en una concepción religiosa que asigne una maldad congénita al hombre en el uso del poder, y que requiere ser contrapesada por su contrario.
De la misma manera que no podemos decir que el pueblo se hace "dueño de sí mismo” cuando ejerce su soberanía, en tanto eso significaría que lleva dentro de sí a la propiedad como objeto de sí mismo (de allí la relación de esta tesis con la "república de los propietarios" del liberalismo); tampoco puede afirmarse que "se manda a sí mismo", pues eso significa que lleva dentro de sí su propio esclavo (recuérdese a la democracia ateniense).
Se trata, más bien, de que, al autodeterminarse en su organización y fines, traza los principios constitucionales y las leyes que norman a las formaciones establecidas, y entonces el poder acciona basado en la racionalidad de tales principios, dejando de girar sobre sí mismo en la arbitrariedad. Con ello, los contrapesos no explican ni tienen función alguna.
6. ESTADO Y POLÍTICA EN MÉXICO.
Se habla, en el contexto de los últimos sexenios, de una crisis del poder y se cree que basta un "empujón" para que el sistema se derrumbe. La oposición esperaba que las medidas tomadas por EZP a partir del estallido económico de diciembre de 1994, propiciaran las revueltas civiles, pero no ha sido así. Aquí, cuando nada pasa, algo pasa.
El neoliberalismo ha llevado a cabo un ejercicio de destrucción la estructura económica anterior, formada por las empresas estatales, las grandes empresas privadas nacionales y extranjeras y la empresa mediana y pequeña, que tienen una importante función de equilibro al proporcionar empleo, va siendo desmantelada por enganchar todo el aparato al extranjero; la educación no responde a los fines nacionales ni sociales; el gobierno exhibe la crisis del presidencialismo, el desequilibrio de poderes y el adelgazamiento que lo ha reducido a un simple administrador, sin fuerzas ni recursos frente a los nuevos poderes económicos. Mientras tanto, las estructuras corporativas civiles aún resisten.
Pero estas reseñas, y los combates que se gestan alrededor de estos acontecimientos, vistos como crisis "de gobernabilidad" según las oposiciones, pasan por alto que el poder se ha reconfigurado. El verdadero poder de ahora es la élite del capital que se ha formado, ajena incluso a la mayoría de empresarios que militan corporativamente en las viejas organizaciones como la CANACINTRA, la CONCANACO, la CONCAMIN, etc.
Este consejo de hombres de negocios que se reúne con el presidente, coordina el alto poder económico actual; concentrado en las grandes empresas mexicanas, las corporaciones trasnacionales y el capital especulativo ajeno a la producción, ocupado en la especulación bursátil, la compra-venta de empresas, las privatizaciones, la deuda interior y exterior.
Se trata de una élite ligada directamente al poder estatal, al capital extranjero y la política norteamericana; todo lo contrario a la economía "de mercado" separada del Estado. La tecnocracia simplemente ejecuta los mandatos de ese poder, el desarrollismo favoreció el crecimiento de los mercadas y el capital extranjero, el "modernismo" significa su triunfo.
De las improvisaciones del poder en la revolución mexicana se pasó al cálculo económico racionalista; de la disposición directa de personas y cosas por los caciques se pasó a la disposición de todo por medio de las finanzas; de la democracia y la justicia sociales se pasó a la ciencia y la técnica de la programación.
La pelea entre los dinosaurios y los tecnócratas se ubica en esas transformaciones que acabarán sepultando a los primeros. Al destruir, las estructuras económicas y sociales anteriores, al concentrarse en los equilibrios macroeconómicos, la tecnocracia es insensible a lo social y lo humano, deja mandar al poder y se colude con una nueva élite, destructora de la soberanía nacional y fabricante de pobres. Estos serán sus sepultureros
De allí que el poder estatal aparezca como la fachada, a la que se agrega otro parapeto de autoridad, el de las "procuradurías" (del consumidor, de justicia, de asuntos agrarios, de seguridad nacional, de derechos humanos). Lo cual indica que nada de lo procurado se cumple realmente; pero, reforzada la autoridad y puesto el señuelo a la población, el verdadero poder se desplaza destruyendo las bases nacionales, abriendo las puertas al poder norteamericano y desplazando a las organizaciones sociales.
Y de allí también que el estado de derecho sea una ficción, lentamente se va desintegrando el derecho que normó la vida mexicana desde la época de la revolución, para someterla al esquema de Estados Unidos y engrasar la entrada del capital extranjero.
Estructura del Estado mexicano.
Desde la elaboración liberal de la teoría de los tres poderes y de su división, la soberanía del pueblo quedó fuera del ejercicio estatal. Este principio quedó asentado desde la Constitución de 1824, pero ha sido escamoteado para quedar como una formalidad.
Se esgrimiría que tal estructura respondía:
1) Al poder de la sociedad civil representada en el legislativo, que debería velar por establecer las normas que aseguraran la propiedad, el trabajo y la satisfacción de las personas.
2) A la administración de justicia emanada de la misma sociedad civil, que se encargaría de hacer cumplir las leyes, y
3) Al pacto entre la sociedad y el poder político, representado por el ejecutivo.
La astucia del régimen absolutista, que se continúa en la astucia del capital en el estado "republicano", la hizo ver cómo la confirmación de un solo poder en tres formas distintas, igual que la trinidad cristiana. Formalmente, el poder único representaba a la soberanía del pueblo, realmente, al interés del capital.
Originalmente, la división de poderes obedecía al equilibrio entre el poder civil yel estado político. En México se estableció para frenar la "tiranía del legislativo" surgida desde 1824 y a la "tiranía del ejecutivo" conservador representado por el santanismo. Pero se creyó ver un solo poder, que en la superficie provenía del partido dominante, cuando en realidad expresaba al poder económico preponderante (la iglesia y el capital usurario).
Igualmente sucedía con la estructura territorial del poder, ordenado en federal, estatal y municipal, cuya distribución obedece al aseguramiento del dominio jurisdiccional, pero que, formalmente, se presentó como niveles de autonomía que, "soberanamente", conforman el poder nacional. (Recuérdense los movimientos separatistas y la rebelión de los texanos). Aquí también, un solo poder recorre las relaciones económicas, políticas, militares, educativas, etc., en todos los niveles. La "autonomía" municipal, sobre todo, es una ficción ante el crecimiento de las relaciones industriales, comerciales y financieras modernas que rebasar la estrechez del municipio.
Cabe aclarar que, ante la crisis y contradicciones propias de tal división y estructura del poder estatal, se ha esgrimido la tesis del "equilibrio" de ellos, basado éste en los "contrapesos" que impiden los abusos, del presidencialismo o el "desorden" del civilismo (imitando las situaciones que se dan entre el legislativo y el ejecutivo en Estados Unidos). Pero este juego de mecánica oculta el hecho de que la soberanía ha sido difuminada en representación y un vacío político entre el Estado y el pueblo es la constante. Vacío que es llenado por el poder económico.
La organización del pueblo no existe, es diluida entre el sistema de representación, las corporaciones sindicales, agrarias y profesionales y empresariales, el fin general se pierde entre las metas grupales e individuales, impidiendo la formación de un poder independiente. El legislativo, como representante de la sociedad civil, es copado por el poder partidario y presidencial, y por la clase del capital que ahora participa abiertamente en él. el judicial, designado por el presidente, "administra" el derecho, según los lineamientos del poder y el partido en turno, y el ejecutivo asume las propuestas de las grandes empresarios presentadas periódicamente ante el poder estatal.
El Estado nacido de la revolución mexicana de 1910, en cambio, aparece como el monopolio del poder por los militares y luego por el poder oficial. Aceptando la existencia de clases sociales (capitalistas, obreros y campesinos, artículo 123), así como formaciones de propiedad históricamente distintas (el ejido, la pequeña propiedad y La gran propiedad, articulo 27), la empresa libre y el monopolio (artículo 28), el Estado aparece como conciliador de los intereses y regulador de los conflictos entre los "factores de la producción", consolidándolas condiciones generales expresadas en la propiedad privada sobre los medios de producción, el trabajo asalariado, la propiedad de la tierra. Todo ello levantado sobre la propiedad nacional, que es originaria respecto a todos los recursos del suelo, subsuelo; aguas y espacio mexicanos También es el Estado el ejecutor de la “voluntad nacional" que transforma la propiedad nacional en propiedad privada y recursos para la producción.
Finalmente, resultado de la debilidad y reticencia del capital para emprender de manera privada la construcción de la infraestructura dé riego y comunicaciones o para proporcionar servicios de asistencia a la población y, sobre todo, debido al carácter especulativo que tradicionalmente ha tenido la clase económica predominante en México, el Estado adopta la forma de empresario "público" con la instalación de empresas industriales, comerciales y financieras estatales y como "estado de bienestar" para proporcionar servicios a la población atrasada. La reforma agraria, presentada como la gran transformación social, fue utilizada para transferir riquezas del campo a la industria y se nulificó la transformación social y política del campesino.
Ubicado todo esto en el contexto de las relaciones mercantiles, del capital etc., esa obra fue refuncionalizada en favor de los intereses privados, o abiertamente el Estado se encargó de propiciar la concentración de la riqueza en manos de empresarios privados por la vía de los subsidios a la población (pues nadie ignora que tales subsidios beneficiaron directamente a los empresarios, vía salarios bajos), o por subsidios directos con combustibles, energía eléctrica, régimen fiscal favorable al capital, protección comercial, etc. Esto último durante la época de sustitución de importaciones y de protección a la industria privada, desde 1939.
Esto repercute sobre los individuos que cumplen tareas del Estado. Por un lado, el caudillismo proveniente de los jefes militares revolucionarios dejó su lugar al monopolio del ejecutivo por el presidente, lo que en realidad potenció el caudillismo, pues el dominio único del PNR se compaginó con el caciquismo en todos los niveles. Por otro, la burocracia que se apropió de la actividad de un Estado "no clasista" fue agrupado en un partido de burócratas, como fue el mismo PNR (Recuérdese el acuerdo de Portes Gil imponiendo cuotas económicas partidarias a todos los trabajadores del Estado).
El caudillismo potenciado en presidencialismo y la burocracia organizada, encontraban sin embargo un límite en el texto constitucional que los obligaba a proteger a las clases débiles, a la vez que le daba al Estado un poder ilimitado frente a la sociedad. El limitante constitucional fue salvado con la ideología "universal" de la revolución mexicana, que fue elaborada y reelaborada con diferentes interpretaciones en este periodo (recuérdense las diferencias entre el grupo de Sonora y el cardenismo). Cosa que impulsaba a modificar la constitución según los lineamientos gubernamentales en turno, a través del “constituyente permanente", como se le llamó al legislativo; con el "jefe nato del partido", como se denominó al presidente, con la organización corporativa del partido y la participación de los "sectores" en él (obreros, campesinos, clases medias) a mediados de los 40’s
Los nombres impuestos a los burócratas en los diferentes momentos de la evolución estatal, son indicadores de los cambios aludidos: primero el mandatario, luego el servidor público, más tarde el funcionario; esto es, del gobierno caudillista mandatario, al gestor y servidor en el "estado de bienestar", para desembocar en el cumplimiento de una función que es asunto de funcionarios, de profesión y tecnocracia.
Además. es conocido que, en ese devenir del estado mexicano, éste se apropió de la soberanía nocional, que había quedado sin representación y organización propia, y se apropió también de la soberanía popular, que fue nulificada con una composición de los poderes que lo excluía y lo tomaba sólo como átomo electoral disperso, sin poder participativo, sin iniciativa y sin organización propia.
Más aún, el gobierno, el partido, los dirigentes sindicales y agrarios desplegaron intensa campaña para impedir que los trabajadores de la sociedad civil, los ejidatarios, los comuneros y los grupos étnicos naturales, tuvieran iniciativa participación política directa La facultad de presentar iniciativas de ley quedó reducida al presidente, al congreso federal y los congresos estatales.
La luchas sindicales y civiles fueron separadas de toda implicación política y de esa manera el pueblo quedó fuera de los poderes, donde se debatía el fundamento de la formación social existente, del contenido del poder político, de la correlación de fuerzas nacional, de las condiciones de clase, etc.; esto es, de todo aquello donde pudiera emerger un proyecto de transformación nacional y social. Esto ejerció tal influencia en las organizaciones civiles, que estas mismas, cuando presentan sus "demandas", aclaran que sus luchas "no son políticas ", pidiendo se les resuelvan desde un poder que es ajeno a ellas
De esa formación estatal que monopolizó el poder, hoy compartido con los empresarios que iban configurándose como clase, y con el capital extranjero que nunca abandonó el país, emergió la burocracia convertida en la llamada "clase política"; esto es, como grupo social que desempeña una función en la estructura (la pública) y que se apropia de una parte de la producción (aquí por los negocios en que esta "clase" se ha visto mezclada).
Pero esto significó algo más que el monopolio de la política y el control partidario. Pues al participar en el "sector" público como modus vivendi, para resolver los problemas económicos del burócrata, esa actividad deja de ser un modo universal de ser, como es el político, para ser la actividad de un segmento del contenido civil de la sociedad, que es la forma positivista de lo político. Así, la acción del Estado, disfrazada de política, giró sobre los negocios económicos, las necesidades de consumo de la población, etc., saliendo del centro de la soberanía nacional y del pueblo, donde radica la perspectiva histórica y los modos de organización del pueblo. Es en ese giro donde radica el secreto de la corrupción de funcionarios de gobierno.
Invadido el contenido de la acción del Estado revolucionario por los intereses burocráticos y civiles, su contenido económico se fue superponiendo al político: la soberanía nacional fue asunto de protección a la industria, de balanza de pagos, de equilibrio monetario; la soberanía del pueblo naufragó en el mercado partidario, que primero fue monopólico y ahora se "libera" para que el pueblo adquiera la mercancía que crea mejor; las necesidades de la población fueron asunto de mercado interior entre salarios, ingresos, consumo, producción, etc., la acción de gobierno se concentró en las "variables macroeconómicas" para sostener la estabilidad monetaria, asegurar el pago de la deuda externa y financiar "el desarrollo"; la educación adoptó el carácter utilitario y “productivo", abriéndose a los negocios y a las corporaciones privadas; la salud llegó a ser un factor de productividad y uso eficiente de los recursos económicos; la cultura, dominada por el comucacionismo de la prensa, la radio y la televisión, devino negocio consumista; la ciencia y la técnica, se convirtieron en fuerza productiva directa.
Con esta lógica, la actividad de gobierno adoptó la forma de la "economía-política", que, en los últimos años ha dejado su lugar a la “técnica económica". Se quiso con ello concentrar toda la acción nacional en lo económico material que, por obra de la transfiguración del capital, ha acabado por girar alrededor de la inmaterialidad financiera, cuyo poder es más universal y destructivo que aquel. Se supuso que, dándole forma "política" a la economía, como ahora se le da forma técnica, se estaba más cerca de la realidad social; y que, solucionando esos problemas, automáticamente se resolverían los relacionados con las estructuras sociales, nacionales, políticas, etc.
Pero esto con[...]nde las cosas. Las estructuras económicas han cobrado la relevancia que tienen en virtud del poder que ha cobrado el capital, apoderándose de las formaciones civiles e invadiendo con ello la dimensión natural y política de la sociedad. No hay duda que, en el ámbito civil, que se contiene en el triángulo formado por la propiedad, el trabajo y los satisfactores, las formaciones económicas han adquirido preponderancia, y de la lógica propia de éstas se derivan líneas de fuerza hacía los contenidos civiles.
Pero, debe recordarse que, en sentido estricto, lo económico no agota todo el contenido de lo civil, pues el trabajo, por ejemplo, rebasa como facultad humana a su ejercicio económico; la propiedad no es la única relación con la tierra y los recursos, pues estos ocupan un lugar diferente en las soledades naturales, e incluso como parte de la soberanía nacional adquiere un significado político, la riqueza, por contenido histórico, es una formación social, aunque sea apropiada privadamente, igual sucede con las necesidades, que son formas de relación y expresión naturales, configuraciones civiles colectivas, más allá de la simple función de consumo económico.
Lo que ha sucedido es que el poder económico sobrepuesto a las demás formaciones sociales les ha reprimido su significación humana, natural y política. Pero esto no constituye sino la característica de un sistema y una época; pues si bien puede afirmarse que tas formaciones económicas han determinado a tas demás formaciones, esto no es una ley y do quiere decir que seguirá siendo así.
Precisamente, la descomposición de las estructuras económicas anteriores muestra como, en ausencia de su “determinación", las estructuras civiles entran en descomposición y se revelan, igual que las naturales indígenas, en busca de su liberación Más todavía, siendo la acción política la forma de acción social cuyo objeto es la conservación, el equilibrio, la transformación y la constitución de los fines y formaciones de la sociedad en general, tiene mayor profundidad y alcance respecta a lo civil y lo económico en particular.
De manera que, hablar de "economía política” puede tener un sentido académico y significa que lo "económico-primero” es visto en su relación "política-después"; pero la "política-después-económica”, que es sólo una parte de la acción política general, se levanta como un derivado de los principios contenidos en la constitución política, donde se fundan las formas de organización, los derechos de los sujetos sociales, las formaciones civiles y naturales y la vida nacional.
7. POLÍTICA, SOBERANÍA DE LA NACIÓN Y DEL PUEBLO DE MÉXICO.
La consideración hecha sobre la acción política, con formación dirigida a liberar nuestra sociedad del control y el atraso que ha padecido, tiene un contenido añadido: el surgido de la formación nacional y de la soberanía popular, a raíz del movimiento de independencia.
La construcción de las formaciones básicas de la soberanía nacional, en sus aspectos políticos, económicos, científico, tecnológico y cultural, también enlaza con la soberanía estatal; esto porque tiene que ver con la fuerza que, políticamente, debe sostener al Estado que sostenga a la soberanía nacional.
La lucha por la soberanía nacional y el peligro actual.
La historia de México ha mostrado suficientemente que la soberanía nacional ha sido un proyecto no acabado y ahora en peligro; sostenido siempre por la fuerza popular y orientado por principios políticos que tienen valor por sí mismos, no simplemente por su contenido civil.
Situada tal soberanía frente a las amenazas del exterior (apropiación de la mitad del territorio por Estados Unidos y la invasión francesa, sobre todo), se configuro en las líneas de la autodeterminación y la no-intervención, así como en la constitución de una organización social propia... La misma experiencia histórica ha enseñado también que su sostenimiento no ha dependido de un gobierno o de la clase dominante en tal o cual época, sino de la base del pueblo.
La defensa liberal de la integridad territorial y de soberanía política durante el siglo pasado, sin embargo, no fueron suficientes para construir una nación con independencia sólida.
Hacía falta transformar las relaciones civiles y económicas para dar paso a una nueva sociedad, distinta a la basada en el control clerical sobre la propiedad inmueble, en la economía dineraria atrapada en la usura, en el servilismo a que se tenía sometida a la mayoría de la población. El liberalismo anterior a la reforma era reticente a las transformaciones sociales y sus proyectos de ilustración de la población y de movilización de la riqueza fueron frenados por el absolutismo conservador (recuérdense las reformas de Gómez Farías en 1833),
El liberalismo juarista procedió a rescatar a la población natural del control de la iglesia católica a través del civilismo en el registro de nacimientos, el contrato matrimonial, el control de los cementerios; y tomó la decisión de despojar a la iglesia de sus bienes para reducir su poder (aunque, a falta de una reforma religiosa o ideológica, la influencia clerical sobre la población siguió inalterada).
Pero, a pesar del inmenso valor mostrado en la defensa de la soberanía contra el imperio francés, ese liberalismo transfirió la riqueza hacia los especuladores comerciales y terratenientes; dando pauta a la concentración de la tierra qué cristalizó en el Porfiriato, despojando a las comunidades indígenas de las tierras que poseían desde sus orígenes.
El régimen despótico del Porfiriato, que consolidó el servilismo hacendario, e incluso propició el esclavismo en plantaciones del sur, se alió con el capital exterior para "modernizar" el país, según la ideología positivista. Entregó la soberanía económica a cambio de la entrada de capitales extranjeros en ferrocarriles, tierras, petróleo, minas. La intervención norteamericana durante el movimiento revolucionario indicaba que la soberanía verdadera estaba por construirse. La revolución cobró un contenido claramente nacionalista.
Por su parte, el pueblo armado destruyó las formaciones sociales del servilismo y la sociedad adoptó la configuración ya reseñada. La historia de los gobiernos de la revolución mexicana estuvo marcada por los intentos del imperialismo inglés y norteamericano por conservar y acrecentar su poder económico dentro de nuestro país. Mientras la nación parecía conquistar su soberanía económica con la nacionalización de empresas extranjeras en ferrocarriles, petróleo, electricidad, minería, teléfonos, etc.
Las limitaciones de este proyecto estaban a la vista. En lugar de concentrar la riqueza para construir medios de producción propios, se orientó a proteger a la industria privada de transformación que produce bienes de consumo, en condiciones de oligopolio y con ventajas de todo tipo.
La etapa posterior a los 40's mostró los efectos de ese proyecto económico sin soberanía sólida. A medida que la economía crecía, los negocios acumulaban ganancias; pero el país era cada vez más dependiente de la maquinaría, los equipos, las materias intermedias y las finanzas extranjeras, para sostener una industria secundaria.
Los efectos inmediatos de esa economía política fueron: la configuración de la clase empresarial mexicana, el incremento de las inversiones extranjeras y el saqueo de la riqueza del campo, que fue absorbida en las ciudades a través del control de los productos y los "precios de garantía".
Los intentos hechos para crear una industria de "bienes de capital", o sea, de medios de producción, fueron obras colosales (como las siderúrgicas); pero carecieron de un verdadero proyecto de soberanía económica, sin acciones que aseguraran la innovación y la creación de ciencia y tecnología. Las mismas empresas estatales siguieron sometidas a la importación de equipos extranjeros; el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología nunca cumplió con esa tarea nacional y las universidades permanecieron al margen de los problemas nacionales, limitadas a preparar profesionales capaces de operar los bienes del exterior o contribuir a mitigar la situación social existente.
El "desarrollismo" exhibió su verdadero significado: era una forma de dependencia modernizada.
Durante los últimos 25 años, la riqueza acumulada por la clase empresarial fue cobrando un carácter especulativo, propiciado por la inestabilidad monetaria derivada de la dependencia, la errónea contratación de créditos del exterior hizo crecer la deuda externa de manera exorbitante; la apertura comercial que condujo al TLC es realmente la entrega del país al capital de las grandes corporaciones globales, que establecen aquí sus filiales apoderándose del espacio económico y disgregan la organización social, desequilibrando además el sistema educativo.
Ahora los gobiernes neoliberales montan el país en el carro de las trasnacionales representadas por el FMI y el Banco Mundial, y se someten a la clase supranacional financiera; argumentando que no se puede permanecer al margen de la economía mundial y la globalización. Pero estos aspectos de la economía mundial significan la desaparición de las soberanías nacionales, como sus mismos teóricos han dicho; mientras, de acuerdo con esa política, la élite del poder económico mexicano se asocia con esos poderes y confía en controlar el país, a costa de la destrucción de la organización social, de acrecentar nuestra dependencia y entregar la soberanía política.
México llega entonces a la encrucijada de su historia como nación; continuar sometido al extranjero o dar pasos para construir una verdadera soberanía, que le permite establecer relaciones justes con el exterior y organizar una sociedad basada en la justicia y la democracia, como corresponde a un país con independencia y vida propia.
La política dirigida a construir nuestra soberanía nacional enmarca, pues, a las acciones que la sociedad indígena, civil y política libran en estos años. Sin aquella finalidad, a la cual deben vertebrarse los movimientos, la acción se pierde entre los intereses particulares y queda a expensas del poder exterior.
Que esto sea posible depende de la constitución de un poder político del pueblo soberano que cuente con la fuerza suficiente para reorientar el uso de la riqueza hacia la soberanía económica, con todo lo que esto implica en todos los aspectos de la socialidad.
La lucha por la soberanía popular y sus perspectivas.
No se apela, cuando se trata del asunto del pueblo, a la emoción, a la tradición de miseria que despierta lástima o al contagio étnico. Tal era el significado despectivo que el antipopulismo de algunos sectores de la vieja izquierda y, curiosamente, del mismo salinismo, esgrimieron para hacer desaparecer la noción de "lo popular" y privilegiar la atención, unos hacia la clase, otros hacia las corporaciones y la modernización.
No es, pues, lo “bajo", sino la formación social donde se contiene potencialmente lo universal de las fuerzas humanas y de la nación. Radica allí la relación natural de las personas y el interés en la vida diaria con base en la dignidad como valor para todos los integrantes de la sociedad; también radica en él lo universal del trabajo en lo civil, sus facultades, capacidades y habilidades ordenadas por el valor de la justicia; contiene a lo universal de la acción política, orientada por el valor libertad, en cuanto que es, históricamente, lo generado por sí mismo y siendo capaz, por tanto, de ser un fin en sí mismo.
Aclaremos. El abandono de la formación social llamada “pueblo" por el sociologismo y la división profesional que ha dividido al pensamiento político, pasan por alto su contenido originario.
Este es unidad que sobrepasa a las diferencias de “sectores", "clases" y "grupos"; y se refiere a la formación social donde confluyen las grandes líneas del mundo histórico (De allí la importancia de los estudios históricos para su cabal comprensión.
El mundo histórico contiene fuerzas provenientes de las realidades naturales, civiles, productivas, educativas, etc.; como contiene también las fuerzas de la conciencia que se organiza en formas colectivas como los principios políticos y jurídicos, las ideologías, las religiones, las teorías, las formaciones culturales; e igual contiene a las acciones generales que en la historia se despliegan, tales como las revoluciones, las protestas, la formación de regímenes, la construcción de estados, etc.
Todas esas fuerzas de la realidad, la conciencia y la acción históricas se concentran para dar forma a un pueblo determinado, más allá de los prototipos que la psicología asigna a los habitantes de cada nación Pero, así como el individuo es la síntesis de las relaciones externas a los sujetos y la formación así adquirida hace posible que pueda potenciar su acción convirtiéndose en un centro irradiador de proyectos, dejando de ser un simple "producto" o elemento social pasivo, así el pueblo, que es la síntesis de esas grandes formaciones del mundo histórico, puede empuñarlas para, reorganizándolas, cobrar su autonomía ante la historia y ante las demás naciones. Su devenir histórico es el transcurso de su vida, su autodeterminación es la base de su decisión y de su propio destino.
No debe olvidarse el carácter cambiante de las formaciones sociales, puesto que la realidad histórica es un movimiento inacabado, abierto siempre a la generación de nuevas configuraciones hacia el futuro. Pero todo cambio histórico acontece sobre fundamento, que es el pueblo, lo permanente: En él residen las fuentes de donde los sistemas sociales, económicos y políticos extraen sus fuerzas. Justo es entonces que eso sea reconocido y que los esfuerzos sociales le correspondan.
Se deriva de aquí que, al pueblo, a la fuerza que sostiene a lo público, no pertenece lo que es particular y excluyente, como quienes se apropian privadamente de la riqueza que es formación colectiva histórica. Pero, como formación universal, en él se hace posible la transformación de las relaciones mercantiles entre cosas, disfrazadas de relaciones entre las personas o los individuos, en relaciones humanas cargadas de interioridad; la transformación de las relaciones obligadas de lo civil en relaciones civiles justas, y la conversión de la distribución desigual del poder en la igualdad y la libertad políticas. Así, su acción no es un medio o un instrumento para conseguir el interés particular, sino un fin en sí mismo, resumido en la dignidad de la vida humana.
Todo esto recuerda a la utopía, a la ideología pura, ajena a la "realpolitick" de los académicos, a las componendas del poder, al escalamiento de puestos en la burocracia, a la "práctica” de los viejos militantes. ¿Es posible organizar la soberanía popular para el ejercicio del poder del pueblo? Veamos.
Lo que ahora parece imposible y justifica las "mediaciones”, representaciones, sustituciones y usurpaciones del poder ciudadano, tuvo en épocas anteriores formaciones espontáneas del pueblo.
Recuérdese a las formas de organización total de las comunidades, donde lo político, lo económico, lo cultural, lo religioso, lo educativo, etc., integran una sola dimensión de vida ligada a la tierra; recuérdese a los gremios, como formación de trabajo que aglutinaba costumbres, educación, trabajo, frente a las corporaciones clericales y militares medievales; recuérdese a la comunidad de fieles de la organización parroquial, puesta en acción por Hidalgo; y recuérdese a los ejércitos populares en la revolución, para mostrar que el pueblo no ha sido ajeno a las formas de organización propia.
En todo caso, la "enorme dificultad" que aparece proviene de la invasión de las formaciones económico-civiles que lo descompusieron entre los intereses puramente económicos, la competencia, por el control corporativo levantado desde los 30’s, por la represión ejercida contra sus grupos de avanzada en las huelgas ferrocarrileras, los movimientos magisteriales, estudiantiles, campesinos, etc.
Es fácil observar que, al superar los obstáculos que impiden su propia organización, se desatan las potencialidades desde "la base"; como se puso de manifiesto en los movimientos mencionados y en los grupos civiles que ahora invaden las calles de las ciudades más importantes de México.
Esto significa que su independencia ideológica y organizativa puede asumir la dimensión política de la acción, convirtiendo la experiencia directa en una forma de educación política y con la apertura de formas de acción social orientadas hacia su soberanía.
Organización del pueblo y partidos.
En estas condiciones aparecen las tendencias surgidas en contra de las formaciones partidarias, desde el pueblo "común" y desde la perspectiva de la organización comunal indígena. Pues los partidos son, por definición, organizaciones de una parte de la sociedad (sean de clase determinada por suposición en la estructura, o de agrupamiento numérico, como en los actuales). De manera que si la organización comunitaria, que se levanta sobre la unidad, no los requiere, es porque obedecen a la lógica de la división.
Esto además de que la desconfianza que han generado los partidos no hace atractiva al pueblo su participación Desde el partido burocrático del PNR hasta el partido "institucional" del PRI desde el PAN minoritario hasta el PAN que se asocia al salinismo; desde los partidos mesiánicos que, a nombre del proletariado o a nombre de la comunidad religiosa, actuaron con alto grado de dogmatismo de conciencia que los convirtió en sectas (no precisamente por su reducido número, sino por su falta de conexión con la clase o el pueblo); hasta el "pluralismo" de partidos que adopta la forma neoliberal del mercado como espacio de competencia para ganar la clientela electoral; desde todo ello, decimos, se explica la desconfianza de buena parte del pueblo ante la actividad partidaria.
Pero el problema que se da entre la formación comunitaria que no admite partidos, así como en el pueblo, es la organización de su soberanía. Esta exige la organización de su poder, en partidos u otro tipo de organizaciones políticas. según los momentos y formaciones por las que atraviesan las relaciones internas de sus clases, grupos, así como en relación con la soberanía nacional. Es decir, no se trata simplemente de producir un aparato, instrumento o medio para asaltar el poder, sino de su organización autónoma, necesaria para una vida social soberana, sin la cual su formación se convierte en la "masa".
Según la dialéctica de sus momentos y relaciones, las formaciones iniciales de la conciencia que guían la organización de su soberanía configuran formas de organización adecuadas al trazo de sus principias en consejos populares, comités, ligas, clubs, etc.; que exigirán la organización amplia en partidos, movimientos donde se incluyen las asociaciones sindicales, agrarias, etc.; para integrar frentes, coaliciones, asambleas, según el grado de avance de la acción política del pueblo.
Pero si el pueblo no es la "masa" o los consumidores, de donde no puede emerger la organización popular, contiene, sin embargo, los principios de la organización de los trabajadores, que son el grueso de su composición. Pues el trabajo no es, principalmente, un interés particular, sino una condición general de la vida social y una formación universal del hombre.
En relación con su constitución Histórica como clase, la formación de un partido de trabajadores cobra un contenido particular, ligado a la posición específica que guarda al estar despojado de medios propios para producir y forzado a recibir una parte exigua de la riqueza que produce. Pero por su posición en la producción social (según la dialéctica del amo y el esclavo) y por su conexión con la nación, así como en relación con la soberanía del pueblo, el trabajador contiene los fundamentos para emprender una política general, más allá de los intereses económicos inmediatos.
Además, por la recomposición actual del trabajo, que va dejando de ser una simple "fuerza" para ser una formación social que reúne educación, facultades, capacidades, valores, el trabajador se ubica en una perspectiva que hace posible el alcance universal de su organización partidaria, incorporando a todas las formas de trabajo y asumiendo el principio de la soberanía popular y nacional.
De allí la importancia que las tesis del espartaquismo adquirieron en los 60’s, centradas alrededor de la independencia ideológica y organizativa de la clase obrera. En ellas se contienen los lineamientos para formar su partido u organización que sea capaz de aglutinar a todos los sectores del trabajo, incluyendo a los campesinos y los estudiantes.
Pero todo ello carecería de raíz y perspectiva histórica si el hombre del pueblo está ausente de tales partidos; pues en él se concentra la vida civil y personal, enlazada a la acción política universal de la soberanía popular, proyectada sobre la soberanía nacional. Además de votar y elegir, sus capacidades de asociarse, organizarse, reflexionar y pensar, de manifestarse y hacer presencia en el espacio público para tomar posiciones en él, han de ser ejercidas. Y los organismos que contienen las fuerzas para sostener la soberanía nacional tampoco son sólo sujetos-ciudadanos, sino formaciones que potencian la fuerza de éstos; fuerzas institucionales y organizacionales que permiten enfrentar a los dominadores internos y externos, como fuerzas organizadas qué son.
8. LA DEMOCRACIA POLÍTICA Y SOCIAL.
La revolución mexicana hizo suyo el principio democrático relacionado con la elección de los gobernantes: el sufragio efectivo.
Quiere esto decir que "lo democrático" se refiere al acto voluntario, no coaccionado; supone en el elector un "saber natural" que le permite discernir sobre la conveniencia de tal o cual candidato, y la libertad de decidir. Aunque el verdadero supuesto haya sido el fraude.
Lo "democrático", entonces, es remitido a la concepción liberal del hombre; nacido libre, dotado de razón natural para distinguir la verdad y el error, el bien y el mal, lo justo y lo injusto; y con voluntad para elegir entre estas alternativas. Allí se asienta el maderismo y allí radica su limitación.
Su significado es la nulificación del principio de la soberanía del pueblo y su conversión en el principio de la representación; que al absorber toda la energía política popular, abre el vacío entre el pueblo y el poder, al privarlo de su propia organización.
La abstracción liberal no es insulsa, genera efectos reales. Por un lado, sirve para convertir al pueblo en un "elector", compuesto de átennos aislados, sin poder orgánico, sin saber político y coaccionados en múltiples formas por el poder económico; por otro, la soberanía es convertida en representación, o sea, el fundamento deviene sombra que, aparentemente, emana del poder de los átomos, es un no-poder, usado en el orden del discurso político como ideología. He aquí un ejemplo de la manera como el “fluido" de la conciencia social ejerce efectos sobre lo real para descomponerlo; y de como el vacío de realidad se trueca en una fuerza de conciencia.
Todo esto se quedó expresado en la concentración del contenido de la política, esto es, de la acción ciudadana dirigida hacia la constitución, conservación o modificación de las formas y los fines de la sociedad, en manos de la "clase" política: la burocracia, el partido, las autoridades, los diputados, los senadores, los gestores electorales.
Sin embarga, mucho tenía esto de "efecto de superficie”. Así como el liberalismo situaba, tras la vida del hombre "libre", con "razón natural" y "voluntad decisoria" a las leyes naturales y los mandamientos de dios, de los que se derivaba a fin de cuentas el orden social, así también, tras el liberalismo electoral se podía percibir el orden de los poderes desiguales, entre el poseedor del trabajo y el dueño de la riqueza productiva. De ese orden se derivaban las consecuencias no patentes en la abstracción liberal: La exclusión del pueblo de la acción política para convertirlo en simple "factor de producción", el monopolio de la coacción económica y social por la clase propietaria, la concentración del saber y el hacer políticos por una minoría, el control partidario sobre la población.
Surgen así distintas formas de la actividad representativa, entre las que se ha enredado el «movimiento "democrático"» Al respecto:
—La democracia monopólica, sostenida en el monopolio del poder por el Estado y el partido de la revolución mexicana. Su significado y la clave de su operación radicaron en su referencia a la imposición porfirista de 30 años y a las transformaciones sociales de la revolución. Su esquema de elección principal, más allá de la ilusión liberal, se construyó con la voluntad presidencial, las transacciones entre los grupos de poder, la distribución de éste según las jerarquías y la disciplina y el control partidario. Semejante al control monopólico que las corporaciones ejercen sobre las ramas de la producción y el mercado, controlando todos los factores que intervienen en la cadena productiva, esa democracia monopólica se ejerció con la participación de las corporaciones sindicales, agrarias y empresariales.
—La democracia oligopólica, con concurrencia partidaria, donde cada grupo de poder busca su cuota. Su significado se ubica en el rechazo al control monopólico del partido oficial y la lucha por la democracia enarbolada por los estudiantes en los 60's Su esquema de elección abre la puerta a la participación de partidos que cumplen una "función de interés público”, con subsidios económicos para la realización de campañas y las concertacesiones entre centro y derecha, excluyendo a los no partidarios del sistema.
—La democracia mayoritaria, no basada en el juego de los partidos que aglutinan a grupos o clases sociales definidos, sino a "población cuantitativa, basada en la adición de átomos dispersos, donde se engloban y se ocultan 1% diferencias de posición social y económica Es el camino por el que acaban predominando los intereses particulares, que reúnen a individuos en grupos en la "suma". Predomina entonces el interés privado, pero generalizado y defendido como si fuera el interés, público.
—La democracia de minorías, que concentra el juego partidario en minorías que se alternan el poder para asegurar la permanencia del sistema tras la ilusión del cambio (PRI-PAN). Así la democracia deviene aristocracia y se cancela en su significado.
Cabe aclarar, que esta transformación de la democracia representativa en su contrario, no hace sino exhibir las bases sobre las que se levanta: la inexistencia de la soberanía democrática y la ilusión de la representación igualitaria que escamotea a la desigualdad social real.
Y aquí, justo es señalarlo, la revolución mexicana sostuvo un principio que, sin cumplirse cabalmente durante su periodo de vigencia, conserva su validez. Nos referimos a la concepción de la democracia como una forma de vida basada en el constante mejoramiento económico, social y cultural del pueblo. Se trata de la democracia social, entendida como una forma de vida, El "Estado de bienestar" de la revolución apenas se acercó a las "condiciones" y al "nivel de vida" de los mexicanos, basado en el monto de su ingreso económico y algunos servicios civiles, como salud y educación; pero lo relativo a la “forma de vida" nunca se perfiló en esta concepción. No pierde valor, sin embargo, frente a la cancelación de la democracia en la representación.
Durante los últimos años, marcados por la erosión del PRI, la aparición del PRD y el incremento del peso del PAN, dos aspectos concentran la atención de la "democracia". Primero, su conversión en simple táctica de cómbate (que, como toda táctica, puede ser modificada o sustituida, según el cambio de situaciones). Se refiere a lo siguiente: a la búsqueda
de condiciones igualitarias en la competencia por el poder estatal, todos los partidos, desde la oposición de derecha hasta la de izquierda, en 1994 esgrimieron a la democracia como un instrumento para intentar alcanzar con mayor facilidad un pedazo de participación en el legislativo ; cosa que nada tenía que ver con el contenido de tal poder y los principios esgrimidos por los partidos. Esto favorece a las derechas peñistas, pues les permite canalizar el descontento sin exhibir sus principios conservadores (igual que algunos grupos de izquierda reclamaban en los 60’s las "libertades democráticas " como instrumento para luchar por la revolución socialista en mejores condiciones; pero no como un principio político válido o como una forma de vida).
Segundo, la conversión de la democracia es una simple forma o procedimiento que relega las cuestiones de contenidas segundo plano. "Civilidad", "procedimiento” de gestación de candidatos, respeto a la "opinión pública", etc., fueron en 1994 más importantes que el contenido y la fuente de la democracia.
La política orientada por la soberanía del pueblo y de la nación no puede sostener esas formas de la democracia que contribuyen a reforzar los poderes económicos. Tampoco puede basares en las formas de acción civil que se desplazan en el espacio público de las calles a la espera de que se les resuelvan sus necesidades particulares, sin importar lo que suceda con la vida nacional y renunciando a la participación política. El clientelismo que antes se alineaba con el PRI en espera de concesiones y ayudas, que ahora se alinea con el PAN donde éste tiene poder, indica que esas formas de "democracia" están alejadas de la democracia como forma de vida.
Como forma de vida, la democracia debe traducirse en realidades humanizadas; relaciones y conciencia sociales críticas y racionales , que den sentido a la vida diaria de los sujetos, con una dimensión histórica propia; todo lo cual supone como condición la solución de las necesidades económicas, sociales y culturales del pueblo.
Esa forma de vida se levanta, entonces, sobre otros principios que tienen su fuente en la soberanía popular, no en el mercado económico , el autoritarismo social o las ilusiones liberales de la representación. Tales principios son: 1) el principio de la "vida basada en la dignidad del hombre", no en la compra-venta de cosas o el dominio y el servilismo personales; principio que haga posible el ejercicio pleno del derecho a la vida personal, el pensamiento , la expresión, la manifestación y la asociación libres en lo natural, lo civil y lo político; 2) el principio de "la autodeterminación libre y consciente de los sujetos", a través de su organización independiente y de la realización plena de sus facultades y capacidades, como condición para el ejercicio del trabajo como verdad universal del mundo y de los valores éticos, estéticos y espirituales; y 3) el principio del "respeto irrestricto a los derechos ciudadanos", no sólo en cuanto a lo electoral se refiere sino en la potenciación de su iniciativa por medio de su organización y educación política propias.
Sólo así la democracia se llena de contenido y adquiere su adjetivo concreto: "democracia del pueblo" (valga la redundancia); saliendo de la confusión proveniente del autoritarismo o del ilusionismo de quienes aspiran a una "democracia sin adjetivos" (la cual equivale a justificar el predominio del "capital sin adjetivos", o sea el financiero; que no es productivo. comercial o bancario, pero puede adoptar la forma que las relaciones de poder deseen).
Pero, en lugar de ser reducida a la representación, la democracia requiere asumir su contenido propio: la acción política. En cuanto acción de la soberanía del pueblo, es fuerza organizada en lo civil, lo económico y lo político, que emerge desde el fondo de la soberanía popular en la tierra, el trabajo y la acción pública nacionales.
En síntesis: la democracia tasada en la soberanía del pueblo y de la nación no es la dinocracia caciquil o la tecnocracia modernizadora, no es el poder económico impuesto tras la representación, no es la forma o el instrumento para asaltar el poder, no es la competencia civil y la vida basada en la coacción y el temor. Es la autodeterminación organizativa e ideológica del pueblo, la formación de su propia representación o poder político, es vida basada en la solución permanente de las necesidades civiles y forma de vida humanizada.
9. CUESTIONES POLÍTICAS DE ACTUALIDAD.
Política y moral.
La moral aparece como problema cuando se liga a la política. Su punto de referencia es la posición maquiavelista que hace girar la política alrededor del príncipe. Los fines de la acción principesca, conquistar, conservar y acrecentar el poder, dejan en la penumbra al fundamento, a las formas y normas que hacen posible la convivencia del todo social, que radica más allá del "principio del poder".
La moral, es sabido, pertenece al ámbito de la persona; y cuando las bases políticas son centradas en la persona del príncipe, son reducidas a las intenciones y las máximas cuya validez subjetiva sólo tiene alcance moral, esto es, personal. Validez limitada que se intenta superar con el uso irrestricto y arbitrario de los medios para alcanzar el poder, entre ellos la fuerza, que ante la ausencia de validez general se presenta como el medio más eficaz; En tanto, en el contexto general de la política como dimensión social universal, ha de remitir a los principios, los fundamentos, los valores, que fundan la validez de la acción.
Inevitablemente, la lógica del poder y la moral, separados de sus fundamentos sociales reales, se pierden en las paradojas. Cuando el poder parece tener una finalidad por sí mismo y se reduce la política a su conquista, el sujeto (príncipe, tirano o dictador) acaba quedando fuera y perdiendo el control. Esto conduce a la búsqueda de una relación personal con dicho poder absoluto; relación de la cual, por definición, sólo emergen intenciones sin validez social general. Para terminar convirtiendo la moral en el uso de la fuerza y cancelarla totalmente, La tentación que sufre el panismo en algunos lugares del país, de usar la fuerza para resolver los problemas que la población y la oposición representan, tienen una buena raíz en su moralismo preliberal.
En sentido estricto, la política, como acción pública y no personal, no tiene que ver con la moral sino con la razón, que es la “facultad de los principios", y que se traduce en los principios constitucionales de una época y en la forma de organización social general. Se sobrepasa con esto el asunto de la razón de estado", que atormentaba en la época da Maquiavelo y ahora atormenta a quienes crean en él, pues ahora se trata de la razón política como principio. Contenido es la razón social general. De allí que la disputa principal al respecto se sitúa en la constitución y no en el Estado o el poder. De allí también la conexión entre el animal político y el animal racional en el pensamiento antiguo.
Pero esto no significa que la moral y la política no tengan relación. Si la moral pertenece a las personas, su valor es el egoísmo (en el sentido del ego, del yo) Siendo así su valor interior es el querer, como voluntad libre que se afirma en la dignidad o la ambición; pero no se ve su relación con la política, porque la validez de ésta es inseparable dé sus efectos reales y no bastan las intenciones. que enlaza a las personas es el interior moral, que concentra intenciones, deseos, pasiones, afectos, lo que enlaza a los ciudadanos políticos son los principios, fundamentos de conciencia con validez racional.
Hay otro aspecto aquí: la ética. Esta tiene que ver con el deber. Su validez radica en la relación entre el individuo y los agregados sociales; aquel es fracción, parte o función social, en cuanto síntesis de las relaciones externas que contribuyen a la formación del individuo, normándolo. Cargado entonces de realidad eficaz, pues ya es parte directa de la civilidad, contiene en el interior las máximas morales, pero también la validez de las normas, con la carga de obligación que ellas condicionan.
La política, al respecto, tampoco se funda en la norma, aunque sea querida, sino en aquello donde surgen los fundamentas de las normas, el derecho y las relaciones sociales. Su principio básico es la libertad; pues, sustentada la política en principios dé razón, requiere a la libertad para concretizarlos en lo particular, no para tomarlos simplemente como una norma que se aplica Si la acción universal política no se abre paso en lo particular ni se concretiza en ello, queda como acción vacía, deviene en ideología o "ciencia" política.
En esta dialéctica de los momentos de la socialidad, la política no se basa en lo querido o lo normado, si no en lo razonado y necesario; no es relación interna o externa, pues el ciudadano, como sujeto político, conjuga como opuestos a la voluntad colectiva y al interés público, los que hallan su síntesis en la acción pública, que cobra validez propia en la soberanía nacional y popular. El sujeto que actúa en la política no se guía por lo querido (la moral) o lo debido (la ética), sino por la "virtud", aunque este término se oponga al cientismo y suene tan arcaico como "patria", "humano", “razón", "dignidad". Con ella se asume un modo de ser, el modo de ser público, encuadrado en el modo nacional del mexicano.
Pero la razón no anula a la moral y la ética; igual que el ciudadano no desaparece a la persona y al individuo. Si tal razón y tal sujeto son válidos y son condiciones de la vida general, contienen vivo a lo particular de lo ético y lo personal de la moral. Como vio antes, la dimensión política tiene dentro de sí a lo civil y lo natural. No como si la política fuera la simple síntesis de las otras dos dimensiones; pues cuando lo universal tiene validez, potencia y hace posible la vida plena de lo personal y lo individual, precisamente, de manera racional: lo personal se vuelve entonces principio y derecho humano, que funda con el respeto una nueva y profunda relación; y el individuo se vuelve centro generador de proyectos, contando con la posibilidad para realizarlos sobre bases colectivas que la organización civil hace factibles.
De allí que la política no tenga conflicto con la moral y la ética. Pero no se subordina a éstas; a la manera del panismo moralista o del civilismo clientelista del PRI. El interés de la acción política son los fundamentos, la forma, organización y los fines generales de la sociedad, que incluye a sus formaciones particulares y personales. Por eso no las excluye.
En todo caso, el "moralismo político" conduce al maquiavelismo y la reducción de la política al poder; mientras que una "política moral o ética", sobre la base de lo público, incluirá la Realización racional y el respeto a la vida de las personas e individuas.
Eficacia de la política y eficacia de la ideología.
Se debate hoy en día acerca de la "eficacia" política; se le confunde con el "éxito" pragmático y la "eficiencia" tecnocrática. Veamos.
Valga la aclaración de diccionario, la "eficacia" se refiere a la generación de efectos prácticos o reales; la "eficiencia" a la organización de la actividad para obtener un resultado adicional, hacer más con menos, ir más allá de los resultados inmediatos y espontáneos de la eficacia Su uso como principio ideológico
tecnocrático proviene de la búsqueda de una mayor expoliación de los trabajadores, del uso de los ingresos para obtener mas, etc.; considerando siempre que se parte de condiciones sociales y recursos limitados.
Impulsada desde los orígenes de la planificación del socialismo soviético, y que después se generalizó a los países capitalistas, la eficiencia ha estado ligada al control de los recursos y la organización, así como al rendimiento general de la actividad social.
El "éxito" es la conquista del objetivo o la meta trazados. Si esto tiene valor para la sociedad o el individuo, eso no tiene que ver con su contenido. Bien puede aplicarse a quien consigue llegar a dios, a quien ordena una matanza de estudiantes o a quien logra poner una piedra en la transformación social.
Claro, lo que puede ser exitoso respecto a una circunstancia determinada puede no serlo para otra y convertirse incluso en un obstáculo para el logro de posteriores objetivos. Por eso su límite lo ponen los fines, cuyo logro no proviene de poseer éxitos, sino de asumir tendencias generales de la realidad histórica y de los "proyectos" de conciencia para buscar su concretización. El alcance de los éxitos se agota en el terreno de los "hechos", allí donde la necesidad o el interés se cumplen; el alcance de los fines sociales generales rebasa los hechos, porque al fundar realidad nueva, se prolongan junto a ella.
Nadie puede reclamar que los fines alcanzados provengan sólo de tal o cual propósito puesto por los sujetos; porque su plasmación depende de la articulación de fuerzas que rebasan a lo simplemente «querido» en lo inmediato. Lo querido o propuesto es posesión reclamadle por tal o cual , los fines, en cambio, no pertenecen a nadie, son resultado colectivo de la vida social; pero la "neutralidad" de contenido (aunque no de referente) y la amplitud restringida a una relación puntual, no propician que el éxito funde conexiones de gran alcance Pues es aplicable a cualquier contenido conquistable, aunque no le vaya ninguno.
Como se sabe, elaborado como corriente filosófica, condujo a ver la moral como impedimento para la consecución de los fines económicos de los sujetos y grupos sociales, proclamándose la legitimidad de "tomar unas vacaciones morales”. Con Hitler cobraría mayor alcance; "la única forma de medir la bondad de la propaganda estriba en el éxito que se logre en la práctica", decía. Esto revela que el éxito se inspira en el principio del poder, convertido en absoluto, es expresión de la fuerza que, por sí misma, no funda relaciones de socialidad, sino que las disuelve.
Ya puede percibirse desde aquí que la conexión entre política y éxito es forzada, porque ésta no se refiere al logro puntual de una meta u objetivo, sino a la constitución, conservación o modificación de un estado social; esto es, a una totalidad de condiciones, formas de organización, de fuerzas que son el referente de la vida pública.
Por el lado de la eficacia, la política tiene que ver directamente con ella; pues su acción, teniendo como contenido el discurso donde radican los principios de organización y las finalidades de la sociedad, se muestra a través de los efectos que genera en el todo social. Así, la organización ciudadana, partidaria o estatal, son generadoras de fuerzas que actúan como componentes de la acción social general, son acciones reales.
Con esto, la política, como modo de acción humana, se distingue de la ideología en tanto ésta es trabajo de conciencia Se la conciba como toma de posición respecto a problemas sociales, o como forma invertida de conciencia respecto a la realidad, la eficacia de la ideología es diferente a la de la política.
Como parte de las formaciones colectivas de conciencia; la ideología es parte de la totalidad social; no simple "reflejo", "sombra" o "superestructura" inerte, sino fuerza que, al transformar o influir sobre la conciencia general, contribuye a cambiar el mundo; aunque no pueda, por sí misma, transformarlo. Por eso la política no puede ser reducida a la ideología, aunque suponga a ésta.
Ahora bien, la política, entendida como el ejercicio eficaz de la acción para la configuración de una sociedad, según sus fines y propósitos, es entonces acción cargada de conciencia, de organización y de significado racional que le dan a la fuerza eficaz su contenido; y por eso no puede ser ajena a los medios que se elijan para conseguir sus fines. Cuando parece que cualquier medio es permitido, sucede que el contenido mismo de la política es tergiversado y la acción se posa sobre los éxitos. Lo cual se paga históricamente (lo sucedido en la URSS es un ejemplo de ello) De allí que los resultados de una imposición no adquieran el carácter de lo sólido y lo permanente, como bien lo muestran 500 años de opresión sobre los indígenas y la rebelión actual de ellos.
Sobre la base anterior, y nunca sin ella, se puede percibir que la eficiencia característica de la política puede adquirir un sentido claro y un contenido no tecnocrático. Las luchas aisladas, espontáneas o esporádicas se potencian y amplían su horizonte histórico con la conciencia y la organización de las estrategias que conjugan, coordinan y dirigen las acciones generales; así como el uso de tácticas adecuadas permite multiplicar fuerzas y tomar posiciones en el espacio político.
La ausencia de claridad en los fines, medios y fuerzas no impide que, en cualquier forma, la acción política sea eficaz, en cuanto es generadora de efectos, aunque a veces éstos hagan retroceder respecto al estado social buscado; en tal caso, es eficaz, pero impide la eficiencia de la acción de gran alcance.
Así, por ejemplo, en estos días, la apertura de una nueva época histórica con cambios tecnológicos, económicos y políticos, ajenos a la misma voluntad de muchos actores, igual que la descomposición del sistema mexicano, indican que la acción política requiere escoger con claridad entre las luchas que "jalan hacia abajo” y las que "se orientan hacia adelante". Es decir, la eficiencia del accionalismo indica hacia la participación indiscriminada en todo movimiento social, las razones de eficiencia estratégica indican hacia la premoción de las acciones que se orienten a la reorganización social, a la construcción de un Estado popular y democrático, una nueva estructura económica basada en la justicia y una nueva relación con el exterior. Favorecer al clientelismo partidario, al corporativismo sindical y agrario, a los subsidios, al "Estado benefactor", significaría orientarse hacia formaciones ya rebasadas por el movimiento histórico.
Pero el camino no surge espontáneamente, pues la acción histórica no se levanta sobre leyes que ineluctablemente marchen hacia su fin, sino sobre fuerzas tendenciales, que han de ser asumidas, potenciadas y organizadas prácticamente para su concretización como formas particulares en el todo social Y ello depende de la organización de la conciencia sobre tales fines y de la organización real de las acciones, lo cual retrueca en la organización de estrategias, tácticas y plataformas de principios que orientan y conjugan a las diversas luchas que ahora se emprenden por algunos grupos de la sociedad civil, por los indígenas y por grupos que surgen de la política estatal, en descomposición.
Política y poder.
Se abre así el asunto del poder. Nadie que esté en la política es ajeno a él. El pretendido apoliticismo de algunas ideologías, de las demandas civiles o naturales, e incluso de la vergonzante conciencia de quienes ocupan un lugar en la administración tecnocrática, creyendo que sólo desempeñan una función o tienen una ocupación profesional, se equivocan; porque se hace política por comisión o por omisión, en tanto que su acción contribuye a reforzar o transformar las sociedades.
Sin embargo, el uso del poder como "técnica" política ha convertido su significación en un medio; como si el poder fuera neutral y llegar a él significara la posibilidad de hacer todo o que todo lo que se haga sea válido.
No es así. Y tampoco se puede ser indiferente a él.
Más allá de si el poder es concedido, delegado o distribuido, según la frase elemental del "equilibrio" de poderes del Estado, o más allá de la búsqueda de equilibrios sociales por concertación de las fuerzas, que son cuestiones relativas al ejercicio y la administración del poder, éste, además de ser un medio, puede ser expresión de soberanía que, según los principios de nuestro país desde la independencia , se depositó en el pueblo, y a partir de la revolución mexicana en la nación.
La noción de soberanía, esto es, de poder superior, depositada antes en los monarcas y príncipes, pasa al pueblo en nuestras naciones, cuyo nacimiento a la vida independiente, a falta de fuerzas económicas, las obligó a levantar su existencia sobre la base del pueblo. Pero estando el pueblo ubicado en lo bajo, lo que antes era superior desciende a la base y el pueblo se convierte en fundamento, en condición general necesaria, a partir de la cual se levanta el todo social, incluyendo al Estado.
En este mirador, el poder del Estado no es el centro ni el fin, sino el medio. En estricto sentido, a un fin nacional social le corresponde un medio estatal, nacional, a un fin social justo un medio estatal justo, a un fin social popular un medio estatal popular. No es un medio aislado o con existencia por sí; pues se debe a los fines que la sociedad se traza. Si la soberanía popular tiene algún valor requiere un Estado que a ella siga, como el garante de sus designios; nacionales e históricos y no como el monopolio de poder que ha sido.
Alguien puede sostener seriamente que no le interesa el poder o qué su acción no se dirige a asaltar el poder, si esto se interpreta como el acto de renunciar a usar un poder que se ha vuelto ajeno al pueblo y que, por tanto, no obedece a él. Pues no se puede suponer que, asaltando el poder que corresponde a la conjunción de fuerzas antipopulares, se tenga la fuerza adecuada para reorganizar la sociedad.
Alguien puede renunciar seriamente a la astucia que algunos hombres prominentes del sistema de la revolución mexicana aplicaran para llegar al gobierno, porque es fácil percibir que sólo llegaron a éste y no transformaron a la nación desde allí.
Pero no se puede renunciar al poder sin condiciones, pues constituir el poder soberano del pueblo es, sin duda, también la construcción de un Estado que le corresponda y la fuerza con la que el pueblo pueda reconstruir la sociedad de acuerdo a sus fines.
Después de todo, transformar el gobierne no es transformar al Estado, y menos a la sociedad; pues el gobierne es el ejecutivo, él conductor, pero el Estado es la síntesis de las fuerzas predominantes en una condición determinada . Y no basta la decisión de un presidente para cambiar las condiciones, aunque así lo parezca según los actos presidenciales que condujeron a las nacionalizaciones, o como en el salinato, a la destrucción de (a estructura económica. Pues sin las fuerzas predominantes en ello, total o parcialmente, temporal o permanentemente, tales actos no se dan o no tienen estabilidad (recuérdese (a nacionalización trancaría).
Sustraerse de todo poder, por lo contrario, quiere decir que se hace política y no se quieren reconocer sus condiciones, lo cual indica hacia una pureza innecesaria; o se hace política y no se sabe (como en muchas luchas civiles), lo cual exhibe su alienación; o se sabe (ideología), pero no se hace, lo cual es intelectualismo, posición acomodaticia o cinismo que cuenta con un saber pero no se compromete con él.
Política e intelectuales.
El problema del saber que acompaña a la vida política, desde el ''hombre racional" de Aristóteles, no puede soslayarse. Si el actor político no asume las tendencias de su tiempo y no despliega esfuerzos para conjugarlas, conducirlas u orientarlas, difícilmente puede lograr los fines propuestos.
El asunto de este saber ha sido relacionado con la ciencia (en el positivismo y en el socialismo científico y con los intelectuales "orgánicos" e "inorgánicos"), pero se pasa por alto a las acciones públicas de los grandes hombres que ocuparon lugares de gran importancia política, incluso en revoluciones populares, sin contar con el tipo de ilustración que los intelectuales suponen como necesaria e ineludible para la eficacia política.
No obstante, las circunstancias específicas de la generación de conceptos ligados al socialismo contemporáneo (el hecho de que una fracción de intelectuales, donde se incluía el mismo Marx, salga de su clase para sumar su esfuerzo a la liberación Obrera), o la presencia de intelectuales en las luchas de nuestro tiempo, no indican que ese asunto esté bien planteado. Pues el problema de la conciencia política se refiere a los principios generales que fundan una sociedad y que se plasman en una constitución, escrita o no escrita. Y ese no es un asunto que dependa de la academia o del ejercicio exclusivo de una facultad particular como la inteligencia, sino de la reflexión y la acción sobre las condiciones de vida, los fines y las transformaciones que los pueblos emprenden. Aún en el caso del socialismo científico, después de los aportes históricos de sus elaboradores, sus obras y su pegamiento cobran validez como parte de la conciencia colectiva, independientemente de sus seguidores intelectuales; y los trabajadores pueden tener acceso a ellas directamente.
Por lo tanto, en lugar de centrar el problema del saber político en relación con los intelectuales, debe centrarse en la educación política del pueblo. Para esto, como se ha puesto de manifiesto muchas veces, no son las visiones profesionales parciales (economía, ciencias políticas, sacerdocio, etc.) las que pueden servir de base, sino un saber general sobre la vida social ligado directamente a la vida del pueblo y la nación. Lugar que ocupa el saber histórico, y no propiamente la "ciencia" histórica.
La relación no es de los intelectuales que "llevan" su saber al pueblo y la nación, pues esa es una obligación diaria que todo ciudadano responsable cumple según su posición. El problema es asumir al pueblo y la nación como principios, los cuales tienen un significado en sí mismos, sin la teoría o la academia. Lo demás tiene que ver con las cuotas de poder en un Estado separado del pueblo buscadas por los "notables" (Grupo de los Cien, San Ángel Vuelta, Nexos).
El asunto proviene del positivismo, que redujo la política a la administración proponiendo la agrupación de los intelectuales en la corporación espiritual que, junto con la corporación industrial, debía dirigir a la sociedad. Cosa que el Porfiriato estableció, dando por resultado treinta años de opresión; como ahora su forma tecnocrática da por resultado la destrucción nacional.
Y tiene como fondo al principio de la "soberanía" industrial propuesto por Saint-Simón esgrimido en contra del principio de la soberanía popular, que en la revolución francesa se reveló como un peligro contra las clases del capital.
Tal corporación intelectual se levanta sobre el uso de una facultad natural (cuya educación debía generalizarse a todos los individuos) para ser apropiada por un segmento social que, por ello mismo, representa a la parcialidad y al privilegio La división entre el trabajo manual e intelectual con predominio de éste, la reducción del obrero a ejecutor de las órdenes del capital, el abuso al apropiarse del resultado general de la función educativa cumplida con recursos públicos, o del conocimiento que es un resultado Histórico de la humanidad, es lo que este estamento intelectual implica.
Pero hay aquí un asunto de fondo que se debate a lo largo de la historia de occidente. Se refiere a la relación entre lo universal del saber y la acción políticos en contraposición al saber y al ejercicio profesionales. Desde el conflicto mítico entre Zeus y Prometeo, lo que compete a todos, con un saber general sobre la vida pública y una forma de acción que supone la presencia y participación de todos los miembros de la polis, la política era algo distinto al particularismo prometeico que enseña a hacer cosas y a ejercer tareas especiales.
Para Platón, la solución del problema contenido en esta distancia sería convertir a los filósofos en reyes y a los reyes en filósofos; relegado el espacio público característico de lo político, para centrarlo en la relación entre los sujetos sociales distintos. Marx cargaría con esta dicotomía y propondría la fusión de la filosofía y el proletariado, pues éste necesita el saber del espíritu y el último requiere de un brazo material para realizarse, sin precisar lo característico de la acción política alrededor de este punto, pues rebasa a la simple conexión objeto y sujeto, escondida tras esas figuras históricas. El positivismo convertiría el asunto en la tesis de las corporaciones intelectual e industrial, y el carácter "científico" del socialismo marxista le daría gran vuelo a este asunto.
La crisis de las ciencias sociales actuales, y particularmente de la economía, que no cuenta con conceptos y teorías capaces de interpretar lo que sucede ahora, indican que la "miseria de la ciencia económica" debe dejar su lugar a un saber más amplio y profundo, como el político, que puede abarcar la visión general de las estructuras sociales, incluidas las económicas, un saber que permita entender a las fuerzas históricas que se despliegan en las transformaciones tecnológicas, en la clase financiera supranacional, en la descomposición del socialismo soviético, etc.
Ni el gobierno ni el Estado son asunto de manejo profesional, pues este tipo de saber es parcial y es función tecnocrática que usurpa a la soberanía popular su conciencia política propia.
Partidos políticos y "mediaciones" sociales.
Ya se vio que el rechazo a los partidos existentes puede provenir de varías condiciones: de una formación social que no los requiere, por la experiencia que de ellos se tenga o por particulares intereses de los partidos que tienen participación en el poder.
Los grupos indígenas los impugnan porque su intervención divide a las comunidades. Eso es cierto, pues la dinámica principal de la comunidad radica en la totalidad, que integra la diferencia en lo común. Se distingue de las formaciones civiles, a las que caracterizan lo sistemático y las particularidades (de funciones, intereses, ideologías, etc.).
De allí el fondo, no aclarado, del rechazo del movimiento de Chiapas a la creación de un partido derivado de su movimiento, pues, por su estructura misma, la comunidad rechaza a lo que, por definición, es particular: un partido.
Lo cual no significa que no hagan política, sólo que utilizan formas distintas. La famosa tesis de que «la guerra es la prolongación de la política por otros medios” hizo suponer en este siglo que había una "dialéctica” entre lo político y lo militar, entre lo pacífico-legal y la violencia, entre el conflicto social y la guerra. Chiapas la ha invertido, ha desplegado la acción política como prolongación de la guerra.
Esto es explicable y tiene un fundamento en las condiciones de la vida indígena, en la violencia económica que el salinismo ha ejercido y en la declaración de guerra contra todo lo "atrasado y tradicional que el modernismo ha lanzado (incluso contra la justicia contenida en lo natural y lo humano).
Por otra parte, lo pequeño o lo grande del número de habitantes en una sociedad no explican la necesidad o innecesariedad de los partidos, como tampoco se justifícala falta del ejercicio democrático en las poblaciones grandes, según han venido diciendo las teorías de la representación, para justificar la separación del poder respecto de las bases populares.
Se trata, más bien de que una configuración social funda posibilidades del ejercicio político distinto, no por su número, pues, como señalaba Rousseau, todo radica en "el acto por el cual un pueblo se convierte en tal pueblo".
Entendido eso, se deja ver que la existencia de "mediaciones" partidarias, según dicen los académicos, pasa por alto que eso se da históricamente, cuando la sociedad adopta la disposición en "partes", cuando han sido desintegrados sus nexos y se busca la aglutinación o cuando se ha generado el vacío entre los ciudadanos y el poder. Pero una sociedad que logre o conserve, por reorganización histórica o "por tradición", la formación universal o común, no los requiere y la acción política se lleva a cabo a través de la acción de lo común general autogestor (la consulta democrática real, la participación directa, las organizaciones correspondientes a las actividades diarias, etc.).
Como quiera, nada justifica a la concepción mecanicista de las "mediaciones". Se les toma superficialmente como "intermediarios" o "correas de transmisión" a través de las cuales fluye el poder hacia arriba (Estado) o hacia abajo (Pueblo). Pero eso implica una visión de la sociedad como una máquina; y no sirve para interpretar a la vida comunal "orgánica"; a la interrelación general civil o la organización universal de la política. Además de que la noción de "mediación" usada por el sociologismo olvida su significación dialéctica como momento constitutivo de lo colectivo y no el de simple "cemento” o paso intermedio para llenar los vacíos sociales.
Lo colectivo, que integra la vida común del pueblo, cobra entidad propia, aunque se levanta a partir de sus componentes, con consistencia y solidez que aseguran su estabilidad ante los vaivenes sociales; así como la sociedad de los particulares, las clases y los intereses económicos contrapuestos, usa el Estado para asegurar un equilibrio y permanencia, apareciendo éste con realidad propia, a veces manifestada bárbaramente cuando apela a la "razón de estado" para establecer regímenes "de excepción.
Así, la ley, las instituciones, las formaciones de conciencia general, las formas de acción configuradas, son formaciones del sujeto social en un plano más elevado, y no se reducen a ser simples "intermediaciones" o instancias de "comunicación".
Son un producto de los sujetos sociales (alienados o libres), se levantan sobre los hombros de estos, pero cobran vida propia. La que puede volverse contra el agente social que las funda; pero que también contiene la posibilidad de potenciar las acciones, la conciencia y las formas de vida de los sujetos; facultando a la realización de acciones generales que, aislados, no podrían emprender.
Otro aspecto relacionado con esto es, de rechazo, la concepción partidista que ve a la organización autónoma del pueblo como una utopía. Esto puede tener como fuente a las dificultades que acarrea la propuesta de formar un partido con inspiraciones y sustento populares, independientes del control corporativo que la población ha padecido desde los 30s; otra es conservar el monopolio de poder como lo tuvo el PRl durante mucho tiempo; o bien bloquear a nuevos participantes, porque los partidos existentes perderían clientela electoral.
Lo cierto es que no debe confundirse la búsqueda de un estado de la sociedad en el futuro, con las declaraciones de una parte del pueblo. Pero también deben tomarse en consideración las formaciones "embrionarias", con potencialidad de acción y de conciencia, para concretizar las tendencias latentes en el movimiento histórico.
En todo caso, la organización autónoma del pueblo no es un hecho dado de una vez por todas; es un devenir con diferentes momentos y formas. Pero es necesario iniciarlo para convertir en posibilidad histórica lo que ha sido un principio siempre sofocado por los poderosos y que debiera ser realidad plena.
Claro que los partidos existentes "reconocidos" y subsidiados en sus campañas con recursos económicos provenientes de la riqueza hacendaría, pueden oponerse a la aparición de un nuevo partido que entre "en competencia" con ellos; o ser bien recibido ante el terror que les inspira que un levantamiento armado general los rebase del estatus "político” que han adquirido. El señor Pablo Gómez, por ejemplo, queriendo decir que es el "propietario” de la mesa de propuestas, como antes fue miembro de los "posesionarios históricos" del marxismo, exige que se le "clarifique" lo que un nuevo organismo buscaría, como una condición de su ingreso al "juego" partidario (y da por supuesta la claridad del paso del partido socialista a un partido de oposición). El señor Martínez Verdugo, en cambio, considerado que la estructura política es la misma del mercado liberal, afirma que hay lugar todavía en el "mercado de la lucha política" para otro partido. Para el panismo, por supuesto, la presencia de un partido de descamisados en la mesa nacional sería una molestia e incomodidad a su clientela "limpia" y "santa".
Pero todo esto cobra otra dimensión ahora. El concepto y la realidad del pueblo adquieren su justificación histórica en relación con nuestra nación (recuérdese lo apuntado sobre la defensa de México en situaciones de agresión exterior). El principio de soberanía nacional ha formado parte principal de nuestra historia por ello mismo; pero eso exige la correspondiente fuerza sociopolítica que sustente y asegure tal soberanía.
Tal fuerza es el pueblo y el principio de la soberanía popular, que ha estado inscrito en las constituciones de México, aunque haya sido usurpado por el Estado, los caciques y los partidos.
Una nueva constitución... ¿Cómo?
Precisamente ahora que todos los partidos y grupos de poder en México reclaman una nueva constitución, prolifera la imaginación de que basta redactar un texto con su articulado, aprobarlo y pasar a la historia como "constituyente". Sin disparar un tiro y sin abrir las batallas políticas. Parece bastar la astucia administrativa, los arreglos y concertaciones burocráticos y partidarios, para promulgar una nueva constitución y dar paso a un "nuevo México".
Lamentablemente, la sociedad no cambia de esa manera; y su cambio será tan rudo como rudo sea el trato que se da al pueblo, o será tan violento como violento haya sido él régimen. Se trasluce aquí una visión errónea acerca de la Constitución de 1917. No fue la simple presencia y los debates de los diputados, sino las fuerzas sociales convertidas en ejércitos, las que formaron su verdadera condición; sin ellas la constitución no hubiera tenido ninguna validez. Y sin un Estado que hiciera cumplir preceptos tampoco tendría mayor importancia (sólo recuérdese la simulación en el cumplimiento de muchos de sus principios por parte de los gobiernos hasta 1934).
Y es precisamente porque el régimen se las ingenió para relegar al pueblo, desarmarlo y sacarlo de la batalla por el poder, por lo que el Estado naciente pudo simular en muchos aspectos el cumplimiento de la constitución, en lo referente a la soberanía del pueblo, la educación, la cuestión religiosa, los principios nacionalistas, etc. Y si, en cambio, utilizó los que significaban el control y la manipulación de la organización social.
Aquí también anida la noción vulgar, más que intelectual, proveniente de los profesionales que llenan a la burocracia estatal, de que la constitución es lo "abstracto" y el Estado o la sociedad deben ajustarse a su "régimen de derecho".
Pero la constitución verdadera no es "teoría", como dicen, sino fuerza real que ha de conjugar y expresar a las fuerzas que le dan origen y la sostienen, así como al Estado que, expresando a la organización de tales fuerzas, la hace cumplir.
Por eso, el establecimiento de una nueva constitución, si realmente ésta contiene una transformación importante para la vida civil y política de México, inevitablemente enfrentará la necesidad de reubicar a las fuerzas y afectar intereses que desatarían la lucha política.
Mas aún, esas concepciones ingenuas no sólo engañan respecto a la constitución y él Estado políticos, sino también respecto a su referente la teoría y su aplicación.
Primero, porque la política no es teoría sino acción. Que se haga ciencia de ella en escuelas universitarias, o que tal acción involucre una conciencia lúcida y pública de la sociedad, no implica que la acción política sea simplemente la aplicación de tal teoría o "conciencia". En este sentido tampoco vale la tesis de que "no hay praxis sin teoría" o "no hay práctica revolucionaria sin teoría revolucionaria".
Segundo, porque la teoría social no se aplica, no es un cartabón o receta que somete a la realidad social, sino una "luz" que permite vislumbrar las formas de organización; los problemas y posibles soluciones, cuya realización depende de la conciencia que la sociedad tome de ellas y de la acción que las haga realidades. Ha sido precisamente esa concepción es cola del economicismo y de los "ideólogos" políticos del régimen, lo que ha justificado los experimentos que sobre México se han hecho.
Pues igualmente violento es aplicar mecánicamente el keynesianismo, el marxismo o el neoliberalismo, conviniendo a la nación en un conejillo de indias; cómo ahora se hace para probar si en México se comprueba un modelo de dominio aplicable a las demás naciones "emergentes".
Soberanía nacional y Estado popular.
Por supuesto, hemos de aclarar, aceptar la importancia del Estado en nuestras sociedades no significa mistificarlo y convertirlo en el fundamento de todo. Pues el fundamento es la soberanía nacional y la soberanía popular; en todo caso, el nuevo Estado deberá ser nacional y popular en su contenido.
Si la soberanía nacional ha de ser hecho real, ha de conjugar las fuerzas y el poder que hagan posible la autonomía territorial, de recursos, de economía, de tecnología, de ciencia; además de contar con las formas de organización social propias y adecuadas para sostenerla en su unidad educativa y cultural El Estado que le corresponde no puede ser, entonces, cualquier Estado o "el" Estado, sino un Estado con contenido nacional y popular, cuya función sería precisamente asegurar tal soberanía.
Por ello es una evidente simulación que los partidos se reúnan para discutir sobre la "reforma de Estado", sin mencionar siquiera la reforma deja sociedad, pues el Estado es un resultado de ella. O, más aún, resulta burlesco que se reduzca tal reforma a los asuntos electorales que, en sentido estricto, no pertenecen al Estado.
Sin ese contenido nacional y popular, el Estado es simplemente expresión del poder económico o de la clase en el poder. Pero sin el sujeto que llena de vida a los organismos e instituciones, estos acaban por ser mistificaciones que se separan de la realidad a la que deben responder; cobrando "vida" propia como botín de poder, fuente de corrupción, oportunidad de negocios, etc.
De allí que la persona abstracta de la sociedad natural deba potenciarse como sujeto de derechos humanos y desplegar ampliamente sus facultades, además de su dignidad moral; de allí también que el individuo civil, que es fundón o expresión de las realidades sociales, haya de elevarse a ser sujeto de proyectos para asumir la iniciativa frente a las fuerzas económicas que parecen imponerse “objetivamente", de allí que la fuerza singular del átomo electoral deba convertirse en un ciudadano político pleno, como integrante de la soberanía popular y del poder organizado del pueblo.
Sólo así, la realidad social nueva no será lo que está a disposición, el "medio" o el "instrumento" para satisfacer la necesidad o para el dominio; y lo social no será sólo lo real, sino que habrá de contener aquello que la hace humana, los valores y la acción consciente, y la acción no será el practicismo ciego o el ejercicio arbitrario del poder, sino la fuerza generadora de nueva sociedad, cargada de las condiciones donde emerge y con dirección hacia los fines de la nación y del pueblo mexicanos.
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